Liberándonos del conformismo

Conformarse es la aceptación que limita, que hace que aceptemos ser infelices.
domingo, 5 de junio de 2016 · 00:00
Bitia Vargas
La Paz
 
Conformándonos con un trabajo que odiamos.  Conformándonos con una relación que nos da más tristezas que alegrías. Conformándonos con la vida que llevamos porque creemos que no podemos cambiar nada de lo que nos pasa. ¿Cuánto tiempo?

Ya sea porque lo desconocido aterra, porque la soledad nos mata o porque nos consume el negativismo, pasamos gran parte de nuestra vida conformándonos por miedo. 
 
Se ha dicho que el miedo tiene dos caras. Por un lado, nos ayuda a sobrevivir en un mundo en el que abundan los peligros. El miedo nos alerta, de cierta forma nos protege e indudablemente, el miedo es un mecanismo de defensa no solo inherente a todo ser humano, sino también al de todos los animales.   
 
Por otro lado, el miedo al ser un mecanismo de defensa nos paraliza, nos nubla, nos enceguece. Puede ayudarnos como puede hundirnos. Puede ser positivo frente a los peligros como puede ser negativo si lo sentimos en exceso y nos impide enfrentar lo nuevo. 
 
El miedo en última instancia es el principal actor de nuestro conformismo. 
 
A veces pensamos que conformarse es saber reconocer aquello que no podemos cambiar. Existen situaciones muy difíciles ante las que que, hagamos lo que hagamos, no van cambiar; por ejemplo, perder alguna parte de nuestro cuerpo en un accidente, sufrir una enfermedad terminal, o la muerte de un ser querido; pero ello no necesariamente es conformarse, sino más bien  aceptar. 
 
Aceptar es un término que nos permite de cierta forma hacer las paces con la vida y confiar en una sabiduría mayor a la nuestra, aquella sabiduría que nos dirige en la vida hacia algo mejor y más importante. Es cierto que puede costarnos entender esto, sobre todo cuando en medio está el dolor, pero cuando aprendemos a confiar empezamos a ver claramente y el mundo se va abriendo con las respuestas.
 
Diferente a ese tipo de aceptación que nos permite "ver”, conformarse es el tipo de aceptación que nos limita. Que hace que aceptemos vivir infelices o con algo insuficiente. 
 
Sabiendo que podemos cambiar, no lo hacemos, porque el riesgo frente al cambio es grande y erróneamente creemos que no lo vale.  Y yo me pregunto, ¿realmente no lo vale? Estamos de paso, con un tiempo determinado que se consume día a día y ¿nuestra felicidad no lo vale?
 
Alguien sabiamente dijo: "la vida es muy corta para vivir infelices”. Muy corta, entre otras cosas, para conformarnos con relaciones malsanas. Tan enfocados estamos en esa persona que nos daña y que dañamos que no vemos que detrás de ella puede haber alguien capaz de hacernos sonreír sinceramente y agradecer la vida. 
 
Tan enfocados estamos en ese trabajo limitante, olvidando nuestras capacidades, que relegamos al mundo con sus oportunidades. Es tan inmenso y día a día en él se generan nuevas, sólo hace falta atreverse…
 
Conformarse no es, ni será nunca, aceptar. Conformarse es una actitud frente a la vida. Algunos dirán que es una forma de no correr riesgos y mantenernos salvos, pero paradójicamente nos sumerge en el riesgo del sedentarismo psicológico, emocional y sobre todo espiritual. 
 
El conformismo es una actitud que nos sitúa cómodamente en nuestro estado de confort, haciendo que perdamos la aventura de vivir, de crecer, de conocer, de cambiar y también de dejar. 
 
El saber dejar es un aprendizaje necesario. Todos los días dejamos algo para avanzar. Dejamos nuestro hogar para ir al trabajo, dejamos la niñez para conquistar la adolescencia, dejamos la adolescencia para poder madurar. Cada día dejamos algo nuestro en el pasado para poder ser hoy lo que somos.
 
Mientras nos movamos la vida se abre paso, y dicen además que quien arriesga en nombre de su felicidad es gentilmente apoyado por Dios, la sabiduría mayor, en complicidad con todo el universo.

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