Ad Libitum

Cuando acaba el deseo

domingo, 18 de diciembre de 2016 · 00:00

Guery Zabala Gumucio

 Recuerdo a   dos personas que vinieron a consulta y me comentaron que "no sentían mucho deseo sexual”, pero que esa situación no los hacía sentir mal ni incómodos. 


"No me interesa y nadie me puede entender; me hacen sentir que estoy mal, hasta enfermo, pero yo me siento normal y tranquilo…”  "He llegado a tener relaciones sexuales sólo por cumplir y no porque quiera”, escuché de ellos. 

 Hay muchas personas que tienen una inhibición del deseo sexual, son hombres y mujeres que logran el orgasmo si se ven obligados a participar en una relación sexual, pero habitualmente no les interesa.

El escaso   apetito sexual puede generar problemas en la intimidad, especialmente si se trata de una  pareja,  o una relación estable. Esta falta de deseo, o  evitación obsesiva de todo acto sexual y la inhibición de la líbido, afecta tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo, quienes experimentaron  un trauma físico o psicológico son  más  propensos.

 No se trata de no tener ganas un día,  o de pasar por un momento de baja líbido,  algo usual en las parejas que llevan mucho tiempo juntas,  o en las épocas de vaivén hormonal como la lactancia o el embarazo, sino cuando la negativa a la sexualidad se vuelve el centro de la relación. 

El deseo sexual inhibido, o asexualidad, no es tan conocido, así que tiende a confundirse con otros términos. Las personas asexuales no deciden renunciar al sexo; lo que sucede es que no sienten ese impulso, realmente no les interesa. Algunos sienten excitación sexual y se masturban, pero no tienen ese impulso hacia otras personas. Y algunos  no sienten ningún tipo de excitación sexual, ni siquiera con sigo mismos. Este interés bajo por el sexo hace que el sujeto no busque la gratificación sexual aunque se encuentre disponible y  aunque tenga  la capacidad biológica de practicar el sexo.

Existe el  deseo sexual inhibido total, o falta general de deseo sexual, y el deseo sexual inhibido selectivo, en el que la falta de interés o deseo sexual se da  hacia ciertas personas, pero no a otras, o a un tipo de actividad sexual determinada. 

Debemos diferenciar el deseo sexual inhibido primario, cuando la falta de interés sexual siempre ha estado presente;  o secundario, cuando se ha desarrollado con posterioridad.

La baja autoestima y el sentimiento de culpa son  factores que pueden influir en la inhibición del deseo sexual,  aunque también están presentes los miedos a fallar, la ansiedad y preocupación de llegar al orgasmo; las prisas y falta de tiempo y  una actitud negativa, pesimista, apática y hasta rutinaria que impide el goce.  

Las personas conflictuadas con la sexualidad no sólo evitan el contacto, sino que tampoco se masturban con libertad porque sienten altos niveles de culpa y también tiene dificultades para relacionarse y comprometerse a nivel emocional.

El deseo, como experiencia subjetiva, puede ser educado y potenciado, de ahí que su inhibición pueda ser tratada, trabajada y superada, si hay predisposición, ya que tanto hombres como mujeres estamos preparados por la naturaleza para desear y buscar el placer.   

Conocer mejor nuestras  necesidades, deseos y sensibilidades, así como las características y pormenores de la sexualidad humana sin prejuicios ni mitos, nos permite entender y respetar las diversas formas de vivencia siempre y cuando no dañen a terceros o abusen de menores de edad. 

El disfrute no es sólo lo que hacemos, sino la actitud que tomamos, y la sexualidad es algo propio e individual, por lo que debemos tomar conciencia de nosotros mismos, autoconocernos muy bien y responsabilizarnos de nuestra felicidad para poder encontrarnos con el otro y no dejarnos presionar por terceros.

Si deseas lograr superar esta inhibición del deseo sexual, puedes partir de un acercamiento a nivel personal, corporal como cognitivo-emocional. Una actitud positiva, saludable y abierta sobre la sexualidad y el placer. Un buen entrenamiento corporal que mantenga el erotismo a través de la caricia. Cuidar la salud, la dieta. 

En definitiva, el cuerpo es un buen síntoma de que la persona se quiere, y quiere gozar, lo que puede venir acompañado de un  terapeuta que te apoye en ese proceso de reconocimiento.

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