Apuntes

Elogio sentimental al spaghetti western

domingo, 10 de julio de 2016 · 00:00
Carlos Toro

Madrid

E ntonces no los conocíamos por westerns, sino por películas del Oeste. Lo de western vino después, cuando el inglés impuso decididamente su dictadura. Eso de película del Oeste quedaba un poco paleto. Bud Spencer protagonizaba, a principios de los 70, películas del Oeste, o sea westerns, tremendamente populares. 

Era un nombre falso. No lo sabíamos entonces. O no lo sabía casi nadie, porque convenía comercialmente que nos engañaran. Bueno, tampoco era un engaño ofensivo o doloroso, que acortase nuestra juventud o atentase contra nuestros ideales. 

Era una engañifa casi inocente, una mentirijilla conveniente para hacer el producto más creíble. En cuanto a éste... Tampoco era tan serio o elevado como para exigirle daños y perjuicios morales o económicos. No tenía trampa ni truco. Carecía de pretensiones intelectuales o intenciones propagandísticas. No aspiraba ni a educar, ni a conmover. 

Así que daba lo mismo que Bud Spencer no se llamase Bud Spencer ni fuera americano. Muchos, incluso, se han enterado ahora, a su muerte, de que su auténtico nombre era Carlo Pedersoli y había nacido en Nápoles. Adoptó su nombre artístico por afición a la cerveza Budweiser y por admiración hacia Spencer Tracy. Formaba con Terence Hill una pareja parecida, en los westerns, a la de Bud Abbott y Lou Costello en la comedia urbana. 

Claro, que Terence Hill tampoco se llamaba así, sino Mario Girotti, y era veneciano. El director de sus películas más famosas, E.B. Clucher, atendía en realidad por Enzo Borboni. 

Las producciones eran italianas, eso no se podía negar. Pero venía muy bien para su comercialización que sus elementos principales, protagonistas y director, fuesen (o pareciesen) americanos. 

La cinta ganaba en tirón y credibilidad argumental, ambiental, interpretativa... Italia, en los 60, había adquirido prestigio en el mundo del western gracias al guionista, productor y director romano Sergio Leone, artífice de un estilo innovador en el tratamiento del género. Acción lenta, interminables primeros planos de rostros duros y hieráticos, travellings al ralentí...

 Sonido original

Todo ello apoyado, envuelto, realzado por una banda sonora firmada por Ennio Morricone en la que el silbido ejercía como instrumento solista. Un sonido original que lo mismo servía para ahondar en la lejanía de un paisaje abrasado y desnudo que para anunciar un duelo, un tiroteo inminente. Leone puso en la historia del cine la llamada Trilogía del dólar. 

Tres cintas, tres coproducciones, con un protagonista único, un pistolero impávido y mercenario interpretado por un Clint Eastwood que saltó a la fama desde el calcinado desierto de Almería: Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), que también lanzó al estrellato a Eli Wallach y Lee van Cleef.

El género recibió la descriptiva, gráfica denominación de spaghetti western. Bud Spencer y Terence Hill, de la mano de E.B Clucher, fueron, en cierto modo, los sucesores cómicos del Eastwood amoral. Y, probablemente, no habrían rodado sus películas sin la existencia previa de Eastwood, Leone, Almería y sus resultados comerciales. Encarnaron una variante casi bufa de los guiones tradicionales. Hacían justicia a mamporros, no a balazos.

Bondad justiciera

Ayudaron a crear un subgénero que, quizás, sin ellos hubiera carecido de auténtica viabilidad y, si puede decirse, mérito. Resultaron, en su diversidad, un hallazgo. Hill, de rasgos finos y proveniente del cine serio, era sutil dentro de los personajes sin demasiados matices que encarnaba. Un contrapeso de Spencer, que procedía de la figuración cachas (Quo Vadis) y era brutote sin paliativos, a no ser que la bondad justiciera constituya uno de ellos. 

Campeón de natación, olímpico en Helsinki 52 y Melbourne 56, el primer italiano que bajó, en 1950, de un minuto en los 100 metros libre, también internacional en waterpolo, llegó al cine por casualidad tras diferentes y variopintas formas de ganarse la vida en Italia y fuera de ella (Sudamérica).

Por eso, por grandón y fuertote, desembarcó en el cine y, tras Dios perdona, yo no, su encuentro con Hill, llegarían las dos películas que consagraron a ambos (ya es hora de que las mencionemos): Le llamaban Trinidad (1970) y, luego del éxito y la popularidad obtenidos, Seguían llamándole Trinidad (1972). 

Una tercera película, también de 1972, titulada adrede pero equívocamente Y después le llamaron el Magnífico, ha dado lugar a la idea errónea de una trilogía. El filme no tiene nada que ver, desde el punto de vista argumental, con los anteriores. 

Por añadidura, Spencer no trabaja en él. Por aquellos años, Almería era la sucursal andaluza del salvaje Oeste, el remedo desolado y polvoriento de Arizona o Nuevo México en una Europa sin otros páramos. Un Far West de imitación y pega. 

El cine italiano había descubierto las ventajas de los paisajes apropiados pero cercanos y, sobre todo, de los bajos costes. Muchos almerienses se ganaban la vida como extras y ese nombre, Almería, pasó a ser, en España y fuera de ella, sinónimo de una forma propia y reconocible de hacer un tipo específico de cine. 

Bud Spencer  hizo 16 películas con Terence Hill: Y si no nos enfadamos, Dos superpolicías en Miami, Y en Nochebuena se armó el belén, etcétera. Todas muy populares, pero ninguna como las dos de la serie Trinidad.
 
Fundamentalmente por ellas tiene Bud Carlo Spencer Pedersoli un lugar en la historia del séptimo arte. Lo suyo no dejaba de ser eso, un arte.

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