Prodigio estético, cansancio narrativo

El choque entre modernidad cinematográfica y tradición teatral encuentra en Macbeth su máximo esplendor, surgiendo ese cansancio narrativo al que aludo en el titular.
domingo, 19 de junio de 2016 · 00:00
Mikel Zorrilla
 
A  lo largo de la historia del cine se han hecho muchas grandes películas basadas en obras de teatro. Si tuviera que elegir solamente una, no dudaría en quedarme con la extraordinaria La Huella (Sleuth).

William Shakespeare es, con diferencia, el autor que cuenta con un mayor número de adaptaciones cinematográficas de sus obras, por lo que ha llegado un punto en el que es muy complicado realizar una que realmente pueda sorprender al espectador. Eso es algo que Justin Kurzel ha conseguido parcialmente con su Macbeth, ya que estamos ante un prodigio estético que dota de una fuerza visual sin parangón a la película. Lástima que también transmita cierta sensación de cansancio narrativo por su excesivo apego a la obra original.
 
Ya en sus adelantos quedaba claro que esta nueva versión de Macbeth iba a ser un gran espectáculo visual, pues Kurzel demuestra una gran atención al detalle en todos los apartados estéticos, desde el uso de los colores hasta la excelente utilización de la cámara lenta para dar una fuerza inusitada y casi pictórica a multitud de planos. 
 
El problema es que  Macbeth es impresionante en términos visuales y también en multitud de apartados técnicos, pero ese arrojo que caracteriza a la película se pierde por la excesivo respeto a la obra original de Shakespeare del guión firmado por Jacob Koskoff, Michael Lesslie y Todd Louiso.
 
Es cierto que siempre resulta complicado saber hasta qué punto es adecuado hacer cambios cuando adaptas una obra ajena, lo cual alcanza cotas aun más altas en casos como  el que nos ocupa. 
 
Creo que no puedo decir nada malo de la impetuosa y entregada interpretación de Michael Fassbender, teniendo alguna duda más en el caso de Marion Cotillard, ya que me quedó la sensación de que le falta algo más de arrojo, más por parte del guión que de la actriz, que hasta resuelve con nota la difícil papeleta del acento escocés, a la forma de abordar un personaje que pierde algo de jugo en su salto a la gran pantalla.
 
El problema surge, de nuevo, por su querencia hacia los diálogos originales, los cuales restan empaque a la relación entre ambos y acaban resultando hasta poco naturales por muy vigorosos que lleguen a ser de forma aislada. De nuevo, herencia directa de la obra que adapta, pero es que el teatro es una cosa y el cine otra, no siendo necesario que lo que funciona en un medio lo haga en otro, sobre todo si quiere ser algo más que una obra teatral grabada con todo lujo de medios.
 
Esta queja puede no convencer a algunos, pero el choque entre modernidad cinematográfica y tradición teatral encuentra aquí su máximo esplendor, surgiendo ese cansancio narrativo al que aludo en el titular. 

Además, el propio devenir de los acontecimientos va desfalleciendo a medida que su vigorosa estética es incapaz de compensar que estamos ante una obra muy desequilibrada que debería haber apostado de forma clara por una de las dos opciones. Su perdición es querer abarcar tanto sin lograr crear una verdadera sincronía entre ambas realidades, ya que la forma va por un lado y el fondo por otro, siendo incompatibles entre sí. 
 
En definitiva, Macbeth es una cinta que no logra aunar la enorme fuerza cinematográfica que tiene gracias al trabajo de puesta en escena de Kurzel con su vertiente mucho más teatral, tanto en guión como en interpretaciones, provocando un grave desequilibrio que a mí me sacaba de la película. Cierto es que sus defectos no son tan pronunciados como en otro reciente y fallido título que brillaba en lo visual y languidecía en el resto, pero sí lo suficiente como para dejarme con un sabor de boca agridulce.

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