TURISMO

La cumbre africana del Atlas

El monte Toubkal, con 4.167 metros de altitud, ha sido y es una montaña para todos los públicos, accesible para cualquier persona con una mínima forma física.
domingo, 6 de noviembre de 2016 · 00:00
Javier Otazu

En sus buenos tiempos, a principios de la década pasada, ha llegado a recibir a 40.000 visitantes anuales, aunque en los últimos años los turistas franceses, de lejos los más numerosos, son cada vez más escasos, según cuenta la directora del Parque Nacional del Toubkal, Soraya Mojtari.

Y es que subir al Toubkal cuesta poco tiempo y poco dinero: desde la ciudad de Marrakech -a 65 km-, destino de millones de turistas, puede hacerse la ascensión en solamente dos días, con uno gasto  de menos de 35 dólares por persona. Eso si uno es imprudente o no tiene un céntimo en el bolsillo y emprende la subida sin guía, con la mochila a la espalda, llena de comida y ropa; pero si quiere hacer una visita con las garantías de un guía oficial, una mula que llevará los equipajes, una noche en el refugio de montaña y comidas calientes durante dos días, puede gastar hasta 10 veces más, alrededor de 350 dólares.

Existe  en Marruecos guías con estudios especializados, políglotas que dominan cuatro idiomas, con conocimientos en flora y fauna y experiencia en primeros auxilios, pero compiten con un montón de jóvenes buscavidas que solamente saben el camino más corto hasta la cima. Y compiten, sobre todo, con el turista mochilero que se siente autosuficiente en la montaña porque sigue la senda trazada por otros.
 

TODO inicia EN IMLIL

Imlil es la puerta del Toubkal. Allí todo el mundo vive de un modo u otro de la atracción que suscita la cumbre del Atlas. Es un pueblo idílico, encajado en un valle profundo donde suena permanentemente el ruido de los arroyos y donde las casas se esconden entre una frondosa vegetación de manzanos y nogales. 

Las viviendas, antaño de adobe, van siendo sustituidas por el ladrillo y el hormigón, y las gentes del pueblo van abandonando la agricultura de subsistencia por el negocio del turismo: guías de montaña, muleros, alberguistas o comerciantes que venden productos de subsistencia en la montaña.

En Imlil, el asfalto muere. Quien sube al Toubkal, sabe que le espera un ascenso a pie desde el pueblo que le llevará cinco horas hasta el refugio de montaña situado a 3.200 metros de altitud. 

Es la parte más colorida del recorrido: siguiendo el cauce de un riachuelo, el camino llega primero a Sidi Chamharouch, el santuario del rey de los "yins”, los genios que en la cultura popular musulmana pueden habitar en el cuerpo de un ser humano y robar su voluntad.

Pero el santuario está vedado a los no musulmanes, y los montañeros se conforman con tomarse un té con hierbabuena a la vera del santuario y su mezquita, último lugar habitado del camino. 

Desde allí, el sendero asciende sin tregua hacia el refugio, y pronto la vegetación se hace escasa y desaparece. El camino es un trasiego constante de turistas, unos con la mochila a la espalda, y los más pudientes con un mulo que lleva su equipaje hasta el refugio. 

Hay en Imlil y alrededores 50 mulos censados que pasan su vida subiendo y bajando el Toubkal, transportando no sólo equipajes, sino también comida, agua mineral, latas de comida y bebida y hasta bombonas de gas para cocinar.

DE NOCHE A LA CIMA

El refugio de montaña son en realidad dos construcciones de piedra con dormitorios colectivos y comedores, donde al mediodía y la noche sirven unos contundentes guisos de carne y verduras para reponer fuerzas y subir con buen ánimo a la cumbre. 

Y es que quedan todavía casi otros 1.000 metros de desnivel por paredes surcadas por senderos llenos de cantos rodados, donde los resbalones son constantes. Casi todos ascienden a la cima todavía de noche, antes del alba, para llegar al techo del Atlas con los primeros rayos de sol. 

Ahí no hay mulo que sirva: cada uno debe bastarse con sus propias fuerzas. Se ven personas de todas las edades, de los 15 a los 60 años, hablando todas las lenguas, transportados únicamente por su voluntad de llegar arriba y contemplar el majestuoso macizo que se extiende sobre el Toubkal, los valles oscuros, el agua brillante de los ríos y la ciudad de Marrakech en el horizonte. 

BUSCANDO LA SOSTENIBILIDAD

Llama la atención la relativa limpieza de todo el camino, pese a que no hay papeleras ni colectores de basura salvo en los pocos cafetines que ofrecen té o zumos de naranja y, sin embargo, no existe un servicio regular de limpieza del camino, por lo que cabe pensar que el turista de montaña que viene a Marruecos cada vez más "piensa en verde” y cumple los consejos de los carteles que aquí y allá recuerdan que está prohibido pescar, arrancar plantas, llevarse piedras o arrojar desechos en la naturaleza.

Pero si la sostenibilidad ecológica no parece amenazada, otra cosa es la sostenibilidad económica: Soraya Mojtari lamenta que la mayor parte de turistas vengan con su viaje contratado desde Marrakech, con la comida comprada y un guía acompañante, por lo que dejan en el valle apenas unos pocos dírhams (la moneda local).

Nadie puede obligar a un turista a hacer su compra en el valle, pero las autoridades reflexionan si instaurar una especie de peaje por "derecho de subida” al Toubkal.

De algún modo se trataría de aprovechar el hecho de que pocas veces una cumbre tan popular esté tan al alcance de todos.
 
 
 
 

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