Sintra,un tesoro entre la bruma

Pese a su reducido tamaño, Sintra, la pequeña "vila" ubicada en el noroeste de Lisboa y Patrimonio Mundial de la Unesco, se ha convertido en un destino turístico de primer orden en Portugal, con más de 780 mil visitantes por año.
domingo, 11 de enero de 2015 · 18:33
Oscar Tomasi

Como si de un tesoro escondido entre las montañas se tratase, el pequeño municipio de Sintra se encuentra en un valle localizado a 30  kilómetros de la bulliciosa Lisboa, enclavado entre montañas.
Cubierto con frecuencia de una espesa bruma, Sintra acoge un vasto conjunto patrimonial, siempre envuelto en un aura de misterio que también forma parte de su atractivo.
La pequeña "vila” -como se dice en Portugal-  es un destino turístico de primer orden con más de 780 mil visitantes por año. A sus castillos, palacios y monasterios suma una oferta gastronómica interesante, con los dulces "travesseiros” de crema como estrella.
Ocupada a lo largo de la historia por romanos, visigodos y árabes, de todos ellos son todavía visibles numeros vestigios. Esta riqueza cultural le supuso el reconocimiento como Patrimonio Mundial por parte de la Unesco desde 1995.
La armonía reina en un paraje donde se entremezclan monumentos -de muy diferentes épocas y estilos- y bosque, el verde de sus árboles con el amarillo y rosa chillón de su Palacio de Pena, los pequeños chalets con fortalezas levantadas para alojar a la realeza europea.
Aunque la palabra Sintra quiere decir etimológicamente "astro luminoso”, la sierra en la que está asentada es conocida también como El Monte de la Luna. El musgo y el rocío lo impregnan todo en el municipio, que goza de un microclima propio y muy diferente al de la cercana Lisboa.
La garantía de temperaturas agradables, incluso en plena canícula estival, es uno de los motivos que lo convirtieron en una especie de retiro dorado para nobles y reyes, y todavía hoy es motivo de peso para turistas de lujo que lo visitan periódicamente.
Así lo confirma a EFE el personal que trabaja en el Hotel Sete Reais, un palacio que data del siglo XVIII, gestionado ahora por la cadena Tívoli. "Recibimos todos los años, desde hace décadas, a una misma familia inglesa que reserva siempre las mismas habitaciones durante dos meses en verano”, cuenta el recepcionista.
El dinero, al parecer, no debe ser un problema, pese a que el precio por habitación comienza a partir de los 245 dólares por noche. Alfombras mullidas, butacones de otra época, lámparas de araña, bañeras antiguas y camas altas atestadas de almohadas, denotan un aire clásico y señorial que también comparte Sintra.
Este establecimiento es uno de los más exclusivos de toda la "vila” y destaca por su suntuosidad. A ello se ha sumado en los últimos años que hasta allí se traslada por unos meses la sede del restaurante Vila Joia, con dos estrellas Michelin.
A escasos metros se encuentra la Quinta da Regaleira, el más enigmático monumento de toda la localidad. El terreno en el que se asienta este complejo, que incluye un palacio, una capilla, varios túneles subterráneos y torres de vigilancia, fue adquirido en el siglo XIX por António Augusto Carvalho Monteiro, a  quien se conocía como Monteiro de los Millones por su fortuna.
Ejecutado el proyecto por el arquitecto italiano Luigi Manini, todavía hoy se especula con los motivos esotéricos y cosmológicos que presiden el complejo, coronado por un jardín con varios lagos y grutas que desprende un halo de misterio.
La estrella del complejo es el llamado pozo iniciático, que se adentra en las profundidades de la tierra y en él se puede ver una rosa de los vientos sobre una cruz templaria, símbolos que han contribuido a que se especule largamente sobre su posible uso en ritos de iniciación para masones.
ECLECTICISMO EN LO ALTO DE LA MONTAÑA
Si el visitante llega a Sintra y dirige su mirada hacia arriba, en lo alto de la montaña podrá ver el Palacio de Pena, cuyo estilo ecléctico no deja indiferente a nadie, combinación de exotismo y medievo. Pintado de amarillo y rosa, es un claro exponente del romanticismo portugués del siglo XIX.
Rodeado a su vez de un impresionante bosque de 85 hectáreas, con especies plantadas que proceden de diferentes partes del mundo y una arboleda objeto de estudio, el Palacio fue mandado construir sobre las ruinas de un antiguo monasterio y acabó siendo residencia de verano para la familia real. También alberga numerosas salas con abundante decoración, y mención aparte merece el Chalet de la Condesa, encargado por Fernando II para su segunda mujer, Elise Hensler.
VUELTA A LA EDAD MEDIA
En pleno centro de Sintra se encuentra el Palacio Nacional, estancia de los reyes portugueses durante más de ocho siglos, hasta la instauración de la República, en 1910.
Elementos góticos, manuelinos e incluso un toque mudéjar, son visibles en sus instalaciones. Se tiene constancia escrita de su existencia ya desde el siglo X, aunque pese a ello se mantiene prácticamente intacto.
Llamativa es la enorme cocina del complejo, tamaño adecuado para los grandes banquetes que se solían servir en sus instalaciones y en las que también están expuestas sartenes, ollas y cacerolas con varios siglos de antigüedad.
  Más alejado se encuentra el Convento de los Capuchos. De espacios exiguos, reducidas dimensiones y de techos especialmente bajos, fue así diseñado con el objetivo de facilitar el "contacto directo con la naturaleza y de acuerdo con una filosofía de extremo despojo arquitectónico y decorativo”, explican desde la entidad que gestiona el patrimonio de la localidad.
Ocupado por monjes franciscanos, la austeridad de su construcción es la nota que más sorprende a quien lo visita, y que se suma a su total integración con el bosque que lo rodea.
También reyes como Felipe II de España (y I de Portugal) quedaron impresionados con este convento. "Dos cosas tengo que mucho me satisfacen, el Escorial y los Capuchos”, dejó escrito después de su visita, allá por el lejano 1581, contraponiendo la riqueza de uno y la extrema pobreza del otro.
  EL ATLÁNTICO   TESTIGO
En el extremo contrario descansa el Castillo de los Moros, un monumento fortificado, rodeado de dos murallas de piedra semicubiertas de vegetación.
Llegados a su punto más alto, el monumento ofrece una de las mejores vistas de toda la "vila”, con el océano Atlántico al fondo y algunas de las mejores playas lusas en perspectiva, como la de las Maças. Inspiración para numerosos literatos, muchos de ellos dedicaron a Sintra versos como homenaje. "Daría para un buen paraíso en caso de que Dios hiciese otro intento”, le dedicó José Saramago en 1982. "No hay esquina que no sea un poema”, ya decía un siglo antes Eça de Queirós.
Aunque quizá quien mejor lo definiese fue el escritor portugués Vergílio Ferreira: "Sintra es el más bello adiós de Europa cuando al  fin encuentra el mar”. (EFE Reportajes).

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