Hobbit 3, persuade y seduce

El atractivo del filme de Peter Jackson no sólo es literario, pues sobre todo persuade y seduce por su realización audiovisual, comparable al de grandes producciones contemporáneas.
miércoles, 17 de diciembre de 2014 · 22:42
Enrique Morales Lastra
No hay que ser un devoto de J. R. R. Tolkien (1892 – 1973), ni de la escatología cristiana que esconde su creación, para disfrutar El hobbit 3 (The Hobbit: The Battle of the Five Armies), basada en la obra de 1937 del filólogo sudafricano y filmada en 3D por el director Peter Jackson.
Cuando la Compañía de los Enanos reclamó su patria al dragón Smaug, desató una fuerza maléfica sobre el mundo. Y Thorin (el líder de los enanos)  sacrificó la amistad con sus aliados y su sentido del honor pese a los frenéticos intentos de Bilbo (el hobbit) por hacerle entrar en razón acerca de su error. Las amenazas que esperan a los protagonistas son aún mayores que la traición y la codicia del guerrero, también conocido como Escudo de Roble, pues Sauron ha enviado legiones de orcos y de lobos salvajes, en un ataque relámpago sobre Erebor.
Ante el conflicto, las razas de enanos, elfos y hombres  deben decidir si juntan sus fuerzas, o se abandonan a la destrucción suicida: entonces, la llamada "batalla de los cinco ejércitos” acontece, y el futuro de la Tierra Media se hace incierto.
Este nudo dramático fue adaptado en un logrado guión de Fran Walsh, Philippa Boyens, el mismo Peter Jackson y Guillermo del Toro. En una manifestación de escenas y de secuencias -que a pesar de su bifurcación en múltiples y paralelas historias-, jamás pierde su continuidad ni su dirección dramática, aunque el espectador de turno desconozca con anterioridad los detalles de la trama en cuestión o jamás haya tenido un volumen de J. R. R. Tolkien, entre sus dedos.
El atractivo de El hobbit 3  no es sólo literario, pues también persuade y seduce por su estilo y realización audiovisuales. Los ángulos de la cámara, la espectacularidad de los planos aéreos, el nivel de la fotografía, la recreación de los enfrentamientos, el choque entre bandos, y la sensación de "vívida” realidad que se desprenden del 3D  son comparables a obras de Stanley Kubrick, como Spartacus (1960) y Barry Lyndon (1975); y a títulos más recientes de Mel Gibson, como Corazón valiente (1995) y de Steven Spielberg como Rescatando al soldado Ryan (1998).
La invención de un mundo inédito y su expresión en cuadros fílmicos y fotogramas  se equiparan al esfuerzo artístico que emprendió la producción de esa última cinta, cuando se inspiró en las instantáneas tomadas por Robert Capa, sobre el Desembarco de Normandía. En esta ocasión, el material gráfico proviene de las figuras diseñadas por el mismo Tolkien.
La principal fortaleza cinematográfica de El hobbit 3  radica  en su meditación audiovisual sin parangón anterior, en torno a la experiencia bélica de masas, un movimiento físico y espacial de muy difícil repetición, en la bitácora de la civilización. Es decir: contemplar desde una vista privilegiada  la pugna de dos ejércitos numerosos e infinitos, a través del conjunto de perspectivas posibles que permite el campo óptico de una cámara  y la tecnología de la gran industria.
La épica, la sugestión de la guerra que se despliegan a los pies de la Montaña Solitaria en el filme de Jackson, tienen el hálito y la fuerza narrativa, por ejemplo, que se puede leer en la pluma de un Stendhal y su descripción de los enfrentamientos napoleónicos, en las páginas de su novela la Cartuja de Parma (1839).
Además de la simbología inherente a la obra de Tolkien (la lucha eterna entre el bien y el mal, lo irreemplazable de los vínculos de honor y de lealtad, el encantamiento de las gestas imposibles y de la valentía para llevarlas a cabo), encontramos una gran concepción del arte cinematográfico, que nos mantiene en vilo y prendados de su fantasía, sin tregua, sin descanso, durante 144 minutos de pura audacia estética, literaria y audiovisual. (elmostrador.cl)

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