Especial

Diez años y dos noches con Paul McCartney

Lo sublime de coincidir en espacio y tiempo con Paul McCartney es que absolutamente todo lo que cantará esa noche es un himno. Paul es lo más parecido a una cultura global.
domingo, 19 de junio de 2016 · 00:00
José Pablo Criales Unzueta.* 
 
La vida era muy distinta antes de tener un celular. La primera vez que escuché una canción de los  Beatles tenía
un poco más de 13 años y la tuve por mucho tiempo en la cabeza. Tanto, que un día mi madre me llevó –después de insistirle muchísimo– a que resuelva mi problema en una disquería. No había otra manera en ese entonces: querías música, a la disquería; una duda, a la biblioteca; una chica, tragar saliva y llamar a su casa esperando que no conteste su viejo.
 
Así, una tarde salí del colegio y fuimos a una de las ya extintas sucursales de Discolandia que había en la zona Sur de La Paz. Me acerqué al mostrador, inflé el pecho, mire muy serio al vendedor y le dije sin respirar que quería el disco de los que cantaban algo así como: It’s been a hard day cause I’ve been working like a dog. El hombre se cagó de risa, me corrigió la frase y me dijo que ese disco no lo tenían –como no tenían casi ninguno– pero que me podía ofrecer algo mejor:
 
–Tenemos el compilado de los Beatles, los Beatles, repetí desde mi metro cincuenta para grabarlo eternamente en mi memoria- donde están sus éxitos de la primera parte de los 60.
 
–¡Me lo llevo! –le contesté, y miré a mi vieja, cuyos ojos gritaban que le parecía una barbaridad que me lleve esa lindísima caja roja con dos discos y una foto de los cuatro de Liverpool mirando desde un balcón a la cámara de Angus McBean, en la oficina central de EMI Inglaterra.
 
Al final la convencí y me lo llevé. El resto es historia.
 
Cinco otoños en Buenos Aires
 
Son las cinco de la tarde en la plaza de Tribunales y en Buenos Aires hace muchísimo frío, como nunca en los cinco otoños que pasé aquí. Con una mano sacudo el encendedor sin gas esperando que funcione una vez más, y con la otra palpo el bolsillo interno de la campera. Respiro: el ticket sigue en su lugar. 
 
Esa acción automática y compulsiva se repite por lo menos seis veces entre el momento en que por fin subo al bus que va a La Plata, las tres horas de viaje para recorrer los 70 kilómetros hacia esa ciudad y las ocho cuadras finales entre el punto en el que el bus no puede avanzar más y el ingreso al Estadio Único. 
 
La esquizofrenia que me causa la posibilidad de perder ese ticket por fin se acaba cuando un hombre gordo con un chaleco fluorescente lo aprueba y me dice que pase al cacheo: "hombres por la derecha, pibe”.
 
Entre ese momento y el punto en el que me quitan el encendedor que de todas formas ya no sirve, hay una secuencia sublime que solo abrazamos los fanáticos de los conciertos. Pasar el cacheo, ver la luz verde del molinete que aprueba la entrada, el corte del ticket en manos de otro hombre con chaleco fluorescente –que si tienes suerte te lo deja intacto siguiendo la línea puntuada–, y la primera vista del escenario: ese instante en el que la espera de meses, la agonía en fila por las entradas y la decisión de no pagar las facturas de luz y de agua para ir las dos noches, dejan de ser parte de una ilusión futura y se convierten en el presente palpable.
 
Al fondo se ve la batería de Abe Laboriel Jr., que tenía dos años cuando salió Band on the Run, pero que parece el baterista que le faltó a Wings cuando McCartney decidió irse a Nigeria en 1973 a grabar ese disco prácticamente solo.
 
Al lado izquierdo de la batería se arma el espacio de Paul Wickens. Wix es tecladista, guitarrista y corista; un comodín que toca junto a McCartney el triple de décadas que los Beatles tocaron juntos: lo acompaña desde 1989. A la izquierda del escenario se va a parar Rusty Anderson, el guitarrista principal, que no tiene problema en emular nota por nota el lindísimo solo de George Harrison en Something, ni en hacer llorar una gui

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