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Desde las ruinas me reconstruyo

Somos actores, directores, diseñadores, escritores y productores de nuestra historia.
domingo, 20 de noviembre de 2016 · 00:00
Bitia Vargas  La Paz
 
L levo un tiempo recorriendo el mundo, y entre ruinas, estatuas y monumentos antiguos, pude descubrir que así como las ciudades se reconstruyen desde su historia, pasa lo mismo en los seres humanos. Todo es cuestión de decisión, de preguntarnos si queremos conservar nuestras ruinas interiores y, al igual que ellas, desgastarnos con el tiempo, o reconstruirnos a partir de nuestras vivencias.

No se trata de olvidar de dónde venimos o de dónde vienen nuestras heridas, porque después de todo, son de ellas que hemos obtenido aprendizajes; pero tampoco es cuestión de quedarnos sumergidos allí por miedo a lo desconocido, por miedo a reconstruir algo nuevo, por miedo a movernos.

Sucede a veces que nos conformamos con aquello que ya no nos hace más felices, porque pensamos erróneamente que no podremos encontrar algo mejor para nuestras vidas; y esto pasa principalmente en las relaciones sentimentales: "más vale lo viejo conocido que lo nuevo por conocer”,  donde literalmente estamos en ruinas, aceptando ciertas cosas, continuando con la misma persona con la cual todos los días discutimos, y lo que es aún peor, continuando infelices. 

Curiosamente preferimos permanecer en ese estado de infelicidad que salir de él para encontrar lo que verdaderamente nos merecemos, porque es algo totalmente falso que hemos venido a esta vida para sufrir. 

La vida, más allá de ser un premio, es un regalo, es una obra arquitectónica de Dios, que nos ha provisto de maravillosos dones para disfrutarlos y apreciarlos. Uno de esos dones es este mundo y la oportunidad de descubrirlo. Uno de ellos es el amor y la posibilidad de encontrarlo. 

Cuando aceptamos el sufrimiento como parte de nuestra vida, lo que en realidad estamos haciendo es desperdiciar esos dones. La vida es maravillosa y  corta, exige de nuestra voluntad para lograr lo que nos merecemos, lo que soñamos, lo que anhelamos. 

¿Deseamos ser felices con nuestra pareja?;  entonces, ¿por qué conformarnos con una relación caótica? ¿Deseamos sonreír?; entonces, ¿por qué aceptar lo que nos pone tristes?

Tener la voluntad de manejar nuestra vida implica admirar lo que el sufrimiento ha podido causar en nosotros como materia prima para los cambios, aceptar esas ruinas que también somos nosotros y consagrarlas, porque aunque nuestro pasado no nos determina, nos ha marcado el camino hasta donde hoy estamos. A partir de allí el camino puede ser mágico e intenso, depende de nuestra decisión y de nuestras ganas de entender que la vida se reconstruye también a partir de las ruinas, a partir de los destrozos y que eso también nos hace más fuertes, más resilientes.   
Es vital levantarnos   con la primera decisión: la de no tener miedo a los grandes cambios, sino provocarlos. Esta primera decisión arrastrará como un torbellino a las demás decisiones, haciendo posible todo. 

Debemos confiar en que la protección divina estará con nosotros desde el momento en que decidamos cambiar para ser felices, para hacer brillar los dones de nuestro corazón, para hacer de la risa y la alegría nuestra vestidura, porque eso implica ser agradecido.  Quizá para los que aún no se atreven, el decidir empezar a decidir puede ser el inicio, lo importante es tomar las riendas de nuestra existencia. 

Somos los actores, directores, diseñadores, escritores, fotógrafos y productores de nuestra historia. Hagamos de ella un evento profundo e inolvidable.

Seamos los constructores de una nueva edificación a partir de las ruinas que fuimos, para mirar el camino oportuno y entender que la vida se trata de decisiones, que somos producto de ellas  y sólo ellas determinarán el curso de nuestra existencia. 

Los caminos están señalados con grandes letras. Depende de   nuestra decisión cuál es el rumbo que elegiremos. 


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