Nostalgia en la carretera

Algún momento, cobijados por la oscuridad y con las estrellas del altiplano de fondo, compartimos un beso de intensidad censurable...
domingo, 10 de abril de 2016 · 00:00
Luis Carlos Sanabria Ledezma *
 
Uno se acostumbra tanto a los lugares que considera propios, que es posible que no recuerde la emoción de la primera vez que estuvo ahí. Tal vez el espacio le es tan natural que es incapaz de reflexionar sobre los motivos que hacen que disfrute de paz en una banca específica en algún parque cerca de casa. Tal vez con los lugares nos pasa lo que pasa con el amor cuando nos acostumbramos a él, y sólo somos capaces de recordar qué era lo que amábamos más allá de la razón, más allá de la conciencia, cuando no lo tenemos.
 
En mi caso esto se amplía un poquito. Soy cochabambino -además de los que ejercen- y, como buen valluno, soy migrante. La mayor parte de mis años los he vivido en La Paz, y me he dejado cautivar tanto por la ciudad maravillosa que defiendo el "yaaaa” a capa y espada y soy su principal profeta en la tierra.
 
Sin embargo, amo de la misma manera el valle en el que nació toda mi familia y, por lo mismo, desde mi primera infancia, no ha habido vacación que no pase ahí. 
 
Luego me tocaría vivir unos años, fundamentales en mi vida, en la ciudad que siempre añoraba. Ese tiempo me enamoré de los molles y los sauces, del Tunari, del acento valluno medio cantado y -grave error– de una cochabambina. 
 
Pasado un tiempo, y por las cosas de la vida, regresé a La Paz a emprender la ruta que había decidido trazar para mi vida: dejé todo lo que tenía en el valle -desde familia hasta estudios universitarios- y me fui a estudiar Literatura a los pies del Illimani.
 
Esto hizo que, nuevamente, cada cierto tiempo, recorra la carretera que trepa el altiplano para luego descender a la zona de los valles. Mis viajes a Cochabamba se hicieron tan frecuentes que desarrollé la capacidad de ubicarme reconociendo alguna roca, cerro o árbol. 
 
Me memoricé, en orden de ida y en orden de vuelta, la cantidad de trancas y hasta los chistes de los niños que suben al bus en Caracollo. Cada vez que llegaba a Cocha, hacía, sin proponérmelo, un paseo por los lugares que disfrutaba sin saber por qué.
 
Amor y vacaciones
 
En mi segundo año de literatura me enamoré de una compañera de la carrera. Fue la relación más larga y -en lo que duró- más sana que he tenido. En alguno de los años de la relación, no recuerdo exactamente cuál pero calculo que cerca de la mitad, se dio la posibilidad de pasar unos días de vacaciones en Cochabamba.
 
Obviamente yo me emocioné cual quinceañera: compartiría mi espacio fundamental con la mujer que quería para compartir mi vida entera. 
 
Yo, que me había adelantado, la recogería y por dos días le presentaría mi Cochabamba, la ciudad que me pertenecía sólo por las cosas que ahí había vivido. Mientras cumplía esta misión y la llevaba de paseos fui capaz de racionalizar y expresar por primera vez por qué esos lugares me gustaban, por qué me eran importantes. 
 
El primero fue Tiquipaya, pues llegó en el auto de la familia de una amistad suya, cuya primera parada fue en aquel pueblo. Pude mostrarle ahí los senderos entre eucaliptos, molles y sembradíos por los que en momentos pueriles me gustaba pasear, con un instintivo gusto de wanderer del siglo XVIII, con una ingenua nostalgia bucólica.
 
La llevé a almorzar a la Casa de Campo, famosa por sus piques y ubicada en el Boulevard de la Recoleta. Se trata de un paseo peatonal en medio de la ciudad, en el que encuentras restaurantes, bares, discotecas y comercios. Tal vez lo adorable del lugar es lo reducido que es, haciéndote pensar que los que imaginaron la ciudad hace muchos años, la pensaron siempre como chiquita.
 
Intervención urbana
 
Entre otros lugares la llevé a la plaza del Granado, que guarda, en su estructura de aires coloniales o de comienzos de la república, una intensa intervención urbana, generando un aire ecléctico: el atrio de una iglesia de siglos de antigüedad se presta para el break dance y grafiti. 
 
En las bancas de esa plaza pasé madrugadas reflexivas, y un cumpleaños memorable del que alguna vez hablaré.
 
Quisiera continuar enumerando los lugares, pero el espacio se me acaba. Contarles, por ejemplo, de las actividades familiares en las que participó con gracia natural, ganándose el afecto de una tracalada de familiares desconocidos para ella. 
 
Para terminar les contaré que regresamos a La Paz juntos, atravesando esa carretera que recorro desde antes de tener un año de edad. 
 
El viaje se hizo largo por accidentes en la vía, pero para mí fueron las mejores horas de la vida. Ella se dormía en mi hombro y yo la veía. Yo me dormía en el suyo y ella llenaba mi cabeza de besos amorosos. Algún momento, cobijados por la oscuridad y con las estrellas del altiplano de fondo, compartimos un beso de intensidad censurable. 
 
Vivía un amor que, como los lugares, sólo soy capaz de evocar cuando ya no lo habito. Con nostalgia. Supongo que ese es el pretexto para esta confesión que escribo en el solitario asiento de un bus leito -de esos que tienen una columna de asientos reservada para los que viajan solos- que me lleva a una ciudad cuyos espacios ya no son solo míos sino también de ella -se los regalé-, pero que de todas formas ya no puedo compartir.

* El autor es escritor y artista

Confidencial

Si te interesa obtener información detallada sobre el proceso electoral, suscríbete a P7 VIP y recibirás mensualmente la encuesta electoral completa de Página Siete.

Además, recibirás en tu e-mail, de lunes a viernes, el análisis de las noticias y columnas de opinión más relevantes de cada día.

Tu suscripción nos ayuda no solo a financiar la encuesta sino a desarrollar el periodismo independiente y valiente que caracteriza a Página Siete.

Haz clic aquí para adquirir la suscripción.

Gracias por tu apoyo.

Comentarios

Otras Noticias