Cholets, la arquitectura rebelde de El Alto

La propuesta fue bautizada como arquitectura “chola”. Se caracteriza por la combinación de figuras tiwanacotas con formas y colores de los aguayos y otros tejidos.
miércoles, 02 de abril de 2014 · 21:03

Ivone Juárez 

La propuesta fue bautizada como arquitectura "chola”. Se caracteriza por la combinación de figuras tiwanacotas con formas y colores de los aguayos y otros tejidos.

 La idea no es nueva. Los chalets en la última planta de un edificio no son mi creación, ya se los construía en la zona Sur de La Paz y en Cochabamba”, aclara el arquitecto Freddy Mamani apenas ingresamos al chalet que construyó para la familia Callisaya Ticona en el séptimo piso de un edificio de siete plantas, ubicado en la carretera a Viacha, una de las zonas más caras de la ciudad de El Alto.
La infraestructura está al borde de la vía, que carece de cordones de acera. Destaca en el lugar terroso por su fachada de amarillo intenso, donde sobresalen figuras que se basan en la cruz andina y en formas circulares. Son elementos tridimensionales con incrustaciones de vidrio y otros materiales de construcción lujosos.
"En la cultura aymara la cruz andina representa el principio y el fin, las figuras circulares simbolizan el progreso, igual que el color amarillo”, explica el arquitecto de 41 años mientras oprime el timbre del domicilio, donde en el primer piso están los locales comerciales, en el segundo un local de bailes  llamado Estrella Dorada, en el tercer, cuarto, quinto y sexto nivel una residencial, y en el séptimo el chalet, o  cholet, como ha sido bautizado por algunos colegas del arquitecto Mamani.
Es la vivienda de los dueños del edificio. Desde ahí, a través de un monitor conectado a una cámara de seguridad que controla la calle sobre la que está la construcción, los propietarios autorizan el ingreso al domicilio, hasta donde se llega en un ascensor.
La primera impresión al llegar al lugar enciende los sentidos: son los colores intensos que se ven en las paredes de la sala, construida sobre casi 200 metros cuadrados. Amarillo, naranja, verde, rojo, todos combinados en diferentes texturas, predominan en la decoración.
En un solo muro se observa tres distintas texturas, algunas planas y otras en alto relieve. Son formas con las que Mamani quiere expresar el carácter y el temperamento del hombre alteño: "fuerte, inquieto. A veces pasivo, pero otras explosivo”.
"En la estructura tenemos quiebres fuertes y grandes que entran y salen, como el carácter del alteño. Los colores son fuertes, te impresionan, pero al lado de un color intenso tenemos uno suave, más tranquilo. Así ponemos de manifiesto el carácter del alteño, que está condicionado incluso por el clima, que es torpe e impredecible”, explica el profesional que trabaja en la construcción desde que tenía siete años como ayudante de su padre, un albañil.
Del centro los techos de la sala del chalet se descuelgan cornisas enormes de yeso, donde dominan las formas circulares que dan lugar a diseños con volados prominentes. En medio de los salientes están incrustadas lámparas igual de grandes: algunas penden, otras están empotradas. En los lugares destinados sólo a los focos, el techo tiene diseños de flores. Es que ningún espacio puede carecer de detalles, de ser así representaría el más desesperante vacío.
"Todo demuestra la pasión por el movimiento, por el trabajo y la lucha, así como se ve en los tejidos de los aguayos y otras prendas de nuestra cultura. El vacío es ausencia”, explica Mamani.
La sala es el lugar protagónico del chalet, por ello, en una de sus paredes  también se distingue una ventana circular con un marco en alto relieve. Desde ella se impone una vista panorámica de El Alto. A diferencia de las otras ventanas, ésta no debe ser cubierta con cortinas, pues se perdería parte de la identidad del lugar.
En el primer nivel también están dispuestos la cocina, el baño de visitas y una habitación para invitados. Son característica de estas habitaciones sus puertas de madera con apliques con formas de flores, hechos también de madera. Una escalera de madera conecta estas áreas con la segunda planta, donde están dispuestas un área social y dos dormitorios con sus respectivos baños.
En las habitaciones matizan las paredes pintadas con varios colores combinados en diseños de texturas, tramas y granulados. Los techos no tienen cornisas, sino dibujos de flores multicolores.
Llama la atención la temperatura agradable que se siente en los ambientes del chalet. En El Alto, una ciudad que se caracteriza por el frío, esa cualidad es invalorable y Mamani lo sabe, por eso implementó un solario que concentra el calor en el lugar.
Con esas condiciones, los propietarios pueden tener un jardín interno, adornar los ambientes del chalet con plantas naturales y otros elementos, como una piscina o un sauna, para lograr su propio oasis en medio de una ciudad de clima agreste, pero, además, desde donde se puede atender los negocios de cerca.

Es que la propuesta de este arquitecto está pensada para la gente de negocios de El Alto, ciudad donde la vivienda y el emprendimiento económico se fusionan en un solo espacio físico.  Por eso sus edificios engloban las actividades productivas y las de la vida cotidiana.
Tuvo esa idea hace más de 10 años, cuando estaba a punto de terminar su segunda carrera universitaria y de maestro albañil trascendía a ingeniero y arquitecto. Comenzaba a construir para Francisco Mamani, un importador de celulares que quería una casa en Alto Lima.
"Le propuse construir en la planta baja galerías comerciales, en la segunda un salón de fiestas, más arriba departamentos para alquilar y en el último piso un chalet con un parrillero, como en la zona Sur. Adecué el chalet a El Alto con elementos para hacer llevadera las bajas temperaturas de la ciudad y su carencia de vegetación”, resalta.
Pero este arquitecto tenía también otro objetivo: mejorar la cara de la ciudad de El Alto.
"Hice una fachada vistosa con muchos detalles y elementos de la cultura andina y la pinté de verde, el color ideal para darle vida a El Alto. Era la construcción más vistosa, la más coqueta”, recuerda.
Hoy la propuesta de Mamani corre como reguero de pólvora, no sólo en El Alto, sino en otras ciudades y provincias de La Paz, Cochabamba, Potosí, Oruro, Beni y Pando  e incluso ha trascendido las fronteras. En ciudades de Brasil y Perú, fronterizas con Bolivia, los edificios pintados de colores del aguayo y con diseños andinos se levantan de la mano de hombres y mujeres occidentales exitosos que quieren mostrar su "identidad andina y su prosperidad”.
Algunos incorporan en los interiores de sus viviendas jatatas (palmeras) a modo de columnas, mientras otros quieren revivir antiguas culturas, como la chipaya, incorporando chullpares a los ambientes de sus viviendas. Es un desafío que Freddy Mamani está dispuesto a afrontar.
"Mi idea es realizar obras que identifiquen a cada uno de mis clientes, pero también que rompan los esquemas, los estilos”, afirma.
Pese a estar consciente de que su propuesta no va acorde a lo que le "enseñaron” en la universidad, está dispuesto a seguir con ella, porque siente que es la explosión de su "esencia” de hombre occidental.

"Lo que hago no  agrada a todos”
Freddy Mamani rompió los estilos y esquemas de la arquitectura para plantear desde la ciudad de El Alto una nueva forma de construcción que cumple una función productiva y de vivienda, y que, al mismo tiempo, expresa la identidad de la cultura andina y la forma de ser del hombre occidental.
"En la universidad nos forman bajo normas. Nos dicen que lo mejor es lo minimalista, que no contempla colores, porque si haces eso ya no eres arquitecto, pero en nuestra cultura (andina) no es así. A uno tiene que gustarle lo que hace y eso estoy haciendo”, dice el arquitecto.
Al contemplar su obra confiesa que "la construcción es mi vida, mi mundo, mi pasión. Lo que hago no  agrada a todos, pero la crítica me hace fuerte y me impulsa a llegar más allá”.
Para lograr que su propuesta se materialice en edificios, de los cuales ya construyó más de 50 en casi toda Bolivia y en algunos lugares de Brasil y Perú, Mamani tiene a su mando una cuadrilla de más de 200 hombres, a quienes considera "artistas”, por el tipo de trabajo que realizan.

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