El cura alcalde, policía y médico que evangelizó en quechua

Adolfo Miguel Rojas Rosales entregó su vida para servir a cientos de personas en 17 comunidades de Chuquisaca. En su vida hizo de todo. Conozca su historia.
domingo, 1 de mayo de 2016 · 00:00
Página Siete / La Paz

Durante sus 50 años de vida sacerdotal, Miguel Rojas Rosales, aquel niño que jugaba con una pelota de trapo y que rompía vidrios, trabajó incansablemente por cientos de personas de varias comunidades en Chuquisaca; salvó vidas ayudando a los médicos, fue enfermero, evangelizó en quechua, fue alcalde, policía e investigador, chofer  y  fundó un pueblo.
 
Rojas cursó el ciclo primario en las escuelas Adolfo Siles y Gregorio Reynolds de la ciudad de Sucre y la secundaria en el Seminario Conciliar de San Cristóbal, al igual que sus estudios superiores de filosofía y teología.
 
El domingo 20 de marzo de 1966   recibió de manos de monseñor José Clemente Cardenal Maurer, Arzobispo de Sucre, el orden sacerdotal. "Las señoritas de la institución teresiana fueron sus madrinas, quienes le obsequiaron la casulla con la que celebró su primera misa, la misma que dejó en la parroquia de Santiago Apóstol de Presto, mientras que conserva la estola como un recuerdo de tan sublime acto”, sostiene Guillermo Calvo, docente de la carrera de historia de la Universidad San Francisco Xavier de Sucre.
 
Presto, a 141 kilómetros de la ciudad de Sucre, es un pintoresco pueblo caracterizado por un bosque de palmeras, único en Bolivia.
 
Calvo recuerda que "el pastor de la grey chuquisaqueña trabajó sus primeros 25 años con humildad y fe en varias parroquias rurales del departamento de Chuquisaca, como San Juan Bautista de Padilla, San José de Alcalá, Santiago Apóstol de Presto, San Miguel del Pescado de Villa Serrano, San Pedro Montalván de Tarabuco  y San Miguel de Icla. En la ciudad de Sucre, en las parroquias de San Roque, San Matías, San Lázaro y a partir de 1994 a la fecha es Rector del Sagrario de San Miguel Arcángel”. 
 
Pero, para conocer su historia, qué mejor recurso que acudir al propio protagonista. El padre Rojas resume su vida y obra sacerdotal en un texto, exclusivo para Miradas, que titula Pinceladas sobre mi vida sacerdotal, cuyo relato dice:
 
Un día, Dios irrumpió en mi vida, puso en mí la inclinación al sacerdocio. Él mismo me fue cultivando ya desde niño y empecé a participar en la eucaristía, me gustaba ser monaguillo entre otras muchas cosas y llegué también a ver la película Balarrasa (José Antonio Nieves, 1951), que me impulsó aún más.
 
El seminario
 
Dios me quería en el servicio sacerdotal y así resulta que después de 12 años de seminario, un día, el 20 de marzo de 1966, me ordenaron sacerdote.
 
En el seminario no había ya seminaristas desde el sismo de 1948 y fue en 1954, después de la Revolución de Abril, que ingresé. El planteamiento era que me estaba formando para ir a evangelizar a los campesinos, pero resulta que lo que más oía aquí en la ciudad era que los campesinos eran malos porque odiaban a los patrones. 
 
A mí no me importaba porque mi papá nunca fue patrón. Decían también que eran borrachos, mentirosos y que no se podía confiar en ellos.
 
Yo nunca había ido al campo, no lo conocía; tenía 14 años y no hubo oportunidad para hacerlo. Poco a poco me fui dando cuenta que aquí en la ciudad lo más común era que llegaban los campesinos en son de amistad, con sus productos a las casas de Sucre, que en aquel entonces éramos como otro pueblito. 
 
Cuando salí del seminario hacia el campo, no puedo decir que fue con serenidad, sino fue más bien con susto, aunque ya conocía Presto porque habíamos ido de vacaciones a una finca llamada El Peral, donde los seminaristas jugábamos fútbol con los campesinos.
 
Teología de la liberación
 
Cuando yo salía de teología, fue en aquellas épocas históricas en las que el papa Juan Pablo II invitó a la iglesia al "aggiornamento”, en otras palabras, "a la actualización y cambio”, al viraje que daría la Iglesia Católica a esas alturas del siglo XX. Fue entonces, también histórico el momento, en que en América Latina nació la Teología de la Liberación. La propuesta de esta teología, a partir de la Sagrada Escritura, invitaba, a la manera de Jesucristo, a encarnarse en la realidad histórica de los pobres. Fe y vida es encarnarse.
 
Cuando pisé por primera vez el pueblo de Presto, ya en mi calidad de párroco, como directo responsable, encontré a todas las personas sanas, sencillas, con menos lacras, que en esta sociedad, que cree que es feliz cuando acumula dinero.
 
No podía creer que aquella realidad que estaba experimentando era verdad, porque yo mismo, siendo pobre desde pequeño, creía que era infeliz porque me comparaba con aquellos que hacían carrera profesional con mentalidad de acumular bienes materiales, me querían convencer que no siga adelante porque ser sacerdote no era una profesión, que cómo iba a ser feliz en el futuro. Consecuentemente, de Sucre no salió en 25 años ningún párroco más  que hubiera nacido en dicha ciudad. 
 
Sin embargo, luego muy pronto se llenaron los seminarios de vocaciones y a partir de entonces llegamos hasta ser como 70 sacerdotes de las provincias de Chuquisaca; todos llamados por el Señor.
 
Pasaron como cinco años, cuando yo ya aprendí quechua como un extranjero en idioma y cultura, y sentí la alegría de haber sido acogido como uno más de estos queridos hermanos tanto en el pueblo como en las 17 comunidades.
 
Me tocó acercarme como hombre nuevo y joven (frente a historias raras que inventaban en torno a los pocos sacerdotes antiguos que había en los pueblos). 
 
Lo más satisfactorio y gozoso para mí ha sido mi ordenación sacerdotal que me abrió la posibilidad de ir a esta mi primera parroquia con la idea de iluminar el diario vivir, lo cual también iluminaba mi vida.
 
Es un pueblo que tuvo la capacidad de integrar en su diario vivir la fe en el único Dios verdadero, Uno y Trino, sin menoscabo de su integridad cultural y creencias; asimiló e integró en sus costumbres y valores ancestrales  todo lo nuevo, enriqueciéndose así culturalmente y manifestando abiertamente su ser siempre antiguo y siempre nuevo, lleno de fe.
 
Es un pueblo, creo que como otros, con una gran capacidad de aprendizaje y asimilación. Recién llegado, cuando aprendí quechua, tuve la satisfacción de acompañarles en el canto de toda la doctrina en quechua que hacían comunitariamente y que fue aprendido y transmitido entre ellos a viva voz de generación en generación.
Ordenarse sacerdote para evangelizar, según mi experiencia, fue servir en todos los ámbitos que reclama el diario vivir, es ser hombre de Dios y múltiple servidor incondicional. 
 
Creo que fui el primero en luchar y lograr que tuvieran agua potable en sus casas; ellos siempre traían agua de la vertiente del río. El día en que entregamos y se bendijo la red de agua potable, yo estuve muy contento. Ya pueden imaginarse mi sorpresa cuando en la intervención y discurso de los jóvenes del pueblo  me declararon persona no grata porque desde entonces no tendrían ya más la oportunidad de encontrarse con las chicas en el río.
 
Otra sorpresa mía y de confusión muy desagradable  fue cuando una comisión del pueblo me entregó las llaves de la Alcaldía, que llamaban "El Cabildo”. Desde Sucre me pidieron que asumiera, que pronto ellos arreglarían el problema y que continuase como alcalde. 

Pero un día, los políticos de la UDP  se trasladaron desde Sucre y pintarrajearon las paredes recién pintadas.
 
Casualmente yo volvía del hospital, tras haber ayudado al médico en una emergencia bastante delicada, me encontré con los políticos, a quienes dije que quedaban detenidos. Encendí la amplificación y por los parlantes llamé al pueblo, que se acercó tímidamente. Nos reunimos en la parroquia y les obligaron a dejar prendas hasta que ellos mandaran la pintura desde Sucre para restituir lo dañado. Esta y muchas otras situaciones tuve que enfrentar, también como Comité Cívico y hasta como policía investigador y chofer en algunos casos.
 
Pero no estuve solo. Tuve la suerte de encontrar "una mamá” en doña Constantina de Martínez y un amigo leal y gran colaborador,  Edmundo Pope, artesano múltiple en el pueblo, y una empleada de montera y ajsu, bilingüe y madre de 10 hijos. 
 
Bendigo a Dios en apoyo profesional de los doctores Miguel Isola y José Luis Alfaro, médicos de Tarabuco, que confiaban en mi apreciación diagnostica de los enfermos para que yo pudiese ayudar a los que lo necesitaban con urgencia.
 
Salvando vidas
 
Ya desde el seminario, donde ejercía de enfermero, asistía a todos los que lo necesitaban. He aprendido del doctor Ricardo Bacherer, médico católico, mucho sobre medicina. Dada mi inclinación también a este servicio como sacerdote, este doctor me dijo: "Vas a curar a los enfermos como Jesús en el Evangelio”. 
 
Tengo la satisfacción de haber salvado vidas. Toda esta actividad pastoral, junto a la celebración diaria y dominical de la santa eucaristía, administración de los siete sacramentos, realización de catequesis, celebración de fiestas religiosas y patronales, procesiones con la imagen de la Virgen María, madre de Dios, y otras celebraciones litúrgicas, todo con asistencia masiva de los habitantes del pueblo y de las comunidades campesinas.
 
Después de cinco años plenos de servicio en la parroquia, me ausenté a un curso de renovación pastoral en Medellín, Colombia, en el Instituto Latinoamericano de Episcopado. Aprendí algo de psicoterapia pastoral y espiritualidad, la religiosidad popular y la interpretación de todo aquello que significa fetichismo. 
 
Ahora me preguntan, ¿qué es lo más positivo que he sentido en estos 50 años de sacerdocio? Yo respondí que también fue Presto, donde recibí la invitación de los dirigentes de la comunidad de Tomoroco para responder al hambre y al cansancio de sus hijos cuando iban a estudiar. Querían hacer un cuarto y una cocina para que las mamás, por turno, les atendieran cerca de la escuela; esto no resultó pues no respondía a las expectativas de 180 familias totalmente dispersas. 
 
Entonces, después de una serie de asambleas, me convencieron de que había que fundar un pueblito. Fue entonces cuando trasladé  de Presto a Tomoroco la única imagen de San Isidro Labrador, para fundar bajo ésta su advocación, Tomoroco, el año 1976, hace ya  40 años.
 
Esta mi primera experiencia de entrega sacerdotal, en Presto, me marcó.
 
Hasta mis 50 años sacerdotales sigo entregado al ministerio sacerdotal, con un sinfín de experiencias positivas, tanto en otras parroquias de provincias como en las de la ciudad de Sucre. Ahora estoy en la parroquia del Sagrario de San Miguel Arcángel, donde ya cumplí 22 años de entrega feliz.
 
Títulos que respaldan una carrera
 
Los 50 años de vida sacerdotal de monseñor Adolfo Miguel Rojas Rosales han  sido muy intensos y estos son los títulos que respaldan su carrera.
 
Primera tonsura clerical y ordenación de Ostiario y Lector (1963).
Diácono (1965).
Sacerdote (1966). 
Canónico (1990).
Capellán Militar (1994). 
Rector del Sagrario de San Miguel Arcángel (1994).
Oficial de Justicia del Arzobispado de Sucre (2000). 
Vicario Judicial Moderador del Tribunal Interinstitucional en Primera Instancia de la Arquidiócesis de Sucre (1994).
Notario Eclesiástico (2000).
Capellán de Su Santidad (2002).

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