Cine

Truman, la muerte contra la valentía y la generosidad

domingo, 10 de abril de 2016 · 00:00
Juan Soto Ivars

El cine reduce la muerte a una serie de tópicos light. ¿A cuántos soldados heridos hemos visto morir en los brazos de sus camaradas justo después de soltar una frasecilla para su mujer y su hija? ¿A cuántos esbirros hemos visto estirar la pata bajo las ráfagas de agentes secretos, superhéroes, policías de Nueva York o detectives? ¿Cuántas adolescentes neumáticas hemos visto caer acuchilladas por asesinos en serie enmascarados?

Son las muertes clásicas del cine y no son muertes de verdad, sino la metáfora digerible de la que se sirven los guionistas para hacer avanzar la trama. Siempre que nos enfrentamos a la muerte nosotros, en los hospitales antisépticos o tras una llamada telefónica, nos damos de bruces contra la realidad más negra. 
 
Por lo general, la muerte es un trámite demasiado doloroso como para enfocarlo directamente con la cámara. Muchos productores hacen cruces si un director les presenta un proyecto en que la muerte ocupe un lugar central. El gran público huye a la carrera.
 
Pero de vez en cuando una película consigue hablarnos de la muerte con la sensibilidad y el buen humor necesarios para que abandonemos la sala con una sonrisa. Una de estas películas infrecuentes es Truman, dirigida por Cesc Gay. Gay consigue el mismo efecto que Despedidas de Yojiro Takita y Los amigos de Peter de
Kenneth Brannagh, aunque su propuesta sea radicalmente diferente.
 
La historia de esta comedia dramática es simple: Tomás (Javier Cámara) deja a su familia en Canadá para volar hasta Madrid, donde pasará cuatro días con su amigo Julián (Ricardo Darín). 
 
El argentino ha recibido una mala noticia: el cáncer de pulmón que parecía vencido se ha ido de excursión por el resto de sus órganos. No hay esperanza para él, y por eso ha tomado la decisión de no someterse a ningún tratamiento más. Ni quimio ni radioterapia. Pide al médico drogas paliativas y emprende la búsqueda de un nuevo dueño para Truman, su perro.
 
Entre los dos actores, como entre los dos personajes, una química perfecta. Julián es la valentía y Tomás es la generosidad. En este sentido, vemos a un Darín muy Darín: encantador y malhumorado, individualista y tierno, inseguro y duro; pero la transformación de Javier Cámara en Tomás merece comentario aparte. 
 
Tomás, como el perro Truman, es pura generosidad. Tomás es el amigo que se queda a un lado cuando es preciso, que da todo lo que tiene sin pedir nada a cambio, que sabe cuándo esperar y cuándo arrastrar al otro. Y Javier Cámara ha conseguido darle a este personaje la emoción contenida necesaria para transmitir sin mover un músculo.
 
La cuestión es: ¿podrá aceptar la decisión de Julián, o intentará convencerle para que se someta a la infructuosa lista de tratamientos que apenas dan posibilidades de curación? Y mientras tanto, ¿conseguirá Julián una familia para que se quede con su perro Truman?
 
Y además: ¿cómo lleva esta decisión Paula (Dolores Fonzi), la prima de Julián, que ha pasado un año cuidándolo y ahora debe desprenderse de sus esperanzas?
 
Son los interrogantes que se resuelven a lo largo de la trama, sostenida por un guión totalmente creíble, en el que no encontré ni una de esas frases grandilocuentes que suelen fastidiar los guiones del cine español. 
 
Por el contrario, en Truman abunda el naturalismo, el humor y la sensibilidad, que son los aliados perfectos para rodar uno de los dilemas de nuestro tiempo:  ¿son compatibles las ganas de vivir con las ganas de morir, llegados a determinado punto? ¿Qué hacer si un amigo enfermo decide que ya basta? ¿Es posible aceptar, o está más allá de los límites de la amistad?

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