Tiempo de conocer las cataratas del Iguazú

Los rápidos y caídas de aguas rugientes cubren casi tres kilómetros compartidos entre Brasil y Argentina. El paseo será en el lado brasileño, en Foz de Iguazú, donde está el Parque Nacional Iguazú.
domingo, 10 de julio de 2016 · 00:00
Ivone Juárez Zeballos

Hace  500 años, en 1541  exactamente, las descubrió el explorador español Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que cruzaba el Atlántico desde Brasil hasta Paraguay. Seguramente sintió esa mezcla de sentimientos entre admiración, emoción y hasta algo de miedo, que experimentan los cientos de turistas que están en el lugar hipnotizados, envueltos en ponchos de nylon y acarreando cámaras fotográficas, filmadoras, largavistas  o solamente un celular para atrapar el momento.

No es para menos. Al ver a escasos metros esos rápidos y saltos de agua rugientes sobre un abismo escalofriante de casi tres kilómetros, compartidos por Argentina y Brasil,  uno piensa en lo pequeño e insignificante que se es ante la naturaleza y que sólo un poder supremo puede crear semejante maravilla. Más cuando desde los miradores se descubre la descomunal Garganta del Diablo, ese desfiladero de paredes de agua, cuya bruma que provoca niebla hace pensar que se trata de un volcán a punto de erupcionar en medio de una gran masa de agua.

 El hipnótico espectáculo natural tiene de marco  la espesa y verde jungla del Estado de Paraná, de Brasil.
Aunque la temperatura es de 21 grados centígrados, el frío cala los huesos, por la ropa mojada y una  humedad en el ambiente que bordea el 90%.

"La naturaleza es maravillosa”; "aquí se siente la presencia Dios”; "vale la pena vivir para ver esto”; "es impresionante ver algo así: son  hermosas pero, al mismo tiempo, generan temor”, expresan algunos de los que han llegado hasta el Parque Nacional de Iguazú, Brasil, para admirar las cataratas del Iguazú. Éstas se forman en el río del mismo nombre, antes de alcanzar al Paraná. Son consideradas las más grandes del mundo por sus 275 cascadas.

Desde los miradores, cientos se maravillan con el espectáculo natural, después de haberse acercado lo más que pudieron a las caídas rugientes por las pasarelas instaladas en el lugar. El poncho de nylon les ayudó sólo un poco para no terminar completamente empapados por la llovizna que provocan las caídas agua. Pero no importa, es lo de menos, porque el objetivo es remontar las caídas que descargan hasta 17.000 metros cúbicos de agua por segundo, "todo un océano cayendo a raudales”, como describió hace un par de siglos el botánico suizo Robert Chodat.

Ya desde los senderos y miradores por los que se desciende hasta las cataratas se ve a lo lejos diminutas embarcaciones: unas se acercan a gran velocidad a las caídas, otras se alejan. Sobre ellas, de rato en rato, se ve bandadas de aves negras que sobrevuelan las alturas: son los vencejos que se arrojan en picada hacia las potentes cortinas de agua.  Son el símbolo del Parque Nacional del Iguazú.

La aventura náutica

Después de un estimulante almuerzo, en unos de los restaurantes del Parque Nacional de Iguazú, comienza el descenso desde el corazón de la selva a través de Macuco Safari, un programa turístico que nos transporta a través del sendero Yacaratía, un recorrido a través de un bosque subtropical. En el lugar habitan una gran variedad de animales: coatíes, tucanes, monos, capibaras, yacarés y otros, pero no tenemos suerte y en nuestro paso no aparece ninguna especie; tal vez al regresar seamos más afortunados. El viaje dura unos 10 minutos, ascendemos al Puerto Macuco, desde ahí parten las lanchas rumbo a las cataratas.

Un grupo de anfitriones se ocupa de que llevemos los salvavidas. Abajo debemos tener los ponchillos de nylon. Como la aventura será muy mojada, es mejor dejar los zapatos para tenerlos secos al salir. Abordamos la lancha y comenzamos la travesía a contracorriente del río Iguazú  rumbo a las cataratas. Se comienza a escuchar los
clic´s de las cámaras fotográficas. Las selfies, por supuesto, no faltan. 
Los tripulantes inician el viaje suavemente, pero a medida que las aguas cobran fuerza pisan el acelerador … En el cielo, de rato en rato, aparecen los vencejos que planean sobre las aguas.  

De pronto ya estamos remontando los rápidos del Iguazú y la lancha golpea las olas que se rompen sobre los pasajeros. Son como baldazos de agua. La temperatura está baja, una brisa helada golpea el rostro, se siente mucho frío, pero las aguas de las cataratas son tibias. Los gritos y las risas estallan… A cada momento los chapuzones son más frecuentes y la lancha parecer perder el control, pero no es así, los tripulantes nos siguen acercando a las caídas.  Pero el tiempo se agota y hay que regresar, además es peligroso penetrar más esas aguas, los miles de metros cúbicos de agua que caen por segundo no son para jugar. La embarcación da vuelta y nos lleva de regreso al puerto, donde podemos encontrar algo de abrigo antes de tomar el vehículo que nos llevará de regreso por el sendero Yacaratía.

El cansancio se suma al frío que provoca la humedad, pero la adrenalina aún está latente… Hemos estado en las cataratas del Iguazú, las caídas de agua más inmensas e impresionantes del mundo, ésas a las que los guaraníes, sus primeros habitantes, le dieron ese nombre, que en castellano significa "agua grande”. 

Historia del "agua grande”

Científicamente, se sabe que las cataratas del Iguazú se formaron hace más de 200 mil millones de años, a partir de una falla geológica que generó un desnivel en el cauce del río Paraná. Esta falla provocó que la desembocadura del río Iguazú se convirtiera en una abrupta cascada que dio origen a los más de 270 saltos de agua de las cataratas. Sin embargo, existe una hermosa leyenda guaraní que explica, a través de una historia de amor y de la venganza de un dios, cómo apareció esta maravilla de la naturaleza. 

La historia dice que en el río Iguazú habitaba una monstruosa y temida serpiente cuyo nombre era Boi, a quien los indígenas debían ofrecer cada año como ofrenda una hermosa doncella. La última en haber sido consagrada para el sacrificio era la bella Naipi, pero un joven cacique, que había llegado recién a la tribu, la vio y se enamoró de ella; su nombre era Torobá. El muchacho intentó convencer a los ancianos de que no sacrificaran a Naipi, pero la respuesta fue negativa. Al encontrarse sin alternativa, decidió huir con Naipi, una noche antes del sacrificio.
 
Tomó una canoa y marchó con su amada por las aguas del Iguazú, pero Boi, enterado de la situación, se llenó de odio y, a coletazos, partió el curso del río, formando así las cataratas. 

La leyenda dice que el dios atrapó a los amantes: a él lo convirtió en árbol y lo dejó en la parte superior de las cataratas; mientras que ella la dejó en el agua, convirtiendo su cabellera en las caídas. Después de haber consumado su venganza, el dios se sumergió en la Garganta del Diablo, desde donde vigila que los amantes no vuelvan a unirse, pero en los días de sol, el arco iris se impone a Boi y une a los enamorados.

En 1984, la Unesco declaró a este paraíso Patrimonio Natural de la Humanidad y en 2011, en un certamen internacional, las cataratas del Iguazú fueron nominadas como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo.  

En el Parque Nacional de Iguazú

Las cataratas del Iguazú son parte del parque Nacional de Iguazú, una reserva natural de alrededor de 1.850 kilómetros cuadrados. Se encuentra en el Estado de Paraná, Brasil. La área protegida fue creada en 1939. En 1986 la Unesco declaró al lugar Patrimonio Natural de la Humanidad. 

El parque, que es uno de los principales atractivos turísticos de Brasil, está a 17 kilómetros de la ciudad de Foz de Iguazú, frontera entre Argentina y Paraguay. En la entrada se advierte un enorme letrero que da la bienvenida y nos recuerda que estamos en el umbral de una de las Siete Maravillas del Mundo: las cataratas del Iguazú. 

El ticket de ingreso al parque se lo compra en la boletería que está al ingreso (40 reales para los turistas, 80 bolivianos al cambio).  La oferta turística ofrece cuatro paseos, todos tienen como destino las cataratas: el sendero ecológico Pozo Negro, el sendero ecológico Banano, el paseo Macuco Safari y el espacio Puerto Canoas. 

El primero contempla una caminata o tramo en bicicleta de hasta nueve kilómetros para conocer la flora y fauna del lugar, y un paseo por el río Iguazú en gamones (lanchas). El segundo es un paseo de dos kilómetros, en los que se puede avistar pájaros de hábitos acuáticos. Éste continúa con un paseo en barco, a través del río, hasta la Isla Tacuara.

El Macuco Safari, considerado uno de los paseos más importantes, comienza en  medio de la selva, en movilidades panorámicas que llevan hasta un puerto, donde se aborda lanchas que van a contracorriente del Iguazú para adentrarse en las cataratas. El espacio Puerto Canoas está pensado como un descanso y es un amplio espacio, desde donde se puede admirar el parque en su conjunto y, obviamente, también las caídas de agua del Iguazú.

El Parque de las aves

El Parque Nacional del Iguazú de Brasil también contempla otro lugar paradisiaco: el Parque de las Aves, un espacio natural de 16,5 hectáreas, donde se puede admirar alrededor de 150 especies de aves de Brasil y de todo el mundo que habitan en un exuberante bosque. Muchas de las especies están en peligro de extinción, mientras que otras han sido rescatadas del tráfico de animales y del maltrato del hombre. 

El lugar parece un paraíso con elegantes flamengos que admiran su belleza en espejos que fueron colocados en el lugar para incentivar su reproducción. Un desfile de tucanes y papagayos de intensos colores deslumbran la vista y obligan a los visitantes a disparar las cámaras fotográficas. 

Pero no son sólo estos hermosos animales los que hipnotizan, sino también especies  raras traídas del otro lado del mundo, como el casuar, de Nueva Guinea, cuyo aspecto se parece al de un ave prehistórica, con patas robustas y garras enormes que impresionan. Pero no más que rostro de cuatro colores: un rojo que comienza en su moco o redecilla que cuelga de su cuello, donde comienza el azul, que a la altura de su pico comienza teñirse de blanco, hasta tornarse en el plomo de su gruesa cresta.

El Parque Nacional de Iguazú de Brasil con sus impresionantes cataratas es, sin duda, un paraíso que se debe visitar. La línea aérea Amaszonas hace su parte para que los bolivianos podamos gozar de este destino y hace más de un mes inauguró sus vuelos a la Triple Frontera de Brasil, Argentina y Paraguay, desde donde, en minutos, se llega a Foz de Iguazú, sólo portando el carnet de identidad boliviano.  Los vuelos salen todos los días de la ciudad de Santa Cruz, a las 17:00, y llegan a destino a las 19:45.
 
 
 
 
 
 
 

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