Un viaje por las muchas caras de Perú

domingo, 28 de febrero de 2016 · 00:00
María Claudia Hacker

Embarco en un viaje al Perú, un país tan cercano pero que promete ser otro mundo. A ver qué tal, qué tan diferente será y qué viviré. De camino a la primera estación de mi viaje, la capital del país, llego a conocer a tres personas, cada una muy carismática a su manera: un cineasta hindú que ha pasado cada tercera parte de su vida en un continente diferente, después una mujer boliviana que me da consejos turísticos para mi vuelta a Bolivia  y, por último, un médico peruano recién jubilado, pero que no por ello  dejará de ejercer su labor, pues él y yo tenemos algo en común, los dos somos voluntarios, solo que yo hasta el mes de marzo y él "hasta que se muera”.

Lima, capital polifacética

En esta ciudad a nivel del mar me sorprende la cantidad de energía que traigo y eso que apenas dormí la noche antes del vuelo, pues como siempre la ardua tarea de preparar la maleta la dejé hasta última hora y se convirtió en un tetris para avanzados, lo que   definitivamente no soy.

Lo siguiente que me sorprende de la ciudad es el aspecto norteamericano que tienen las calles del barrio  Miraflores y luego lo pintoresco y sobre todo lo extremadamente hípster que es Barranco, el barrio en el que me alojaré por diez días. En uno de esos diez días llego a conocer otra cara de esta metrópoli de 11 millones de habitantes, pues al fin y al cabo no todo puede ser Miraflores o Barranco, pues el espacio en ese mundo paralelo y "perfecto” termina siendo limitado.

El otro lado de Lima tiene nombre, Villa María. Es un llamado pueblo joven, un concepto de expansión urbana que existe en el Perú. Consiste en que la población invade un terreno vacío, construye una vivienda básica y toma posesión de él, pues al ocupar un terreno de esa forma por cinco años, éste ya pasa a ser del que lo ha ocupado. Y así los pueblos jóvenes como Villa María se van expandiendo a una velocidad vertiginosa.

Mientras en algunas partes de Villa María las casas se encuentran aún en proceso de construcción, en otras  ya hay calles pavimentadas y luz eléctrica. Esto último, sin embargo, está estrechamente vinculado con la política. En épocas previas a las elecciones se construyen calles para la población que aquí vive a cambio del voto obligatorio por el político que mandó pavimentar dicha vía. Son las dos caras de la medalla. Un poco más arriba, subiendo el cerro descubro otro universo paralelo más, las Lomas de Villa María y con ello un Edén de mariposas, plantas de un verde nunca visto y otro clima, tropical. Ni un solo vehículo motorizado, ni una pizca de smog en el aire, solo la naturaleza pura y yo. Pienso en Lima y veo una ciudad altamente versátil.

Arequipa: rocoto relleno y sillar


Siguiente parada: Arequipa, la ciudad cuyos habitantes tienen su propio pasaporte aparte del peruano y que son conocidos por su "orgullo de ser de donde son”, me avisan los dos taxistas que me han llevado a los diferentes aeropuertos en este viaje.

Cuando les cuento que mi pareja es arequipeño se quedan callados y piden disculpas. El orgullo de los arequipeños se debe en especial a dos factores: su gastronomía y la arquitectura de su ciudad. Y en las tres semanas que me quedo por aquí llego a entender en poco tiempo de dónde vienen esos dos orgullos.

La gastronomía y la arquitectura arequipeña se pueden resumir en dos palabras cada una representativa para su categoría: el rocoto relleno y el sillar, piedra esta última de la que están construidos los más antiguos edificios ubicados por el centro de la ciudad. Visitamos el emblemático Monasterio de Santa Catalina que data del siglo XVI  y me sorprende (o no tanto) su arquitectura, que me recuerda a mi segunda patria, España: patios arqueados y callecitas bordadas de geranios.

Los nombres de las calles de este gran terreno católico confirman mi primera impresión: calle Sevilla, Granada, Málaga, Burgos, Toledo y Córdova. Si de día ya es impresionante ver cómo en él vivían y siguen viviendo monjas en clausura -con la cama siempre situada bajo un arco por ser un lugar seguro en caso de un sismo, y su cocina individual, los parques verdes paradisiacos y las plazuelas-, el caer de la noche impregna al recinto de un aire romántico.

En la ocasión de un concierto de piano y violín que tiene lugar en la pinacoteca del monasterio tengo la suerte de vivir ese aire romántico, dado en gran parte al alumbrado especial que recibe el lugar ante  la falta de luz natural. Es definitivamente un oasis de paz en medio del acelerado centro lleno de vida, un contraste que se agradece.

Punto de partida: el lago y sus generosos habitantes


Aprovechamos la ubicación estratégica de Arequipa para continuar el viaje. Siguiente destino: el lago Titicaca, y más específicamente la localidad de Capachica. Recorremos en auto  el viaje  de cuatro horas por un camino con  muchas curvas bastante peligrosas, pero  la recompensa viene en   una vista y un paisaje hipnóticos.

En el trayecto pasamos por Lagunillas y podemos apreciar sus flamencos. Dejando detrás de nosotros un sendero muy pedregoso y a unas diez personas que tuvimos que preguntar por el camino a falta de señalización, llegamos finalmente al Lodge Inti Wasi, nuestro alojamiento para los siguientes dos días.

Nos reciben con mate y café y unos sándwiches en este magnífico lugar en el que nos sorprende la falta de ruidos, pues solamente se escucha el canto de alguno que otro pájaro y el movimiento del agua en el lago que se encuentra justo en frente de nuestros ojos.

Llegamos a conocer a la familia que nos hospeda: Mariela, Walther y el pequeño Inti, que le da nombre a esta casa rural que es quechua y significa "casa del sol”.  Aquí la filosofía es que se comparte la casa y la mesa a la hora de la cena y el desayuno, por lo que nos sentimos realmente "en casa” desde el primer momento.

Siguiendo las recomendaciones de nuestros anfitriones, al día siguiente, en vez de visitar la famosa isla Taquile, nos dirigimos en una lancha que compartimos con otros lugareños a la isla más grande y a la vez menos comercial y turística, Amantaní. Ahí somos recibidos por Henry.

Él nos da un tour por la isla, en el que recorremos un camino vertiginoso hasta  llegar a uno de los dos templos que abarca la isla, el templo de Pachatata (Padre Tierra)  circular y   Pachamama (Madre Tierra), con una estructura rectangular.

Desde aquí arriba se nos presentan unas vistas que nos quitan la poca respiración que nos sobra: el azul intenso del lago lo llena todo. A la distancia divisamos la costa y otras islitas.

Volvemos a bajar, esta vez  siguiendo con cautela los pasos de Henry, hasta al final llegar a su casa, donde ya nos está esperando su mujer, Mariluz, con sus dos hijos y el almuerzo listo: sopa de quinua, trucha fresca del lago, seguido de un mate de muña, la hierba que crece en Amantaní y alrededores y que dicen surte mejor efecto contra el mal de altura que la misma coca.

Mariluz nos muestra después cómo produce sus tejidos y telares y nos deja intentarlo nosotros mismos, lo cual se convierte en ardua tarea, pues fabricar un bolso con el diseño típico isleño  requiere mucha fuerza muscular, un buen ojo y perseverancia.

Regresamos en una lancha a Capachica, donde después de otra deliciosa cena en compañía de nuestra familia anfitriona, salimos a apreciar el magnífico cielo estrellado. Nunca había visto tal cantidad de estrellas en ninguna parte del mundo.

En Capachica, a falta de alumbrado público, el cielo nocturno queda únicamente alumbrado por las estrellas y alguna que otra estrella fugaz.  

Cusco y la explotación del turista

El segundo y último viaje que desde Arequipa emprendemos, unos días antes de Navidad, es la casi que obligatoria visita de Cusco y su maravilla para el mundo moderno: el místico Machu Picchu.

Esta vez optamos por viajar en bus y al poco tiempo de arrancar estoy convencida de que ha sido la mejor decisión porque... ¡qué lujo de bus! Asientos reclinables hasta convertirse casi  en cama, nos sirven la cena y el desayuno, bebidas frías y calientes, hay wifi y una peli. ¡Así da gusto viajar!

Al llegar a Cusco, sin embargo, nos llevamos varios disgustos: en la estación de trenes nos informan que el tren (la única manera de llegar a Aguas Calientes y desde ahí a Machu Picchu) tiene un costo muy diferente para peruanos (20 soles ida y vuelta) y para los extranjeros 117 dólares.

Además el precio de entrada a Machu Picchu es el doble para mí como no-peruana que para mi pareja que es peruano. Además, en  Cusco se ve que casi todo está enfocado al  turista.

Miles de veces tenemos que decir que "no” a los innumerables taxistas que quieren llevarnos, los agentes de viajes y los mozos de restaurante. Pasear tranquilamente por el centro histórico cusqueño se vuelve así prácticamente imposible. Es por ello que después del almuerzo rápidamente nos escapamos en dirección a Ollantaytambo, localidad en la que nos alojamos.

Al bajar de la furgoneta nos quedamos maravillados con las vistas que se nos presentan: con las montañas justo enfrente, tan cerca que parece que uno las pueda tocar, la Plaza de Armas bañada en la poca luz que le queda al día y las guirnaldas de los restaurantes, se respira una inmensa tranquilidad en este mágico lugar de callejones adoquinados. La habitación en nuestro alojamiento, la Casa de Wow, nos deja justamente así, boquiabiertas, pues está bellamente decorada y nos sentimos instantáneamente a gusto en ella.
Machu Picchu: alucinante y conmovedor

Tras una noche de poco sueño, con miedo de perdernos el viaje en el tren más caro del mundo, salimos corriendo y a las cinco de la mañana estamos sentados cada uno en el vagón que corresponde con su nacionalidad.

En Aguas Calientes tomamos el camino a pie para subir hasta Machu Picchu y nos asombra no cruzarnos con nadie en el camino. Tras una complicada caminata de unos escasos 1.300 metros pero incesantemente cuesta arriba al final, llegamos a la meta y enseguida entendemos por qué habíamos estado tan solos en el camino: con nosotros llega una docena de buses turísticos que recorren el camino en 10 minutos en vez de los 90 que nos ha costado subir caminando, pero la satisfacción que da haber llegado por cuenta propia ese camino tan empinado hace que valga toda la pena del mundo.

El esfuerzo es instantáneamente recompensando por… otra caminata más, ya que para tener la mejor vista sobre el sitio arqueológico es recomendable subir hasta "la casa del guardián”.

Camino con la mirada clavada en el suelo para ahorrarme la primera vista de este lugar para cuando llegue arriba. Una muy buena decisión porque lo que veo después me corta la respiración. Ante mis ojos se extiende un paisaje único: este lugar sagrado de una arquitectura impresionante, rodeado de montañas que parecen estar a la misma altura que uno.

Tras un picnic con las mejores vistas, para recobrar fuerzas, nos pasamos el resto del día descubriendo por nuestra propia cuenta los rincones más y menos conocidos del Machu Picchu.

La visita me deja con los sentimientos encontrados, pues por una parte me asombra y me fascina la inteligencia y pericia de los incas a la hora de construir sus edificios, el sistema de canalización que diseñaron y la exactitud con la que hacían intercalar las piedras.

Pero por otra  me entristece ver que las casas están sin techos y que algunas piedras tienen un relieve que antaño estaba cubierto de oro, hasta el día en que llegaron los invasores españoles, quemaron los techos de paja, mataron a los hombres, violaron a las mujeres y se llevaron consigo todo el oro que encontraron. Pasear ahora por las callecitas, tocar las piedras y verlo todo vacío, me aflige.

Es importante que se le informe al turista sobre lo que aquí sucedió y sobre cómo la actitud de apropiarse de lo que a uno no le pertenece sobrevive de generación en generación, pues en el año 1911, cuando el profesor estadounidense Hiram Bingham "descubrió” el lugar, se llevó consigo el poco oro que aún quedaba y no fue hasta  2011 que éste le fue devuelto al Perú. Resumiendo, fue una visita tanto impresionante como conmovedora, pero sin
lugar a duda inolvidable.  

Un viaje que merece ser repetido

Usando la misma palabra quiero resumir el viaje entero: inolvidable. Fue sin duda una experiencia única que me ha dado ganas de volver a la ciudad de Cusco para ver todas las ruinas y los templos que no he llegado a apreciar, también por no quitarle protagonismo a Machu Picchu.

Quiero además volver al lago Titicaca, visitar los Uros y verlo también desde el lado boliviano. Ha sido un viaje que me deja con muchos bonitos recuerdos y momentos que nunca olvidaré: sobre todo la amabilidad de la gente que conocimos y la exquisitez de la comida que, esa sí, convertida en unos kilitos de más, me la llevo conmigo.

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