Cine

Joy, el caos y los cuentos de hadas

David O. Russell insiste en su cine “transgenérico” a medio camino, entre la fábula, la irrealidad y el desasosiego. Jenniffer Lawrence y Robert De Niro integran un reparto estelar.
domingo, 31 de enero de 2016 · 00:00
Luis Martínez

Decía Bruno Bettelheim que todo cuento de hadas es un "espejo mágico” en el que se reflejan las dificultades a las que uno ha de enfrentarse a lo largo de su existencia o, mejor, su inevitabilidad. Al fin y al cabo, y antes de cualquier consideración moral, lo que le ocurre a la vida es simplemente que no tiene remedio. Digamos que las narraciones infantiles, las clásicas, funcionan como el primer campo de pruebas en el que ejercitarse camino de la más que improbable madurez.

A su manera, el cine de David O. Russell se quiere a sí mismo como simplemente un cuento de hadas. Joy, su último trabajo, es, de hecho, una lectura muy particular de Cenicienta; una fábula capitalista (muy a favor) empeñada en relatar la pelea de una mujer sola desde el infierno de un familia profundamente desestructurada al cielo del éxito empresarial (e igual de desestructurado, todo sea dicho). Eso o, tal vez, la última e imposible versión de Caperucita Roja frente a todos los lobos de un mundo demasiado machista, demasiado feroz.

De nuevo, vemos al director entregado a narrar la más simple de las historias de la más complicada de las maneras. La idea es siempre someter el rigor de los géneros clásicos del Hollywood a una especie de tour de force donde nadie quede indemne. A poco que se mire con atención, la estrategia que tan buenos resultados le ha dado es siempre la misma. En The fighter se trataba de contar la historia protocolaria de un boxeador desde la derrota más evidente a su contrario. Pero la línea recta no es una opción en el cine de Russell. La película era además un relato extraño sobre la América profunda entre la comedia, el drama y, otra vez, el cuento de hadas. Como en éstos, el relato es siempre reiterativo, diáfano, laberíntico y con las líneas que separan lo real de lo imaginario desdibujadas.

Desestabiliza...


En El lado bueno de las cosas ocurría otro tanto. Esta vez se trataba de una comedia romántica que jugaba a la vez ser un drama disfuncional. Y en La gran estafa americana lo que se presentaba como un thriller con la estructura de una caper movie poco tardaba en transformarse en una extraña metáfora entre la parodia y el caos que cuestionaba al espectador el rigor del equilibrio. De otro modo, el cine del último Russell que tanto gusta en la ceremonia de los Oscar está ahí para desestabilizar, provocar y, dado el caso, irritar.

Joy es tal vez el ejemplo más extremo de todo lo anterior. No necesariamente el más logrado. De nuevo es Jenniffer Lawrence la maestra de ceremonias y, otra vez, se antoja difícil discutir su entrega y hasta su talento. La película arranca de forma magistral con la escena de una telenovela que, de repente, se cuela en la propia narración. El propio Lynch no lo hubiera hecho mejor. Pero Russell no es un hombre de un registro.

Él siempre prefiere el tumulto. Básicamente, la película cuenta la historia de una mujer que un día tuvo un idea: una fregona. Eso es lo que la separa de la gloria. Lo que ocurre es que antes de llegar aquí, al nudo de la fábula, la película navega por las vidas azarosas de una madre (Virginia Madsen) adicta a los culebrones; una abuela extraña (Diane Ladd); un padre castrador (Robert De Niro); un exmarido cantante (Edgar Ramírez), y una nueva madrastra (Isabella Rossellini) que está ahí para recordarnos, de nuevo, hasta qué punto Russell admira a Lynch. Luego, claro está, aparece el personaje que ha de interpretar necesariamente Bradley Cooper, cuya misión es hacer de hada madrina, el que facilita y a la vez impide que la protagonista alcance el éxito y que el espectador se aclare. Es así.

A un lado el   magnético trabajo de Lawrence, el resultado es a la vez una caótica refutación de Bettelheim y una desconcertante fábula sin más moraleja que el desasosiego. David O. Russell, de esa manera tan imperfecta de acercase al desconcierto que caracteriza su último cine, demuestra esta vez en su "espejo mágico” que la felicidad es un estado alterado del alma. Eso o su contrario. (Diario El Mundo)

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