Cine

La jugada maestra, el latir de mis venas

El director elabora aquí un conseguido filme de época, cuyo principal elemento artístico está representado por el papel protagónico de un excepcional Tobey Maguire.
domingo, 8 de mayo de 2016 · 00:00
Enrique Morales L.

Es una pena que la actuación de Tobey Maguire en La jugada maestra (Pawn Sacrifice, 2014), no haya sido premiada o festejada -a batir de palmas- con algún galardón digno de condecorar su brillante desempeño interpretativo, al encarnar a ese ajedrecista conocido como Bobby Fischer (1943-2008), el campeón mundial de la disciplina -con mayor popularidad global- en la historia total de aquel deporte.

La interpretación de Maguire es quizás una de las mejores de su carrera profesional: tan bien le resulta su máscara del genial, obsesivo, psicótico e impredecible hombre del tablero.
 
Filme en esencia biográfico y de época, La  jugada maestra analiza la primera etapa en la vida de Robert Fischer (su niñez y su adolescencia), hasta convertirse en el mayor exponente del ajedrez, luego de vencer,  en un pleito histórico y decisivo, al ruso Boris Vasílievich Spassky (personificado por Liev Schreiber). Tenía 29 años de edad, y se consagró campeón mundial, tras coronarse en el difundido "match del siglo” (desarrollado en Islandia).
 
Aquel rasgo y decisión  señalan claramente la excentricidad, los temores y los desequilibrios mentales, que lo persiguieron y lo perturbaron, como una marca registrada, desde que adquirió la conciencia de sus peculiaridades y talento, para finalmente morir hace casi una década, lastimada su salud, en la isla ártica donde respiró las mejores jornadas de su vida.
 
El guión de Steven Knight y la cámara de Zwick se encuentran azuzados, a lo largo de la cinta, por la intención de describir la particular leyenda de Fischer: su infancia ensombrecida por el abandono, su juventud solitaria y fanatizada con adquirir el éxito como ajedrecista profesional, sus incorrectas, provocadoras ideas y opiniones políticas (que circundaban las de la extrema derecha estadounidense) y la figura e ícono "pop” en que se transformó entre sus compatriotas, posterior a arrebatar el liderazgo mundial a los soviéticos, en un deporte donde los norteamericanos siempre fueron segundones, detrás de algún superdotado ruso.
 
La sensibilidad del libreto (realzada por la actuación de Maguire), se reproduce audiovisualmente bajo los efectos de una cámara prodigiosa y de una fotografía integrada por elementos tan conquistados como una buena dirección de arte y un esmerado diseño de vestuario. En La jugada maestra se transmite -a la manera perfecta del cine afincado en los estudios más poderosos de Hollywood-, una historia humanamente atractiva, conmovedora  y rebosante de metáforas y de elevados conceptos argumentales.
 
Tenemos, de esta forma, un guión urdido con cuidado (cuatro personas participaron en su confección literaria) y un foco que combina en su captura, ambientaciones que van desde Nueva York, la costa este, hasta el norte de Europa, valiéndose de planos y de secuencias que destacan por la laudable estrategia de montaje, que subyace a modo de motor imaginativo: presentar una trama íntima, los días de un hombre singular, con el trasfondo de escenarios diversos.
 
Porque además de esos rasgos artísticos mencionados, en esta obra ofrecen sus dones, un elenco actoral respetable y valiosísimo: el alabado Maguire, el sobrio Liev Schreiber, y el sorprendente e inagotable Peter Sarsgaard (aquí, en la versión de un sacerdote católico encargado de mantener la cordura y de entrenar a Bobby). 
 
Sería fácil afirmar que contemplamos un título fabricado de acuerdo con  los cánones de la inmensa industria, con el propósito de concebir un crédito fácil de digerir y de arrancar aplausos. Pero la verdad es que la atención que se hace  en La jugada maestra a infinitos detalles escénicos, y fílmicos, es obligatorio  de anotar y comentar.

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