Servicio en el bosque

Daniela Acosta Bernal cuenta cómo colaboró a comunidades tsimanes en la selva de Beni. El equipo de ayuda del que formaba parte aprendió principios de vida, como el valor de la conservación.
jueves, 2 de enero de 2014 · 21:10
Desde que estaba en el colegio tuve una conexión especial, un llamado para trabajar con las personas del pueblo tsimane; sin embargo, no sabía cómo podía hacer algo por ellos.
Realicé mi tesis acerca de su organización política, viví con ellos por un tiempo, pero eso no me parecía suficiente y le pedí a Dios que me diera alguna otra oportunidad para trabajar por sus comunidades.
En 2012 Felipe Kittelson, miembro de Cup of Cold Water Ministries, quien coordina los viajes con los voluntarios de Project Helping Hands (PHH), me invitó a ser traductora de uno de los viajes de servicio médico.
Cada año se organizan viajes a diferentes lugares necesitados de Bolivia. En aquella  ocasión, coincidentemente el viaje era al río Maniqui para servir en comunidades tsimanes en la selva de  Beni; ésa fue una respuesta de Dios para que yo pudiese continuar ayudando a ese pueblo.
Emprendimos el viaje de La Paz hacia San Borja, Beni,  por la carretera que, por la época lluviosa, estaba en mal estado. Tuvimos algunos percances en el camino, pero eso no impidió que lleguemos a destino.
Antes de embarcarnos hacia el río Maniqui estuvimos sirviendo por dos días en San Borja. Fuimos apoyados por la Iglesia Fuente de Vida, quienes nos dieron alojamiento.
Partimos hacia el río Maniqui con un equipo de alrededor 32 personas, entre médicos nacionales, estudiantes de medicina, voluntarios norteamericanos, traductores y boteros.
Viajamos en tres botes con motor fuera de borda; en cada uno de los botes llevábamos medicamentos, lentes de lectura, nuestras carpas y comida para los siguientes 10 días. Acampamos en diferentes playas a orillas del río Maniqui hasta llegar a la playa más cercana de Misión Fátima.
En cada parada se intentaba atender a la mayor cantidad de gente posible, ya que en muchos casos, las comunidades no cuentan con doctores ni enfermeras.
Las comunidades nos recibían con mucho entusiasmo, al principio con timidez pero sabían que íbamos a ayudarlas. El trabajo era muy interesante ya que debíamos traducir del inglés al español y del español al tsimane.
El equipo instalaba las clínicas móviles en carpas y en Misión Fátima nos prestaron un espacio que se llamaba el Chaco de la Salud, un lugar donde vivía un médico antropólogo español, el único doctor de la región.
El equipo de PHH brindó servicios de medicina general, odontología, oftalmología, y curaciones simples. Muchas familias tenían que viajar largas distancias para llegar al lugar.
Al conversar con una de las señoras, en el tsimane básico que tengo, me contó que ella había caminado por 10 horas hasta llegar a Misión Fátima porque su hijita había sido picada por una mantarraya en el pie y las hierbas que le dieron no hacían efecto, así que la llegada del equipo al lugar fue realmente una respuesta de Dios para ella.
Una de las dolencias más comunes en esa región, además de los parásitos en el estómago,  son las afecciones renales e infecciones urinarias,  por el agua no purificada que toman.
También hay mucha gente que al haber sido picada por insectos sufre de fiebres altas, en algunos casos leishmaniasis o incubación de boro en sus cuerpos. Y si bien no todos encontraban alivio a sus dolencias con su medicina natural, su actitud positiva ante la vida dejó marcado mi corazón.
El equipo de PHH llevó también algunos juguetes para los niños del lugar y fue muy bonito ver los rostros de sorpresa de los niños, ya que muchos de ellos nunca habían visto juguetes en toda su vida.
Una de las preguntas que más escuchaba entre las personas que se transportaban en peque peques (botes) era "¿Hanna mura mi?” que significa "¿a dónde vas?”, que además es una forma de saludo; yo había leído antes acerca de esa frase en un libro de Jurgen Riester, pero escucharla vívidamente trajo a mi mente algunas reflexiones sobre el propósito de vida que cada ser humano tiene; todo lo que hacemos tiene un sentido.
Ese viaje, por ejemplo, llevó algo más que insumos médicos al lugar. Nosotros como equipo pudimos transmitir a la gente no sólo la esperanza que se encuentra en Jesús, sino también que ellos podían tener una medicina para el alma; y ellos nos enseñaron principios de vida, que aunque eran muy básicos, muchos los habíamos perdido de vista por el ajetreo del día a día. Por ejemplo, el valor de la conservación de la naturaleza; ellos al ser un pueblo recolector y cazador, han adquirido conciencia de que su entorno debe ser preservado.
El equipo de PHH hizo un trabajo muy arduo durante nuestra estancia en el lugar, enfrentándose muchos a insectos que nunca habían  visto, climas que nunca habían experimentado y alimentos que nunca antes habían probado, pero queda claro que cuando existe un corazón de servicio, todos esos factores son simplemente una bendición.
El paisaje, la selva, los animales silvestres, los hermosos atardeceres, el río, el cielo estrellado, la sonrisa de los niños, el abrazo de agradecimiento de las personas del lugar, el trabajo en equipo, son sólo algunos de los miles de motivos para agradecer a Dios porque a cada momento nos pintó un cuadro de su amor.

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