Gastronomía

Lágrimas de melón con jamón

domingo, 24 de abril de 2016 · 00:00
Caius Apicius
Madrid
 
U no de los párrafos más citados de la obra gastronómica de don Álvaro Cunqueiro es aquél en el que, al describir la sensación que le produce un trozo de papa mojada en aceite de freír pimientos   al que se adhiere un grano de sal,  dice: "son esos instantes  de los gourmets de la vieja China, que Ezra Pound admiraba como algo de indudable calidad poética y camino del éxtasis”.

No sabría definir a ciencia cierta lo que es uno de esos instantes, para mí sencillamente mágicos, pero ligados con la sensualidad que produce un bocado excepcional, por sí mismo, por su circunstancia o, más bien, por la orteguiana combinación de ambas cosas. Pero no hace mucho que viví uno de esos momentos.
 
La propuesta, sobre el papel, era sencilla. Tan sencilla que podría parecer hasta simple: melón con jamón. 
 
Ya ven qué cosa tan tonta: un poco de melón con jamón, un simple aperitivo, algo para limpiar los sentidos después de una ensalada generosa en trufa. Pero no tenía nada de tonta. 
 
Por una vez, jamón y melón competían en igualdad de condiciones: lonchas finas (cortadas a máquina) de un jamón ideal para esto, es decir, con un punto bajo en sal y de curación corta, con un muy dulce melón presentado del mismo modo: en láminas sutiles.
 
Llevaba uno a la boca algo perfecto, algo en lo que ninguno de sus dos elementos anulaba al otro: allí estaban los dos sabores, las dos sensaciones, uniéndose, creciendo, convirtiéndose en algo que trascendía del conocido y tantas veces vulgarizado plato italiano.

Esas pequeñas alegrías son las que hacen la vida más grata, y que saber distinguirlas y, en consecuencia, disfrutarlas, es un paso adelante en el largo camino hacia la felicidad. Muchas veces se esconde en esas cosas pequeñas; por eso es tan importante estar atentos para no perdérselas. 
 
Podríamos aplicar aquí la primera frase pronunciada por un hombre (Neil Armstrong) en la luna: algo que parece y es pequeño, sí, pero que adquiere dimensiones insospechadas.
 
Esto, naturalmente, es aplicable a la gastronomía, al placer que puede obtenerse en la mesa, que es perfecto cuando, además de meramente sensorial, llega al terreno de lo anímico, de las emociones, de la magia, en una palabra.
 
Pero hay más cosas. Para empezar, afortunada combinación del "qué” y el "cómo”. Un jamón y un melón magníficos, elegidos cuidadosamente para elaborar esta combinación, y no otra. Siempre hemos defendido el uso de los mejores ingredientes posibles, pero "mejores”, en este caso, se refiere a "más adecuados”.
 
Seguro que hay mejores jamones; pero ése era el que iba perfectamente, el que sabía renunciar a parte del protagonismo que siempre le damos para compartirlo con un melón que fue mucho más que un mero contraste, que un simple acompañante.
 
Ya hemos hablado de los puntos perfectos de dulzura y sal. Pero intervienen más factores. Cuando uno pide melón con jamón le suelen poner en el plato unas lonchas de jamón y unas rajas de melón, tal cual; como mucho, el melón cortado en tacos, o modelado en bolas, para que usted envuelva unos u otras con jamón. No era así el nuestro.
 
La sutilidad de las láminas, su maleabilidad, permitieron dejarlas caer en el plato a su aire. Adquirir volumen, en una palabra. La impresión visual era de una elegante ligereza, sugería nubes de melón y nubes de jamón, unas al lado de las otras, en afortunada combinación cromática.
 
Presentación, texturas, sabores. Tampoco falló el resto de las condiciones para hacer de una cosa así algo mágico, algo que nos acerque a un momento de éxtasis: buen humor, encuentro de personas para las que la amistad es mucho más que una palabra gastada por el uso.
 
Todo se unió en ese momento; porque fue, en efecto, un momento, pero un momento distinto, brillante, mágico. 
 
Un simple destello, si quieren ustedes; pero un destello de una luminosidad deslumbrante e inolvidable.











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