REPORTAJE

Y tú, ¿ crees en fantasmas?

El periodista e investigador inglés Roger Clarke cuenta en un libro una historia de 500 años buscando fantasmas, brujas, duendes y otras manifestaciones de un mundo sobrenatural.
domingo, 27 de noviembre de 2016 · 01:00
Jorge Vázquez Ángeles

Había una mujer muerta al final del pasillo. Jamás llegué a verla, pero sabía que estaba allí. El pasillo se encontraba en lo alto de las escaleras y giraba a la izquierda hacia la habitación desocupada y el dormitorio de mis padres. El fondo siempre estaba en penumbra. Me desagradaba mucho aun en pleno verano. Al regresar de la escuela del pueblo a media tarde estaba solo en casa, y todos los días retrasaba el momento de subir las escaleras, hasta que emprendía una carrera alocada camino de mi cuarto, con los ojos cerrados con todas mis fuerzas y las manos frías”. 
 
No es el comienzo de una novela o un relato de terror. Es un libro titulado La historia de los fantasmas. 500 años buscando pruebas, escrito por Roger Clarke. ¿Quién es este inglés que ha escrito un extenso libro sobre apariciones, y que dice que su afición por el  tema empezó de la manera más fácil?: "Crecí en una casa encantada y todo mundo vio al fantasma menos yo”.
 
Clarke es periodista y crítico de cine, colaborador habitual del diario inglés The Independent. Su afición al tema lo ha acercado a los más connotados cazafantasmas ingleses y se convirtió en el miembro más joven de la Sociedad para la Investigación Psíquica. El libro es un recorrido histórico por este mundo nebuloso que aparece a la menor provocación cada que surge esa pregunta inevitable que involucra creencias religiosas, reta a la percepción y sacude el raciocinio:

¿Crees en los fantasmas?

"En un sentido básico, los fantasmas existen porque la gente no para de contar que los ha visto”, dice Clarke en su libro. Más allá de decir sí o no, la respuesta divide al mundo en dos bandos irreconciliables, como tirios y troyanos. 

Los que dicen "no” se escudan detrás del muro de la razón, de la lógica, de la ciencia, y desestiman las afirmaciones y los testimonios de personas que no tendrían por qué mentir al respecto, afirmado que no existen razones científicas que expliquen el retorno de las almas —cuando no se sabe exactamente qué pasa después de la muerte—, o que un objeto se mueva de su lugar sin la acción de una fuerza externa. 

Los creyentes, sin pruebas, cuentan de buena fe que un conocido vio algo, un amigo sintió una presencia extraña en la vieja casa de la abuela recién fallecida o que un miembro de la familia posee un muy desarrollado sexto sentido que lo hace capaz de percibir a los espíritus.  A pesar de que Roger Clarke no ha visto jamás un fantasma, cree fervientemente en ellos.

Al final de este debate que siempre termina empatado, hablar de esos seres transparentes que atraviesan puertas y paredes se vuelve un ejercicio universal. Sin importar el nivel cultural de un país o la lengua que se hable, los fantasmas están ahí, siempre dispuestos a acudir apenas se pronuncia su nombre. Fantasmas, brujas, duendes, banshees, nahuales  y demás manifestaciones que se aparecen en los caminos, en las márgenes de los ríos, en los sótanos y en los áticos, son parte de  las mitologías de todos los pueblos de la tierra.

Entrevistado vía correo electrónico, Clarke respondió a una serie de preguntas acerca de su libro.
Empecemos por una pregunta simple: ¿qué es un fantasma?

 Hay, al menos, 12  explicaciones para diferentes tipos de fantasmas; sólo una de ellas dice que son espíritus de personas muertas. En el libro, Clarke comparte la taxonomía de los fantasmas de su amigo Peter Underwood, famoso cazafantasmas, que los divide en ocho categorías:
Elementales

Poltergeists.

Fantasmas históricos o tradicionales.

Manifestaciones de improntas mentales.

Apariciones relacionadas con situaciones de crisis o cercanas a la muerte.

Saltos en el tiempo.

Fantasma de los vivos.

Objetos inanimados encantados.

Si cada época crea sus propios monstruos y fantasmas, es obvio que la definición de fantasma también se transforma al paso del tiempo. Cuéntanos sobre la evolución histórica que estableces en tu libro.

En el Reino Unido, donde nací y crecí, originalmente los fantasmas estaban conectados con creencias religiosas, y tendían a regresar para instar a la gente a llevar una vida mejor. Se creía que eran espíritus que pasaban tiempo en el purgatorio y cuando aparecían, la gente buscaba marcas en sus ropas para hallar evidencia de su cercanía con el infierno. En el siglo XVII, el rey de Inglaterra, que era protestante, no creía en la posibilidad del retorno de las almas y pensaba que los fantasmas eran producto de hechizos y brujerías. 

Hacia el siglo XVIII los fantasmas regresaban porque tenían asuntos pendientes, querían ver a sus viejos amigos o necesitaban indicar la existencia oculta de un testamento o un documento legal. En el siglo XIX nació la novedosa idea de poder hablar con fantasmas mediante sesiones espiritistas. El siglo XX confirmó la existencia del poltergeist y la posibilidad de que  emanara de personas vivas. Hacia la década de  los años 60 los fantasmas se convirtieron en un campo de emociones, una sensación que las personas tienen cuando entran en  una casa. 

En esos días se crearon nuevos fantasmas como Slender-Man, o el Niño de los ojos negros, a menudo inspirados por la televisión.

En el libro Realidad daimónica,  Patrick Harpur, el autor, dice que fantasmas, brujas, duendes y extraterrestres representan el lado irracional del ser humano que ha sido sepultado debajo de la losa de la razón. Sus repentinas apariciones son, en realidad, un llamado de atención para no olvidar que forman parte de nuestra humanidad.  ¿Estás  de acuerdo con esta idea?

Creo que diferentes eras y culturas ven la misma cosa, de diferente manera. Esta idea de que los fantasmas de alguna forma se adaptan a las percepciones de los vivos es interesante. Parece confirmar que de alguna forma el cerebro está trabajando, y esto no puede ser una experiencia puramente objetiva. También creo que las historias de fantasmas son una de las pocas construcciones culturales que pueden mandarnos de vuelta, sin pausa, a los recuerdos de la infancia. 

A propósito de su amigo Peter Underwood, muerto en 2014, y autor de un libro famoso editado en México por Selector, Manual del cazafantasmas, le pregunto a Clarke que por más que busqué en el libro, nunca hallé el capítulo donde se explica el método para encontrar una casa embrujada.

 Conocí a Peter Underwood y también a su contemporáneo Andrew Green, quien era más racional y científico. Les ayudé con sus libros mientras yo aún estaba en la escuela, y así es como pude saber mucho del tema. Cualquiera que encuentre una casa donde se garantice que ocurrirán cosas paranormales se convertirá en una persona muy rica.

¿Cuál es tu película de terror favorita?

The Innocents, película de comienzo de los 60, basada en Otra vuelta de tuerca, de Henry James, quien escribió la historia a partir de un relato y yo, en La historia de los fantasmas, resolví un misterio de 100 años de antigüedad, al hallar la fuente original de la historia. También me gustan las historias de fantasmas donde los niños están involucrados, como en las miniseries de televisión como Salem’s Lot o en la película de Nicole Kidman, Los otros. Me gusta el misterio que pone la piel de gallina, que sugestiona, más que ir de paseo a la feria. Ignoro si los cazafantasmas que nunca han visto un espectro son optimistas al respecto. 

Roger Clarke lo es cuando, al reconocer que aún no ha visto un fantasma, no pierde la esperanza: "Sigo esperando. Veo cosas cuando me levanto y cuando me voy a dormir, pero creo que son solamente alucinaciones fáciles de explicar”.
 
¿Alguien dijo bú?

Karen Chacek

Hay fantasmas y fantasmas. Algunos adoptan las formas menos esperadas, quizá sea eso lo que los hace lucir más inquietantes. Como sea, todos hemos leído una que otra receta para encarar el avistamiento de una sábana con ojos que flota por el pasillo de la casa, pero rara vez hemos leído un consejo para hacer frente a un balón amarillo que aparece sin aviso en nuestra recámara, que nos observa de manera sospechosa, que suponemos cuchichea con los demás juguetes que viven olvidados debajo de la cama y juntos confabulan un plan siniestro. 

Lo peor viene en la noche cuando todo se vuelve oscuro; perdemos de vista dónde exactamente se encuentran El intruso (Pablo Albo y Cristina Sitja Rubio), A buen paso, y las demás presencias, intuimos que nos observan con más atención de como lo hacían horas antes, a plena luz del día. 

¿Será suficiente cubrirnos con la cobija hasta la cabeza?

Algunos fantasmas viven condenados a nunca perder su vigencia, dado que un puñado de autores consiguieron atraparlos de manera astuta en relatos fascinantes.

Para muestra Historias clásicas de fantasmas (Silver Dolphin), una compilación de cuentos ilustrados de horror y misterio, que incluye obras como La caída de la casa de Usher (Edgar Allan Poe), El ladrón de cadáveres (Robert L. Stevenson), La muerte y la condesa (Gertrude Atherton), La leyenda de Sleepy Hollow (W. Irving), El fantasma de Canterville (Oscar Wilde), La casa de muñecas (M. R. James) o Cuento de Navidad (Charles Dickens), entre otras joyas. Supongo que los títulos antes mencionados formarán parte de la biblioteca secreta de cierta mansión victoriana de la calle Paseo de las Ánimas.

Existe la historia de una vieja casona que fue arrendada por un escritor gruñón, quien terminó viviendo allí con el fantasma de la antigua dueña de la casa, un niño abandonado por sus padres y un gato. Pues cuando por fin parecía que el embrollo se había solucionado de manera discreta, apareció de la nada, como buen fantasma, Sobre mi cadáver (Kate Klise, Castillo); una sorpresiva complicación que incluye un anticuento de fantasmas, una visita obligada a un orfanato y otra a un hogar para desquiciados. 

Confieso que mientras leía el libro llegué a creer que ninguno de los protagonistas saldría bien librado de la aventura. No paraba de preguntarme quién habría sido el misterioso responsable de haber puesto de cabeza lo que ya funcionaba. Menos mal que no hice ningún tipo de apuesta; entenderán a qué me refiero cuando lleguen a las últimas páginas.

Ya que hablamos de misterios, es el turno de mencionar ese otro tipo de apariciones benévolas; presencias que se muestran cuando las necesitas, y cuyo auxilio aceptas aunque más tarde te veas en aprietos a la hora de explicarte su existencia. 

La merienda en el bosque (Akiko Miyakoshi) ejemplifica perfecto este punto. En el transcurso de la historia acompañamos a Kiko, quien se dirige a casa de su abuela. A mitad del camino la vemos tropezar en la nieve, después hallar una casona y decidirse a entrar. 

En la siguiente página descubrimos que un montón de animales bien vestidos le ofrecen té y golosinas. Sería fácil pensar que Kiko protagonizó un sueño estando despierta. Ella misma lo habría creído así, de no ser porque al llegar a casa de su abuela y abrir la caja de regalo que cargaba consigo, descubrió que en el interior guardaba algo maravilloso. Para cerrar,
imaginemos a un niño de 11 años, experto observador de los detalles significativos de la vida, y obsesionado con resolver una gran pregunta. Los escenarios de la historia son una casa lujosa, una escuela privada, un auto con chofer, un cruce de calles tomado por los limpiaparabrisas y un cuarto de azotea donde parece repetirse diariamente un milagro.

A todo esto, claro, sumemos un fantasma que toma notas precisas de cuanto sucede con el niño de 11 años; un espectro que está en todo aunque nadie se entere, y que cuando la situación lo amerita interviene sin que nadie se dé cuenta. En la vida hay respuestas que no saben a nada si te las explican; se requiere sentirlas para comprenderlas. 

De eso y otras cosas trata Un viejo gato gris mirando por  la ventana (Antonio Malpica, FCE), un libro que más vale guardar en el botiquín de primeros auxilios y leerlo cuando se requiera aliviar un día de poca ilusión y mucha lluvia, dolencias que no se curan con una aspirina ni un jarabe ni una curita, sólo con una fabulosa historia.

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

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