La amnesia de la época seca

Las goteras nos recuerdan que no arreglamos el techo mientras el sol lo mantenía seco.
martes, 28 de enero de 2014 · 21:40
María José Rodríguez
es especialista

en comunicación corporativa.

Que si las luces se apagaron, los vidrios temblaron y el tráfico se hizo imposible; cuán grandes las goteras y los charcos dentro de las casas. El Facebook se llena de comentarios sobre las lluvias torrenciales, las luces y  bramidos de los rayos y truenos.
"Me mojé enterita”, "me guarecí en una tiendita por horas”, "no había taxis,  trufis, ni minibuses”, "¡las calles son ríos!”, "imposible llegar a tiempo”.  Las lluvias son, invariablemente, el tema de conversación.
Cada año causan asombro y se convierten en la "novedad”. Cada año uno compra un paraguas de emergencia en algún puesto de cualquier esquina y atrapa uno o dos resfriados después de un chapuzón.
Las goteras nos recuerdan que no arreglamos el techo mientras el sol lo mantenía seco, que jamás compramos el abrigo impermeable y las botas resistentes al agua. Hacemos poco por levantar la basura, tapar huecos y echar las llantas viejas; y cuando llega la lluvia, nos sorprendemos de que el dengue haga estragos.
Cada año, las calles acumulan tanto barro que la altura entre la calzada y la acera se nivela formando una sola masa café de extremo a extremo. Lo poco que se hizo por tapar hoyos y aplanar calles  se pierde, así como, seguramente, varios pares de zapatos de los vecinos que deben cruzar ríos de fango para llegar a sus casas.
Las ciudades y poblaciones bolivianas están hechas de polvo y barro. Si uno hace un viaje por el altiplano y la puna bolivianas, en esta época, tiene la impresión de que el barro es parte del paisaje de barrios pobres y poblados pequeños.
El Alto, Oruro, los centros mineros, Potosí y los pueblos de en medio  son fango, lluvia y frío entre diciembre y marzo; y polvo, sol y más frío durante los meses restantes. Si uno toma el camino del oriente y los valles, salvo el frío, las cosas no son muy distintas.
En las ciudades más grandes, el asfalto se cubre de una pequeña capa de lodo que se seca pronto y se convierte en tierra que cubre árboles, casas y, probablemente, parte de nuestros pulmones.  Las calles de piedra se secan con mayor lentitud y entonces los pedacitos de barro, entre piedra y piedra, se convierten en jabón líquido que empuja de narices contra el piso a los transeúntes.  
Lo sorprendente no está en la fuerza y persistencia de las lluvias, el barro y los desastres caseros y naturales, sino en que, cada año, invariablemente, ellas nos causan una sorpresa renovada.
Sufrimos de una suerte de amnesia de la época seca; algo así como la necesidad de olvidar los traumas causados por las lluvias fingiendo que son simplemente eventuales; limitándolas -en nuestra mente- a una excepción, un mal rato que debe ser olvidado para seguir adelante. Cerramos los ojos y disfrutamos del sol, rellenamos calles y remendamos techos. Remiendos, eso es lo que hacemos, en las casas y desde las alcaldías. Sólo remiendos.
No se ha escuchado, aún, un eslogan en las elecciones municipales parecido a: "vivirás seco y seguro durante las lluvias…” o algo mejor, claro está, pero con la misma idea. Una campaña de prevención para vivir mejor cuando lleguen las lluvias, durante los meses secos, es algo que, en los más de 40 años que tengo, no había escuchado.
Recuerdo las acciones de emergencia, la tragedia, el llanto, las pérdidas; pero una campaña que nos impulsara a tomar medidas simples como hacer mantenimiento a los techos, limpiar las casas de recipientes viejos, cubrir huecos y evitar charcos… Y campañas grandes como empedrar y asfaltar zonas de alto riesgo, primero y, gradualmente, el resto. Ésas sí no las recuerdo, si las hubo.
Total que vivimos en un círculo que se  inicia en diciembre cuando nos mojamos, sigue en enero al empaparnos, luego tenemos los meses de invierno para secarnos y olvidar; para después mojarnos y sorprendernos de nuevo. Cosa que da a pensar que con la última gota de lluvia nos llega la amnesia y vivimos como la cigarra floja hasta la próxima primera gota.

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