HISTORIA

La fiesta de los muertos

El pensamiento en la cosmovisión andina establece de manera concreta el nexo e importancia de la muerte como parte de la vida.
domingo, 6 de noviembre de 2016 · 01:00
Manuel Rojas Boyan

Cuando el colonizador europeo llegó al Qullasuyo, parte alta del continente, al que la administración colonial denominó América, se estremeció de espanto al observar que para los pueblos originarios la muerte no era el fin de la existencia, sino que se constituía en una forma de continuar la vida.

Los pueblos a los que se pretendió someter a una política de destrucción de sus valores culturales ancestrales y a los que se les impuso o pretendió imponer la aceptación de nuevos valores de una cultura desconocida, no alcanzaron sus objetivos. 

Los pueblos nativos conservan en la cosmovisión transmitida por la tradición oral, y la cultura de usos y costumbres, expresiones propias de un pensamiento filosófico que pervive y que da origen a un sinnúmero de hechos que se registran periódicamente y que están vinculados, muchas veces, sin una explicación lógica, al diario vivir de las sociedades tanto urbanas como agrarias de los pueblos ya mestizos del continente.

Podemos ilustrar esta posición con ejemplos concretos como la anata, la fiesta del agradecimiento a las fuerzas tutelares por la buena producción agrícola, o la fiesta de Urkupiña, interpretación foránea de la festividad de la fecundidad andina, etcétera. 

El fenómeno que hemos enunciado, da origen a festividades y acontecimientos que, en muchos casos, no pueden ser explicados o, por lo menos, no pueden ser entendidos bajo los parámetros y requerimientos que demanda del academicismo enciclopedista.

Empero, la presencia viva de los fenómenos que se repiten todos los años y que como lo hemos descrito antes, forman parte del diario vivir, no sólo de las sociedades nativas residentes en las zonas agrarias, sino que con fuerza también irrumpen en los sectores urbanos que, en el caso concreto de las ciudades altiplánicas y de los valles mesotérmicos de Bolivia, provienen de una raíz social.  

La gran mayoría de las poblaciones tienen una clara raíz nativa y en la actualidad son colectividades sociales mestizas. 

El calendario agrícola marcó, por su importancia, la vida de la población nativa y aún repercute, fuertemente, en la sociedad urbana de Bolivia.  En todas las ciudades del altiplano andino, así como en las ciudades de los valles mesotérmicos que bordean el inmenso plató, la fecha destinada a la siembra de los productos agrícolas se inicia a finales del mes de octubre. 

Los nueve departamentos del nuevo Estado Plurinacional celebran la festividad de Todos Santos, instituida en el calendario de solemnidades como día feriado nacional. El hecho que se constituya en una conmemoración que amerita un feriado, es explicado por la religión católica bajo un argumento poco congruente: la conmemoración a Todos los Santos o en algunos casos, popularizando la festividad, también conocida como: Día de Los Santos Difuntos.

 Las huacas

Haciendo un recorrido, no sólo imaginario, sino real y objetivo, en la serranía altiplánica, emergen a la vista monumentos cilíndricos, en especial en alturas consideradas abras o pasos de nivel que, en alguna medida, aún permanecen en pie, la tradición oral nos explica la naturaleza de los monumentos como huacas, o lugares sagrados donde las construcciones cilíndricas conviven en el tiempo y espacio con las apachitas. 

Son los lugares donde la ritualidad tawantinsuyana aún mantiene viva su presencia, en algunos casos, son construcciones monumentales, donde se pueden encontrar pinturas rupestres y policrómicas

Los monumentos cilíndricos han sido mancillados por los denominados waqueros, profanadores o saltadores que se hicieron de los objetos que encontraron en su interior y que, luego de profanar los lugares, los abandonaron sin comprender el significado de su existencia. 

Estos monumentos cilíndricos ubicados en las partes altas de los pasos de nivel, debido a la confusión impuesta por la administración colonial, fueron considerados como sitios de observación militar, empero, por los trabajos investigativos que hemos realizado en la disciplina arqueológica, va quedando claramente establecido que cumplían una función mortuoria, muy diferente a cualquier forma de proceso funerario conocido en occidente, en especial en la península Ibérica, de dónde provino, principalmente, el colonialista.  

Surge la pregunta que ha dado pie a la investigación. ¿Cuál era la razón por la cual se tenían tantos monumentos cilíndricos en las serranías andinas?

En la Antigüedad, los pueblos andinos procedían a preparar los cuerpos de los seres queridos fallecidos, de los cuales extraían vísceras, cerebro y otros órganos, para posteriormente colocar el cuerpo en posición fetal, de la misma manera en la que todo ser humano llegaba al mundo, mientras se permanecía en el vientre de la madre durante nueve meses.

Se untaba el cuerpo con extractos de diversas plantas, que estaban en el conocimiento y la farmacopea popular, pero, muy especialmente, era parte de la ciencia de aquellas personas que hubiesen alcanzado el conocimiento y experiencia en la materia. Rodeado y completamente cubierto por pitas, confeccionadas de ichu, paja brava, gramínea del género festuca.

Terminado el proceso de preparación del cuerpo los miembros de la familia, amigos y el conjunto de la comunidad a la que pertenecía la persona, acompañaban o llevaban al cuerpo hacia la chullpa, o chullpar, en un cortejo que no habría tenido mucho de fúnebre ni triste. 

A despecho de la cultura occidental que no puede imaginar una ceremonia de esta naturaleza, es decir, en la que se interpretara música e inclusive el cortejo bailara en torno al cuerpo que se llevaba a la chullpa.  

El cuerpo debía permanecer en la chullpa por tres años, tiempo en el que se desarrollaba el proceso de biodegradación. Pasado ese periodo de tiempo, el cuerpo era transportado hacia la morada de la persona y era ubicado en el lugar preferencial de la casa, desde donde, toda la familia compartía con el cuerpo de la persona de la misma manera que lo hacía cuando la persona estaba en vida.

Se evidencia que existió un nexo entre los seres vivos y los ya inanimados, pero que mantenían una creencia en los primeros, desde el espacio o dimensión próxima, donde se encontraban los seres queridos, familiares; éstos podían apoyar, bajo poderes especiales, que su condición de seres inmateriales les concedía, ayudando a las labores de la faena agrícola, evitando, por ejemplo, la caída del temible granizo, que destruye las cosechas, o apoyando con la llegada de buena lluvia.

Una vez al año, la comunidad solía llevar en andas los cuerpos de sus difuntos a través de las calles y lugares de labor agraria del pueblo. En la actualidad se han registrado muchos cambios y se ha incorporado la presencia del ajayu (espíritu o alma) del familiar fallecido, acontecimiento que se realiza al medio día del 1 de noviembre.

 El duelo andino

La imposición colonial no logró imponer los signos de duelo o pesar, no por lo menos entre la población de raíces indígenas, para quienes  el ajayu llega y es recibido por familiares y amigos, departe y comparte con ellos de la misma manera que lo haría si hubiera estado en vida. Come, se divierte, ríe, bebe y hasta baila con sus seres queridos, empero el segundo día al meridiano debe partir a continuar un viaje.

En la ciudad de El Alto, ciudades menores y las zonas rurales, en el departamento de La Paz, principalmente,  el traslado de las personas hacia los cementerios es masivo. Allá se desarrolla una actividad febril en la que se puede observar la provisión de alimentos, la invitación de viandas a amigos y también a desconocidos para que todos eleven preces por "el eterno descanso de las ‘Almas’” de los seres queridos, (nótese que en este aspecto, hemos utilizado la expresión cristiano católica que es la que predomina y ha sido impuesta también por la religión católica y que permanece vigente).

Festividad incomprensible

Una festividad catalogada como incomprensible y/o sin antecedentes, se realiza en la ciudad de La Paz, pero que ahora ya se ha extendido a ciudades importantes como Cochabamba, un acontecimiento que se registra ocho días después de haberse celebrado la festividad de los muertos.

En las inmediaciones de la capilla cristiano católica de los cementerios y muchas veces a las afueras del lugar, se realiza un ritual en el que las figuras principales son "cráneos”, no réplica de calaveras sino, restos mortales de seres humanos.

Al acontecimiento, desde tempranas horas, van llegando personas que portan las calaveras a las que se les ha denominado t’ojlitos, descripción para calavera o cráneo en lengua aymara o ñatitas, que es la descripción de personas que no tienen nariz, modismo criollo boliviano.

En la vida cotidiana los t’ojlitos, o ñatitas, tienen un espacio especial y preferente en los hogares de quienes mantienen esta costumbre andina, sin saber, en la casi totalidad, cuál es el inicio de la tradición que honran. 

Este hecho nos transmite que, gracias a la tradición oral, el   convivir con restos humanos, aunque en muchos casos, no son ya los restos de seres queridos, sino posiblemente, son restos de personas ajenas, no causa temor ni repulsión, sino que, por el contrario, son muestras de simpatía y afecto.

 

 
 

 

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