Kiribati, contra viento y marea

domingo, 27 de marzo de 2016 · 00:00
I tingaaro es como llaman aquí al momento en que rompe el alba y la isla empieza a despertarse, los gallos compiten por ver quién canta más alto y los charranes blancos gorjean su amor en los árboles del pan. Los vecinos se dirigen adormilados a la laguna para lavarse; se salpican la cara, se ajustan el sarong y se sumergen en el agua.

Aquel día la marea estaba alta y tensa como la piel de una mujer encinta. Más allá de la laguna el océano se fundía con el horizonte. Marawa, karawa, tarawa: mar, cielo, tierra. Es la trinidad milenaria de las gentes de Kiribati (pronunciado "kíribas”). Pero hoy esa trinidad se desequilibra por momentos. La Madre Océano ya no es el corazón de providencia, ese ser protector que siempre han conocido. Ahora empieza a mostrarles otro rostro, un rostro amenazador de mareas invasoras y oleajes violentos.
 
Los kiribatianos conviven con la realidad de que marawa está subiendo. Es la época del bibitakin kanoan boong, el "cambio de tiempo que dura muchos días”: así llaman al cambio climático. La gente vive con el temor y la incertidumbre que entrañan tales palabras.
 
¿Cómo no tener miedo cuando el mundo les dice a todas horas que los países insulares de baja altitud como el suyo pronto quedarán sumergidos? 
 
Sus gobernantes han declarado que Kiribati -33 islas coralinas situadas en un área del Pacífico Central mayor que  India está "entre los más vulnerables de los vulnerables”. Han predicho que el atolón de Tarawa, capital del país, será inhabitable dentro de una generación.
 
Una nación en extinción

Pero muchos kiribatianos se niegan a creer que su patria sea "una nación insular en extinción”, con un destino irremisible. No se consideran "isleños que se hunden”, sino descendientes de navegantes, herederos de una orgullosa tradición de resistencia y supervivencia.
 
Ni mucho menos dan su paraíso por perdido.
 
Pero es evidente que sufre. El mar se está convirtiendo por momentos en un intruso indeseado que erosiona el litoral y se infiltra en la tierra, contaminando los pozos y matando cultivos y árboles. 
 
Atolones como Tarawa dependen de un lentejón de agua dulce, recargado por las lluvias, que flota sobre un acuífero de agua salada. Conforme sube el nivel del mar -por el momento unos pocos milímetros al año pero seguramente se acelerará-, también se eleva el nivel del agua subterránea salada, con lo que a su vez mengua la tan preciada agua dulce.
 
"Ahora odiamos el mar -me dijo Henry Kaake estando un día en su kiakia, un palafito sin paredes que usa de dormitorio y sala de tertulias-. Sí, el mar es bueno porque nos da alimento, pero algún día acabará robándonos la tierra”.
 
El Gobierno y las agencias de cooperación ayudan a los hortelanos a adoptar el cultivo de otros alimentos amiláceos. En una huerta comunal de Abaiang, uno de los atolones vecinos de Tarawa, vi cómo Makurita Teakin picaba hojas para obtener una especie de mantillo y las desperdigaba sobre plantones de una variedad somera de taro que no necesita condiciones pantanosas. En las inmediaciones, otra mujer regaba sus pimpollos con abono de pescado que repartía con una lata perforada con clavos.
arenales y lagunas
 
La marea se había retirado de los vastos arenales planos de la laguna de Tarawa, y adultos y niños, armados con bolsas de plástico y cubos, rebuscaban en la arena con los dedos y rascaban las grietas de las rocas con cucharillas en busca de moluscos bivalvos, que llaman koikoi, y caracoles marinos. Los mariscadores avanzaban hacia la orilla en retirada, doblando el espinazo, cribando y rascando por un puñado de marisco.
 
Si encontraban suficientes bivalvos, podrían prepararlos con crema de coco, cocinándolos dentro de una cáscara de coco sobre una humeante lumbre de fibra de coco. 
 
El cocotero, o nii: ¿hay algo que no dé este árbol? Cestas, escobas, madera, techumbres, aceite, licor, jabón, un sirope dulce y oscuro llamado kamwaimwai. El árbol celestial, dicen algunos. 
 
Los kiribatianos usan más de una docena de palabras para referirse a los estadios del fruto, desde que es un pequeño fruto seco, antes de que se forme el agua, hasta que envejece y se enrancia.
Tradiciones
 
Para muchos kiribatianos es importante aferrarse a la tradición. Cuando conocí a Mwairin Timon, estaba trenzando cuerda de coco, sentada delante de su cabaña a orillas de la laguna, enrollando penachos de fibra de coco con la palma de la mano sobre un pedazo de madera de deriva. 
 
La enrollaba para formar cordel del mismo modo que habría hecho su abuela, y la abuela de esta, en una cadena que se remonta hasta los primeros colonos que arribaron a las costas de estos atolones hace unos 3.000 años.
 
Unas nubes oscuras cargadas de lluvia recorrían la laguna, velando los islotes de Tarawa Norte, el otro extremo del atolón. Pronto traerían alivio al calor extremo de esta zona, Tarawa Sur, donde vive la mitad de la población del país en menos de 16 kilómetros cuadrados de tierra.
 
Es una bendición que se prevea un incremento de las precipitaciones en las próximas décadas, aunque también es cierto que probablemente los aguaceros serán más violentos y causarán inundaciones. 

 


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