CINE

La chica del tren, pesadilla maternal

El trabajo de la actriz Emily Blunt y el aire pesadillesco de la realización prevalecen sobre el resto de aspectos de la cinta, una adaptación de la célebre novela homónima.
domingo, 4 de diciembre de 2016 · 00:00
José M. Robado

La célebre novela de Paula Hawkins La chica del tren ya contaba con su adaptación al cine antes de verse publicada. El perfecto engranaje de la industria del entretenimiento norteamericana hace que futuros lanzamientos editoriales sean estudiados ya en galeradas por las compañías productoras buscando el siguiente éxito de taquilla. 

Uno de los ejecutivos de Dreamworks la señaló y el productor Marc Platt puso en marcha la producción tras la compra de derechos.

Encargado el guión a Erin Cressida Wilson, que ya acreditaba temas afines en Retrato de una obsesión (Steven Shainberg, 2006) y Chloe (Atom Egoyan, 2009), se le solicitó el cambio del Londres de la novela al Manhattan de la película por motivos de producción. Tras las primeras versiones del mismo, dos decisiones se antojaban clave: la elección del director y de la protagonista.

El realizador Tate Taylor se había dado a conocer con Criadas y señoras (2011), lo que le acreditaba como conocedor del mundo femenino, y estaba embarcado en la muy interesante I Feel Good: la historia de James Brown (2014), un relato biográfico de una etapa en la vida del cantante con cierto aire paranoico. Ambos trabajos le convertían en un buen candidato a encontrar el tono narrativo adecuado para la adaptación.

La elección de Emily Blunt siguió otros derroteros. Tras barajar en Dreamworks a varias actrices, el suyo destacó por la calidad dramática de sus últimos trabajos, especialmente Sicario (Denis Villeneuve, 2015) y por la mezcla de frágil belleza y fortaleza mental que puede transmitir, como sucede en Las crónicas de Blancanieves: El Cazador y la Reina del Hielo (Cedric Nicolas-Troyan, 2016).

Aunque en la novela pesa más el arranque y la intriga donde una oficinista observa la vida ajena durante su trayectos diarios a Londres, lo que la emparenta con clásicos como La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954), en la película de Taylor se prescinde pronto de este aspecto.
 
Taylor incide en los primeros planos, algunos de ellos fragmentados o aberrados, que vuelcan la narración hacia la psicología de las tres protagonistas femeninas.

Este estilo convierte la trama en un laberinto psicológico por el que se conduce al espectador, más que en una intriga o un drama. Un laberinto que recorre la experiencia de tres mujeres alrededor de la maternidad, sus consecuencias y la inevitable necesidad del hombre para llevarla a cabo. Elección y momento, el de la maternidad, que en lo narrado resulta de un alto coste para las tres protagonistas.

Aunque el estilo cinematográfico es adecuado, jugando con acierto con la presencia metafórica y fantasmal del tren en secuencias donde la maternidad se revela, los saltos temporales en el guión para componer la trama juegan en su contra. El alambique de la narración, apoyado en la amnesia parcial de la protagonista, resulta forzado y confuso en algún momento, obligando a reiteraciones que distraen al espectador y que dejan una sensación de artificio en una historia que, contada linealmente, resulta más simple de lo que se pretende. El retrato absolutamente negativo de los personajes masculinos, atrapados entre el sexo y la violencia, tampoco juega a favor de su resultado final.

Lo mejor de la función es la afinada composición de Blunt que ilustra la deriva psicológica de su personaje con la lograda flaccidez de su rostro y dicción, propia de un alcohólico. El trabajo de la actriz y el aire pesadillesco de la realización prevalecen sobre el resto de aspectos de la cinta, más valiosa si se la recuerda como un ensayo sobre el peso de la maternidad en la psicología femenina, al estilo de lo que podría haber hecho Ingmar Bergman,  como entretenimiento para el gran público.

 

 
 

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