The Endless River, ecos de aquellos días

Cincuenta y pico minutos de música reproducen, en su mayor parte y con fidelidad , el sonido clásico de Pink Floyd en este retorno
miércoles, 26 de noviembre de 2014 · 23:15
Jorge Luis García
Oficialmente The Endless River, el flamante disco acreditado a Pink Floyd, existe como homenaje y reconocimiento del cantante y guitarrista David Gilmour y el batería Nick Mason al teclista y vocalista Rick Wright, fallecido en 2008 a causa de un cáncer, y a su contribución vital al sonido de la banda.
 Pero no puedo evitar pensar que lo que Gilmour ha querido en realidad es volver a tocarle las narices a su antiguo socio, el cantante y bajista Roger Waters. Pese a que las viejas y legendarias heridas entre ambos estaban aparentemente curadas, con The Endless River Gilmour parece recordarle a Waters que, por mucho éxito que éste haya tenido con su gira de The Wall,  es él quien sigue teniendo la última palabra en lo relativo a Pink Floyd, y si se le antoja recuperar la mítica marca después de 20 años de inactividad discográfica, pues va y lo hace.
No veo otras razones para publicar un disco nuevo de la banda en 2014 cuando casi todo el mundo tenía asumido que The Division Bell (1994) era el digno y definitivo punto y final a su trayectoria. Y la sensación que hemos tenido durante estos 20 años es que si alguien no estaba dispuesto a resucitar a Pink Floyd ese era el propio Gilmour.
Bob Geldof tuvo que emplearse a fondo para convencer al guitarrista de reunir a la banda en el Live 8 de 2005, y éste sólo dio su brazo a torcer después de enterarse de que Waters estaba dispuesto a tragarse su orgullo y tocar con ellos.
Y tras aquel celebradísimo reencuentro, que dio pie a tantas especulaciones y salivaciones por parte de muchos que atisbábamos una mínima posibilidad de un último tour con la formación clásica al completo (Syd Barret, el pobre, hacía mucho que no contaba), Gilmour respondió mirando a otro lado, publicando un disco en solitario, On an Island (2006), y saliendo de gira por su cuenta. Por eso mismo, si lo que a Gilmour le pedía el cuerpo ahora era rendir tributo a Wright lo más lógico habría sido hacerlo en otro disco en solitario, pero al viejo guitarrista le ha vuelto a salir la vena perversa y provocadora.
Lo más gracioso es que es sencillo imaginarse a Waters cabreado como una mona con la publicación de The Endless River. Justo ahora que quedan tan lejanos los tiempos en que Gilmour, Wright y Mason demostraron que podían llenar estadios gigantescos sin él, ahora que había quedado como único capitalizador del legado Floyd con sus giras de The Dark Side of the Moon y sobre todo su espectacular montaje de The Wall.
 Mientras Gilmour disfrutaba aparentemente de una feliz jubilación, llega este disco de Pink Floyd de nuevo sin su consentimiento o participación, para más inri, vendido como muestra de respeto y admiración a Wright, el tipo que él mismo echó de la banda en los tiempos de, precisamente, The Wall.
Y por si fuera poco, resulta que dicho disco bate el record histórico de preventas en Amazon. Tengo una morbosa curiosidad por saber qué opinión tendrá Waters de esta obra, teniendo en cuenta  de que A Momentary Lapse of Reason (1987) dijo que era una "buena falsificación, superficial, con letras de tercer nivel”, y a The Division Bell lo despachó como "simple basura, un sinsentido desde el principio hasta el final”.
Sin embargo, Waters debería dormir tranquilo porque The Endless River no puede considerarse un genuino disco de Pink Floyd, no porque no esté él en los créditos, ni porque sea más o menos bueno, sino por su propia naturaleza de cajón de sastre rellenado con improvisaciones e ideas sin acabar que quedaron de las sesiones de The Division Bell.
 No se esperaba una obra maestra
En algún sitio se preguntan si The Endless River es la mayor decepción del rock en lo que va de siglo, pero para que algo decepcione deben ser muchas las esperanzas depositadas, y habría sido de necios esperar una obra maestra de este disco de retales instrumentales, con multitud de cocineros metiendo mano tratando de encajar unas piezas inacabadas que no fueron concebidas para crear un discurso.
 En realidad, teniendo en cuenta que se partía de 20 horas de grabaciones difusas, tiene mérito que Phil Manzanera, Youth, Andy Jackson y el propio Gilmour hayan conseguido ensamblar cincuenta y pico minutos de música que en su mayor parte reproducen con fidelidad el sonido clásico de Pink Floyd, aunque para ello hayan tenido que retocar y regrabar numerosas partes (es difícil saber cuánto queda del material interpretado por Wright en el resultado final, pero asumiremos que lo han respetado al máximo posible).
Paradójicamente, su naturaleza eminentemente instrumental -y el hecho de que Gilmour no haya tenido que estrujarse la sesera con las letras, históricamente su punto débil- le acerca más que ningún otro esfuerzo de la era post-Waters a las atmósferas de The Dark Side of the Moon (1973) y Wish You Were Here (1975), su época más multitudinaria y la que más fácilmente identifica el seguidor medio.
El tema de cierre, el único cantado, Louder than Words, es un empeño hermoso, acaso demasiado autoconsciente, por reverdecer viejos laureles. Precisamente es esta canción el mejor ejemplo de lo que significa el regreso de Pink Floyd en 2014, y por extensión de cualquier otro dinosaurio que vuelva al ruedo con sus viejas armas de siempre.
Algunos lo desecharán por ser más de lo mismo, una revisión impecable pero innecesaria de una fórmula que ya no aporta nada nuevo a la música en pleno siglo XXI, mientras que otros se sentirán en la gloria rememorando melodías evocadoras y atmósferas planeadoras, ecos lejanos de aquellos días de esplendor (de la banda, del rock, de la industria) que ya no volverán.
Un viaje de cuatro lados
 The Endless River propone un viaje en cuatro movimientos, cuatro suites compuestas por fragmentos de distinto peso y duración que aunque no añaden nada relevante al canon de Pink Floyd tampoco lo ensucian de mala manera.
Desde luego que no es un mal disco, incluso hay apuntes valiosos, especialmente si uno es capaz de entender a lo que se viene aquí y comprende las reglas del juego.
La primera cara gravita en torno a It’s What We Do, una pieza de seis minutos en la que se percibe claramente la huella de Shine on…, con los teclados y sintetizadores espaciales de Wright en primer plano, el ritmo lento característico y los parches profundos de Wright, y los solos flemáticos y expresivos de la guitarra de Gilmour.  
La cara dos, más dinámica, comienza con Sum, una secuencia de teclado sobre la que entran los imponentes gemidos de guitarra de Gilmour y los timbales de Mason creando una atmósfera grandilocuente que desemboca en Skins, ejercicio de experimentación tribal concentrado que recuerda a ciertas partes de la desquiciada A Saucerful of Secrets. Unsung es un interludio que conduce a Anisina, uno de los pasajes más bellos armónicamente del disco, con reminiscencias de Us and Them pero también del Mark Knopfler de The Local Hero, con saxofón bañado en azúcar incluido.
La cara tres es la que contiene más partes, lo suficientemente cortas como para no resultar estomagantes en ningún momento. The Lost Art of Conversation se arma sobre unas enigmáticas notas de piano clásico que desembocan en el remanso "noir” de On Noodle Street, una pieza de sabor  jazzístico que no parece ir a ningún sitio en particular y que se quiebra en Night Light, otro interludio con guitarra acústica y teclados chill-out que da paso a Allons-Y, instante en el que el rasgueo rítmico característico de Gilmour y la pulsión más acelerada y rockera nos remiten a otro clásico del repertorio Floyd, Run Like Hell.
Por alguna razón caprichosa de cariz conceptual el tema está partido en dos para dar cabida en medio a Autumn 68, en el que se recupera a Wright tocando en el Royal Albert Hall en 1968 una solemne melodía de órgano eclesiástico. Este lado concluye con Talkin’ Hawkin’, un corte épico en el que Pink Floyd se aproxima al post-rock de exploradores sónicos como Mogwai, incluso con la inclusión de ese fragmento recitado por Stephen Hawking, a quien ya se oía en The Division Bell.
La última cara de The Endless River despega con Calling, o la posible banda sonora de una película sci-fi de futuro apocalíptico; prosigue con unos arpegios desnudos de guitarra y la tensión in crescendo de Eyes to Pearls y culmina con la ascensión celestial de Surfacing, con coros y teclados envolviendo las agudas notas de Gilmour, que aún nos recuerda por qué está considerado con justicia uno de los guitarristas más importantes y emblemáticos de la historia del rock.
Como tributo a Wright, el miembro más callado, humilde y posiblemente más dotado musicalmente de la formación original de Pink Floyd, The Endless River cumple sobradamente, puesto que su presencia, o lo que creemos que es su presencia (está, además, acreditado como autor o co-autor en doce cortes) se deja notar en todo su minutaje.  
De todas formas, el verdadero homenaje, Gilmour y Mason, se lo debieron haber dado en vida.

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