REPORTAJE

El hombre de las mil cordilleras

Después de leer Tenía que sobrevivir, uno se da cuenta de que lo que conocía de la historia de la tragedia de los Andes era solo una capa fina, como la primera nieve de la madrugada en la montaña. El libro está hecho con material invaluable, que sale de un pozo hondo en la memoria de Roberto Canessa.
domingo, 30 de octubre de 2016 · 00:00
Noelia González  / Montevideo

El hombre de pelo blanco y ojos risueños estaba en su silla, con las manos cruzadas sobre la barriga. Del corazón de los Andes al corazón de los niños. Un libro que sorprende al mundo.
Un iluminador relato de esperanza y determinación, solidaridad e ingenio, que aporta una nueva perspectiva a una historia mundialmente conocida. 

Tenía que sobrevivir (Sudamericana, 2016), que acaba de publicarse en Uruguay, está sorprendiendo al mundo. Lanzado en Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda en marzo de este año, ha cosechado elogios en todos los medios de prensa. El prestigioso Publishers Weekly escribió que es un libro "que no lo puedes soltar desde el principio hasta el final”.

Roberto Canessa había accedido a recibir a todo el que quisiera y pudiera ir a una reunión informal para conversar, firmar el libro y sacarse fotos. El hombre de pelo blanco –una celebridad, una leyenda verídica– estaba allí como anfitrión, para compartir la merienda con desconocidos que han sabido de él toda su vida.

Es extraño verlo a los ojos. Uno no sabe qué decir sin sonar insensible. Es un sobreviviente de la tragedia de los Andes, una de las historias mundiales más horrendas con final agridulce, que está marcada en la idiosincrasia uruguaya como una cicatriz. ¿Qué decirle a una persona que sufrió tanto, tantos años atrás, a la que nunca viste en persona pero sí en tu imaginación?
Pero resultó fácil conversar con él, como dos uruguayos que se encuentran lejos del país y quieren saber si el otro es de Montevideo o el interior, qué conocidos tienen en común; qué los trae tan lejos de casa. Después de todo, no hay que hablar de la montaña y la muerte si no amerita hacerlo.

Esas preguntas eran para la entrevista, que tuvo lugar un rato después, cuando Canessa sutilmente se apartó de los invitados para ir al patio. La entrevista fue más una conversación y fue bastante breve, partida al dos porque la gente se iba y el anfitrión tenía que saludar, agradecer y sacarse selfies con los que se retiraban.

Una lección inevitable

Y también porque Canessa no quiere hablar de la muerte, quiere hablar de la vida.

"Nos quejamos porque nunca se nos cayó el avión. Que no te pase que un día no tengas qué comer, no tengas dónde dormir, estés muriéndote de sed para darte cuenta lo agradecido que estás”, dice Canessa, con el mismo tono de voz   que usó durante toda la charla: templado y sin prisa.

Ésa es la lección inevitable que deja Tenía que sobrevivir. Y es que éste es un libro que "entrás a leer triste y salís contento por todo lo que tenés”, explica el autor, manteniéndose alerta por si tenía que pararse a saludar de nuevo.

Ése no era el título que Canessa tenía en mente para este libro "escrito a cuatro manos”, con la pluma bella y compleja del escritor Pablo Vierci, también amigo de Canessa. 

El doctor de la montaña era perfecto, pero no lo suficientemente "marquetinero” según la editorial, dijo Canessa, que en ese momento se encontraba promocionando en Estados Unidos la versión en inglés, I Had to Survive (Atria, 2016).

Este título exige una respuesta. ¿Por qué Canessa tenía que sobrevivir? Según explicó, la razón principal fue la responsabilidad de no fallarle a su madre, quien en una ocasión le comentó que no podría seguir viviendo si ella perdiera un hijo. 

Pero luego de leer el libro, la respuesta se expande más allá de la familia de Canessa, hacia otras familias desesperadas, cuyos hijos están por venir al mundo con una falla en el corazón que quizás sea mortal. Familias, pacientes, amigos, que hasta el día de hoy sienten que le deben la vida de sus hijos a Canessa, según cuentan en el libro.

Según contó Vierci, "el corazón del libro” no es tanto la tragedia sino el después de ella, la historia de una persona que se pone "el peso de pacientes al hombro”. 

Para Vierci, el Canessa que cada día trabaja con "lo más delicado de lo delicado” (los corazones frágiles de los niños) es el Canessa de 19 años que atravesó los Andes a pie y que colaboró para que 16 personas volvieran a casa luego de un accidente fatal. 

Un personaje mítico

El que es visto por los padres de los pequeños pacientes como una salvación, casi como un personaje mítico, es un Canessa que no olvida su deuda con la vida... y con la muerte.

Canessa tenía que sobrevivir para que otros pudieran sobrevivir: en la montaña los otros eran sus amigos; en Uruguay los otros son fetos, bebés, cuyas probabilidades de sobrevivir luego de nacer son muy bajas, pero para quienes vivir no es siempre imposible.

El Canessa doctor –ahora reconocido cardiólogo pediátrico del Hospital Italiano y el Pereira Rossell en Montevideo– está presente durante todo el libro, que se gestó durante una década de conversaciones de Vierci con Canessa, sus familiares y pacientes.

El libro, de casi 300 páginas, está narrado siempre en primera persona y dividido en capítulos cortos. Se alternan la voz de Canessa, de sus hijos, su esposa y padres (estos últimos murieron antes de que el libro se publicara en marzo de este año), pilotos del avión, enviados a buscar el avión caído; madres y padres de bebés con malformaciones congénitas del corazón, pacientes de Canessa.

Tenía que sobrevivir narra con detalle el momento del accidente –minutos donde todo sucedió en cierto orden dentro del caos–, cuando el avión de la Fuerza Aérea Uruguaya perdió un ala y luego cayó en picada y de nariz contra la nieve en plena cordillera de los Andes. Canessa cuenta lo que pasó frente a sus ojos y oídos y también en su mente. El relato es de hechos y pensamientos, de afuera y de adentro.

En orden cronológico, el libro cuenta lo que sucedió después del choque inicial; después de las primeras muertes entre un equipo uruguayo de rugby que viajaba a Chile con algunos familiares, para jugar un partido del otro lado de la cordillera que no llegaron a cruzar a tiempo.

También describe y explica cómo se fue formando esa "sociedad de la nieve” de la que habla Vierci en un libro anterior (2008), en el que  recopila los relatos de todos los sobrevivientes. 

Se centra en el rol que asumió Canessa, entonces un joven de 19 años, que "prefería hacer los tantos y no le gustaba ser capitán del equipo”, según dijo alguna vez  durante una entrevista en California, pero que en los hechos terminó siéndolo, junto con su amigo Nando Parrado, quien condujo al resto de los sobrevivientes a la salvación.

Una odisea por la vida 

El libro empieza con los casi dos meses en la montaña, sigue con la odisea de 10 días en los que Parrado y Canessa caminaron hacia el lado chileno a pedir ayuda, continúa con el rescate y termina con la vida de Canessa como médico especializado en corazones de recién nacidos.

La tragedia de los Andes es una historia conocida. "En el mundo entero nos admiran”, dice Canessa, "pero en Uruguay nos quieren”. "Somos parte del acervo cultural”. Entonces, ¿por qué leer una historia que ya conocemos? ¿Qué gracia tiene leer un cuento del que se conoce el final?
Después de leer Tenía que sobrevivir, uno se da cuenta de que lo que conocía de la historia era sólo una capa fina, como la primera nieve de la madrugada en la montaña. El libro está hecho con material invaluable, que sale de un pozo hondo en la memoria de Canessa y quienes de verdad lo conocen. 

A eso se suma la fluidez con que Vierci transmite las ideas más complejas, que él mismo debió haber tenido que comprender muy bien antes de escribir. La prosa de Vierci –que no pierde la esencia aun traducida al inglés– hace que los fragmentos de historia se conviertan en un libro extremadamente visual y al mismo tiempo profundamente introspectivo.

Entrevistar a un amigo, sin embargo, "es bueno por un lado y tiene desafíos por el otro”, contó Vierci, que conoce a todos los sobrevivientes y a las víctimas del accidente. Lo bueno es que existe "un vínculo de confianza absoluta” y no hay temas tabú. Lo malo es que es más difícil deshacerse de los preconceptos, dijo el escritor.

Vierci se posiciona como el traductor indiscutido de la historia de la tragedia. Es el encargado de encontrar lo que llamó "conexiones intangibles” que hasta ahora eran invisibles, incluso para Canessa. 

Y es tal vez el único capaz de escribir en primera persona sobre algo que  sucedió a los demás. Vierci aclaró que no se siente el portavoz de los protagonistas, pero que siempre sintió "esa responsabilidad”. Después de todo, "¿qué otra persona a la que le gusta escribir los conoce a todos, a los muertos y a los vivos?”, dijo Vierci. "Lo que yo soy es un facilitador,” explicó.

A través de las conversaciones con Vierci, Canessa dijo haberse dado cuenta de cosas que antes no había percibido. Por ejemplo, que "los pacientes son un poco los sobrevivientes de ahora, y a mí me toca ayudarlos; que la ventana del ecógrafo es como la ventana del fuselaje, a través del cual yo veía la vida”.

"Ahora veo un niño en la barriga de la madre y pienso que tiene posibilidades de sobrevivir. Y tengo que ayudarlo, ¿no?”, dice Canessa, quien agregó que tuvo una oportunidad que sus amigos no tuvieron. "Entonces, tengo un compromiso de vivir de una manera digna”, dijo.

El vientre de la montaña

Analogías como ésta se repiten a lo largo del libro, donde aparece la figura del fuselaje en el que los sobrevivientes pasaron dos meses, utilizándolo como refugio y a la vez sufriéndolo como un lugar insoportable, donde los vivos convivían con los muertos sabiendo que en cualquier instante la muerte podía vencerlos. 

Un fuselaje que fue un hogar y una cárcel, el único espacio conocido dentro de la inmensidad blanca y aun así una casa anormal. El fuselaje es también el vientre de la montaña que los mantuvo con vida antes de regresar al "mundo de los vivos”, como se habla en el libro tantas veces. Es el cordón umbilical que unió a los sobrevivientes con la montaña, y que de pronto se convirtió en una madre.

La montaña y la cordillera son sinónimos de desafíos que parecen imposibles hasta que se cumplen, y de ahí que Canessa insista: "Todos tienen su cordillera”. Para él, la gente se identifica con su historia porque tienen una "curiosidad sana” de saber cómo hicieron para sobrevivir y en quiénes se convirtieron como consecuencia de eso.

La muerte es otra protagonista constante, que acecha, presiona e incentiva a buscar una salida. La vida es algo distorsionado: un recuerdo, un deseo, casi una utopía.

La salvación era cuestión de fe en Dios, pero también de suerte y voluntad propia. Vivir es un privilegio y una decisión.

La idea del cuerpo del prójimo como alimento, los recuerdos como motor, el instinto más primitivo que va alejando a los sobrevivientes de su condición humana como la conocían hasta el momento, también se repiten a lo largo del libro.

Escenas del pasado que intentan explicar las decisiones del presente también ayudan a entender las acciones de Canessa, incluso en los detalles mínimos. De ir a acampar con su suegro aprendió a construir camas elevadas y así improvisó dos camillas para sus amigos heridos dentro del fuselaje, que al mismo tiempo también era un quirófano y una sala de emergencia.

Canessa, hoy

La historia también incluye el rescate y los intentos de Canessa de reinsertarse en "el mundo de los vivos”. Volvió a volar en avión, a jugar al rugby y a andar en moto. Se casó con el amor que lo guió durante el tiempo en la montaña, su novia Lauri y tuvo tres hijos. Volvió a arriesgarse.

Luego del rescate, "se dijo que habíamos tenido tanto estrés que nuestras almas eran como las de personas de 80 años”. Pero, al menos pudo volver a vivir, aunque siempre con el recuerdo.

"Para mí es uno de los grandes hallazgos de la historia de los Andes”, dijo Vierci. "Que la gran tragedia contra intuitivamente puede catapultarte a ser un adicto a la vida. El ejemplo de Roberto es paradigmático, porque se dedica a eso”, dijo el escritor.

Canessa se dedicó a hablar de su experiencia "universalmente personal” por todo el mundo, y cada vez que recuerda lo que vivió siente "una sensación de tristeza gigantesca”, "una sensación un poco de rebeldía; de muerte y al mismo tiempo de vida”. Pero revivir esos momentos no lo afecta de forma negativa. "Yo creo que la gran pesadilla era la montaña misma, tener que dormir con tus amigos muertos ahí al lado, tener fuerza para enterrarlos. Que te faltara el aire, sentir la muerte inminente... Salir después de ahí fue un placer y fue fabuloso”.

Además, el recuerdo es necesario. ¿Quién sería ahora Canessa sin la montaña? ¿Puede alguien que ha vivido y sufrido lo que él y los demás sobrevivientes sufrieron separarse de esa cordillera?

Este sobreviviente regresó al lugar del accidente varias veces, llevó a sus hijos, a quienes les presentó a sus amigos muertos que permanecen allí, detenidos en el tiempo, con la misma edad. Regresó al valle de Chile donde junto a Parrado encontraron la salvación, un paraíso en medio del infierno.

Y hoy sigue volviendo a los recuerdos porque su vida después del accidente se construyó a partir de esos cimientos. Porque aprendió a vivir con la montaña, rescatando a quien puede, identificándose no con el rescatista, sino con el sobreviviente.  (El Observador).

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

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