Viaje al interior de una familia

La ópera prima de Dominga Sotomayor, según la autora, narra el desmembramiento de una familia a través de la mirada inocente de su hija, que poco a poco se ve forzada a madurar.
martes, 3 de diciembre de 2013 · 22:18

Rocío Rebollo Pérez

De jueves a domingo es una de esas historias mínimas que logran robarte el corazón. Con esta su ópera prima, la joven directora chilena Dominga Sotomayor logró hacerse con el Tiger Award a la Mejor Película en el Festival de Rotterdam.

Su propuesta ofrece una renovación del cine chileno, alejado de la temática política que un día definiese la cinematografía de este país, para adentrarse en el terreno de los sentimientos, los problemas humanos y sus inquietudes buscando la inspiración en la realidad y sus pequeños (pero importantes) detalles.
La historia narrada en este pequeño fragmento de vida es la de un viaje en coche hacia el norte de Chile que tiene lugar, como su título adelanta, de jueves a domingo. La perspectiva tomada para su narración es la de la hija mayor de la familia, Lucía, quien a sus 10 años de edad ve cómo su realidad familiar le va siendo desvelada a través de este viaje que, a pesar de su absoluta normalidad, está cargado de significado.
Ante este filme, el espectador se sitúa en la posición de voyeur: está dentro de la historia, pero como mero espectador que va construyendo la historia a través de fragmentos vistos y oídos desde su posición en el asiento trasero del coche. Como Lucía, nosotros, los espectadores, sólo podemos imaginar lo que está pasando entre sus padres e ir uniendo las piezas del puzzle que encontramos a través de este camino hacia un destino incierto.
El filme comienza con un plano fijo de una ventana que ofrece vistas hacia el jardín desde el interior de la casa. Este primer plano logra crear en el espectador esa intriga que acompaña al filme desde sus primeros minutos, la de no poder descubrir más que a retazos qué ocurre para que esta familia se haya embarcado en un road trip de madrugada.
Pero observamos de lejos, como meros espectadores, a través de la ventana o desde lo alto de la montaña sin nunca saber a ciencia cierta lo que verdaderamente pasa. Desde el asiento trasero del coche o desde el maletero, el espectador acompaña a esta familia aparentemente bien avenida a lo largo de un viaje sin retorno.
Los planos largos (y también los alargados) abundan en este filme que nos transporta a una realidad cercana y al mismo tiempo lejana, una historia extraña que, sin embargo, podemos sin esfuerzos hacer nuestra. El fuera de plano se apodera de la narración para decirnos que aquí lo importante no es tanto lo que ocurre como la reacción de esa niña que no es capaz de comprender por completo una realidad fragmentada.
Para aportar una dosis aún mayor de realismo, el único acompañamiento musical del filme es la música diégetica: aquella música que suena en la radio del coche o las canciones que los personajes cantan al ritmo de una guitarra.
De jueves a domingo narra un conflicto de pareja, el desmembramiento de una familia, a través de la mirada inocente de la hija que, poco a poco, y forzada por la situación, va despertando a una madurez acelerada que le revela que ése será, probablemente, el último viaje que hagan todos juntos como familia.
Un relato íntimo y al mismo tiempo universal que permite que el espectador se identifique con las situaciones de sus personajes, especialmente a través de Lucía y su frustración por tener que intuir y fantasear, al no poder saberlo todo.
Una delicia para espectadores atentos a los detalles y capaces de vivir este filme, como la vida, a su ritmo. Un ritmo pausado que no acelera la acción, sino que la deja fluir hasta que llega, por sí sola, hasta el desenlace: el final del viaje y el inicio de otro, el de vuelta, que conducirá a sus personajes hacia un lugar diferente al de partida. Como en la vida, el regreso no es sino un nuevo viaje que comienza. (Extracine)

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