Sumisa y feminista al mismo tiempo

lunes, 2 de marzo de 2015 · 18:48

Pamela Madsen

Es mi culpa. No soy como Anastasia, una chica inocente que se enamora accidentalmente de un hombre dominante. No, yo no soy así. Tengo más de 50 años. Sabía exactamente en lo que me estaba metiendo desde el momento en que lo conocí.

Puede que haya gritado ¡santo cielo! unas cuantas veces. Pero si tenía las mejillas rojas era porque él puso el color donde quería. No huí de mi sádico, como Anastasia huyó del suyo en Cincuenta sombras de Grey. Y desde que lo conocí no hay día que no me ponga un bonito collar hecho de piedras falsas y plata.
No hay día que pase sin que alguien me diga lo guapo que es. Y siempre que lo hacen, me paso los dedos por los brillantes cristalitos transparentes y sonrío. La gente cree que es bisutería, sin más, pero para mí es un bonito secreto. Cuando lo elogian, siento que me dicen que mi sometimiento es bello. Que mi compromiso también lo es. Por supuesto, la gente no sabe que se trata de mi collar de día y que me lo ha puesto Shihan, el hombre que me Domina.
Shihan tiene mucho en común con Christian Grey. No, él no es multimillonario, pero sabe lo que quiere de una mujer. Estas palabras que Christian le dice a Anastasia me las podría haber dicho perfectamente mi Shihan: "No soy sádico, soy un hombre dominante. Quiero que tú quieras complacerme. Tengo reglas y quiero que tú las sigas y las acates. Son para tu beneficio y para mi placer. Si las cumples para satisfacerme, yo te recompenso. Si no, tendré que castigarte y aprenderás”.
Mis amigos no saben que ponerme el collar todas las mañanas me recuerda mi sumisión hacia él, el hombre que se mueve por todo el país y que no es mío excepto por ese acuerdo que tenemos. No saben que todas las noches, cuando me lo quito antes de ir a dormir, mi mente reproduce trocitos de recuerdos de mis encuentros con él: sentados en un bar de sushi con sus cuerdas atadas en un arnés bajo mi vestido. Su brazo alrededor de mí, dándome suaves tirones de la ropa. Mi cuerpo cediendo a sus tirones. El placer que siento en el cuerpo cuando le doy placer. Yo, boca abajo, atada a una cama de cuatro barrotes, completamente abierta para él.
El collar me lo recuerda constantemente, desencadena recuerdos sensoriales que me alimentan durante los largos períodos de separación que hay entre nuestros encuentros. Los recuerdos pueden golpear como un suave remo de madera.
Dominación y sumisión, poder y rendición, significan diferentes cosas para diferentes personas. Para algunas, consiste en tener la oportunidad de confiar en alguien para que tome el control. Para otros, es la sensación física pura -azotar, lamer, controlar- que domina la mente, la antítesis de pensar en líneas generales.
Que alguien más fuerte que tú te sujete justo como necesitas en ese momento, que te diga lo que tienes que hacer en el contexto seguro de un acuerdo mutuo sobre un intercambio de poder es muy excitante. Esto es lo que Christian intentaba ofrecer a Anastasia. Pero ella se resistía demasiado a entender bien el regalo que le estaba haciendo. Para ella, era una aberración, le parecía mal. Para mí, no es nada más y nada menos que la perfección.
Nadie imaginaría que soy una mujer sumisa, que siento placer al servir. Al fin y al cabo, he pasado la mayor parte de mi vida dando órdenes o, al menos, haciéndome cargo de las cosas. Quizás por eso el sometimiento me llama la atención. Es un camino sin recorrer, o quizás es el camino que, como mujer estadounidense, me enseñaron que era indigno. Algo que evitar a toda costa. Aunque arriesgaría muchas cosas por tenerlo.
En el sometimiento me invade una transformación. Se suaviza el duro intelecto y el pragmatismo que normalmente empleo en el mundo. Me encanta la parte de mí que cede. La encuentro cautivadora. El collar me lleva a ella.
Hay un ritual que marca el tiempo de mi sumisión. Él siempre me ajusta mucho el collar al principio, y luego lo suelta un poco. Siempre me asusta y me sorprende tanto como verme de rodillas. Pero tengo tanta hambre de más que me sonrojo.
Soy muy consciente de mí misma cuando participo en este ritual. Imagina, yo de rodillas. Besándole las manos como muestra de gratitud por lo que me ofrece en ese momento. Mis ansias por hacerlo aunque tenga que arrodillarme son inquebrantables. La libertad que siento en esta expresión física de entregarme a este hombre tan lascivamente, el placer de mi sumisión impulsa mi cuerpo como un río que desborda un dique.
Al mismo tiempo, sé que esta escena volvería locas a algunas feministas. ¿Mujeres que son azotadas y hombres que disfrutan haciéndolo? A mucha gente le da miedo. Anastasia Steele no está sola en su miedo. No es políticamente correcto, pero es mi deseo. Ahí es donde las décadas de feminismo nos deberían haber llevado: a que todas las mujeres sean capaces de hablar y de tener sus propios deseos. Y yo quiero el mío.

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