La piel de Venus, seducción, ficción, teatro y masoquismo

domingo, 17 de abril de 2016 · 00:00
Pablo O. Scholz

Qué placer da ver un filme de Polanski como La piel de Venus. Porque el realizador de El inquilino y La danza de los vampiros rondaba los 80 años cuando la rodó, y sigue con una fiereza envidiable. ¿Cuántos más realizadores llegan a la edad de retirarse, y siguen actuales, excepto Scorsese?
 
En su segunda adaptación de una obra teatral al hilo, tras Un Dios salvaje, Polanski tomó La piel de Venus, que a la vez se nutre del libro del austriaco Leopold von Sacher-Masoch, quien se basó en sus propias experiencias. Su patología, que combinaba la sumisión y el fetichismo, derivó en el término masoquismo.
 
Como servido en bandeja para el director de Repulsión...
 
Siniestro, inconformista, manipulador. Así es Polanski, y algo de ello está en Thomas, el protagonista masculino de La piel de Venus, encarnado por Mathieu Amalric. Porque es una pieza/película de dos personajes. 
 
Thomas está solo en el escenario de un teatro parisino, tras terminar una jornada de casting catastrófica. Llueve afuera. Y allí entra Vanda (tiene el mismo nombre del personaje de la obra), empapada, una mujer que le cae decididamente mal, y se lo hace notar. Actriz que llega tarde al casting, le parece poco culta, vulgar, casi que la desprecia. Pero Vanda demuestra saber de memoria cada línea de la obra, y conocer mucho más que otros el contenido y el significado de ella.
 
Así es que Thomas acepta a regañadientes hacer la prueba, mientras le miente a su pareja, del otro lado del teléfono, y decide avanzar.
 
No sabe lo que le espera.
 
Porque los personajes de La piel de Venus van, curiosamente, como mutando de epidermis. La obra trata precisamente sobre la sumisión y el sadomasoquismo, por lo que quien juega de amo puede en cualquier momento resultar (o decidir ser) esclavo.
 
seducción y sedición
 
Para Polanski seducción y sedición van casi de la mano. Los diálogos tienen una fiereza que en la pantalla llegan con más estridencia que en el teatro. Además, ha sabido destruir, y expandir el ámbito teatral para airearlo sin la necesidad de sacar la cámara fuera de ese lugar. Para ello contó con el director de fotografía Pawel Edelman (su colaborador desde El pianista) y los apuntes musicales de Alexandre Desplat.
 
Obviamente las actuaciones necesitaban ser como un imán, y lo son. Emmanuelle Seigner, esposa del realizador, le da a Vanda una frescura y una bravura difícil de empardar. Amalric está, como de costumbre, un escalón por debajo de la locura contenida. A su máscara facial -es increíble cómo este hombre cambia de expresión en una misma toma- le agrega una entrega también formidable.
 
Mathieu Amalric -me alegro que Polanski no escogiera a Louis Garrel al final, que por mucho que me guste no habría sido el mismo efecto- y Emmanuelle Seigner se complementan a la perfección sin miedo a dejarse llevar y a ridiculizar y llevar a límites insospechados a sus respectivos personajes.
 
Dos trabajos actorales sobresalientes que se han visto recomendados en las nominaciones a los Premios César del cine francés.
 
Es, sin duda, una película que bien merece  mucha  atención, a pesar de que no haya causado el revuelo de otras cintas de Polanski y es que es de lo más interesante el análisis que hace el director sobre el amor, el intercambio de roles, los extremos, la dominación, la sumisión y la perversión y sobre todo la fina línea que separa la realidad de  la ficción. 
 
Una comedia negra, sin concesiones  ni límites y que puede resultar muy perturbadora.

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