Reportaje

Escape de la prisión verde

Jesús Taborga, enviado a confinamiento durante la dictadura de Hugo Banzer, cuenta cómo logró una increíble huida de un campo en Alto Madidi hacia Perú y Chile.
domingo, 17 de julio de 2016 · 00:00
Alejandra Balderrama Parada

Transcurría agosto de 1971 y  Bolivia sufría el cruel golpe de Estado encabezado por el entonces coronel Hugo Banzer Suárez, apoyado por el Movimiento Nacionalista Revolucionario MNR, y Falange Socialista Boliviana FSB, partidos con los que instaura un gobierno militar de facto. 

Al día siguiente del golpe, el 22 de agosto, aproximadamente a las tres de la madrugada, en un domicilio de la calle Nicaragua en la zona de Miraflores, aparecen una docena de agentes del ministerio del Interior, fuertemente armados. Uno de ellos grita "¡Abran la puerta o la derribamos, aquí se guarda armamento y se esconden socialistas y comunistas subversivos!” "¿Entendieron carajo?”.

 "Sin atender ni entender razones, se metieron a la fuerza hasta mi dormitorio con pistolas en mano, saquearon mi vivienda, me llevaron entre golpes y empujones, en condición de apresado por miembros de la Dirección de Investigación Nacional (DIN)”, recuerda Jesús Taborga, que  fue el primero en llegar al recinto carcelario de San Pedro,   con la mirada fija en recortes de periódico y fotografías que guarda como un tesoro pírrico de aquella  terrible experiencia.

Poco a poco llegaron más dirigentes de organizaciones obreras, sindicales, políticas y populares, todos capturados  con la misión de silenciar y amedrentar a la oposición. 

"¡Ahora verán lo que es gobernar, comunistas de mierda!”, eran las palabras e insultos que escuchaban todo el día estos presos, para quienes  los días se  hacían largos. Los  pisos de cemento concentraban el   frío, que rebotaba a sus cuerpos. Ignoraban  cuál sería su destino.

Después de una semana de torturas físicas y psicológicas, Taborga y otros 69 apresados fueron trasladados a la base aérea de la ciudad alteña, para abordar una nave militar  de dos hélices, un Douglas C-47. "Pensamos en lo peor; que desde el avión nos lanzarían; ya era conocido que años atrás, exactamente en 1967, fue arrojado en el Chapare desde un helicóptero, Jorge Vásquez Viaña, El Loro, quien colaboró con Ernesto Che Guevara en la guerrilla de Ñancahuazú. Todas las ideas posibles rondaban por nuestras cabezas”, cuenta  Taborga en compañía de su esposa Yolanda Chávez, quien escucha atentamente y en silencio el relato de su compañero de vida.       

Una vez en el aire y tras aproximadamente una hora de vuelo, el avión empezó a disminuir la  velocidad y de pronto tomó contacto con la tierra. Al bajar,  los prisioneros -70 en total- se encontraron en medio de una selva inmensa y salvaje. Se acercaba el mediodía y la temperatura bordeaba los 40 grados. El intenso calor hizo que rápidamente se despojaran de sus ropas.   

Taborga y los demás prisioneros eran personajes identificados como de "izquierda” y él en especial, pues había participado anteriormente como dirigente de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).
Estaban en una prisión en la selva amazónica de Alto Madidi. 

 "Como se conoce, hubo un movimiento un año atrás, en 1970, en la UMSA,  inspirado por el Mayo francés, o Mayo del 68 en Francia. Se quería hacer cambios estructurales profundos en la universidad boliviana y hubo varios choques entre universitarios con bandas delincuenciales que apoyaban a la derecha, como los Marqueses. A partir de ese momento  fue fichado como comunista”, recuerda con nostalgia Yolanda Chávez, su esposa.

El infierno verde

"Al principio no sabíamos dónde nos encontrábamos. Mientras conversábamos , y queriendo obtener respuestas, escuchamos: "¡A trabajar carajo! ¡Empiecen a construir sus pahuichis! (vivienda rústica de palmeras y madera), ni el diablo escapa de este infierno verde!” cuenta Taborga, refiriéndose a estos  hombres armados, quienes se burlaban  constantemente de sus detenidos.      

El comandante militar del campamento asignó responsabilidades por grupos. La vida dentro del campo de concentración se hizo prontamente monótona y desgraciada. Entre  las tareas asignadas figuraban  cortar la palma, llevar al hombro hojas de motacú, recoger madera, cavar pozos y seleccionar bejucos y lianas.

La mirada de Taborga  se pierde por un momento y cambia el tono de voz.  Ya casi quebrado recuerda: "al pasar los días y las semanas, varios de los compañeros cayeron enfermos por inanición, paludismo, altas fiebres, nos defendíamos con trapos para no ser picados por mosquitos, tábanos, pulgas y demás las alimañas del lugar”.

Después de días, semanas y meses ya nadie quería alejarse y menos fugar de aquella inhóspita región, pues varias malas experiencias calaron hondo en el grupo.

 N. Antequera, un estudiante de medicina, entró al río, pisó una raya que lo picó. Estuvo varios días quejándose de dolor.  Otro caso, con más fortuna, fue el de Nicanor Hervas, quien se perdió en la selva por un día, tuvo que dormir arriba de los árboles, para no ser devorado por las fieras. Y  René Higueras gritó una noche: "¡auxilio!”.
 
Fue socorrido tras sufrir la picadura de una araña negra en la garganta.

Así transcurría su vida en aquel campo, sin esperanzas y acostumbrándose día a día al maltrato. Pero  Taborga entabló amistad con uno de los guardias, el cabo Felipe Mita, quien fue maestro rural en su comunidad, ambos individuos eran educadores y compartían el amor por la enseñanza. 

Desde entonces conversaban continuamente de sus experiencias al frente de una pizarra y fue cuando ambos soñaron con  un plan de fuga, pues el guardia compartía las mismas penurias del clima que los confinados.

 

Los que huyeron  de Madidi

 

- Arturo Montalvo 
- Jesús Taborga 
- Luis Mazzone Roca
- Jorge Rodríguez Rueda
- Dardo Suárez Justiniano
- Alejandro Pérez Méndez
- Juan Ramirez Torrico
- Matías Chuve Yaruba
- Benjamín Herrera Romero
- Felipe Mita Ticona
- Gregorio Humerez
- Edmundo Nina Sarzuri
- Lorenzo Vargas Huanca
- Daniel Bustillos Jove
- Daniel Yarari Sumpero
- Miguel M. Velasco

 

 

La idea de escapar de aquel inhóspito lugar se fue dando  poco a poco entre los más cercanos y confiables. Ponían a votación una serie de planes que tal vez podrían conducirlos a la libertad, o a la muerte... Al  final concluyeron que fugarían así sea  a costa de sus vidas. Lo primero que debían hacer era apoderarse del armamento de los vigilantes, reducirlos y ponerlos en custodia. Una vez con las armas en su poder  y el campo bajo  control,  procederían a secuestrar el avión, que debía llegar  el 30 de octubre, para escapar  hacia Chile, donde  Allende había ganado las elecciones y formó  un gobierno abiertamente populista.

La aventura

Se organizaron en dos grupos, uno de civiles y otro de militares. El grupo castrense estaba dirigido por el capitán Arturo Montalvo, quien fue asistente del general Juan José Torres.  Una vez que se cumplió con el objetivo se apresó al comandante del campo de concentración. "Ya solo esperábamos al avión, pero creo que calculamos mal, ya que lo estuvimos esperando ese día y otros más, la paciencia tiene un límite. Empezamos a cuestionar nuestro accionar, sin embargo al medio día del 3 de noviembre escuchamos el ruido de los motores y vimos que el avión dio varias vueltas antes de aterrizar. No sospecharon nada desde el interior; actuamos como de costumbre y nadie se dio cuenta que el campo era nuestro”, relata Taborga. 

Entonces, tomaron el  avión sin sobresaltos, pero  la tripulación y su capitán, Raúl Villaroel, quería que los confinados abortasen el escape hacia Chile, ya que solo había combustible para una  hora y media, insuficiente para llegar al destino trazado. 

Entonces surgió la idea de fugar primero hacia Puno, Perú, país bajo el mando del  militar Juan Velasco Alvarado, de tendencia populista. Despegaron hacia su destino sin tener en cuenta que en Puno no había aeropuerto; ni si quiera una pista de aterrizaje provisional. "Aterrizamos con el ‘Jesús en la boca’ y gracias al capitán Villaroel y a su pericia de buen piloto boliviano es que salimos ilesos de aquella horrible experiencia”, recuerda Taborga. 

Tras aterrizar en Puno, fueron trasladados hasta un centro médico donde fueron  atendidos. La prensa peruana seguía al grupo donde fuera y  estaba impactada por cómo este grupo de valientes había fugado hacia la libertad  de un campo de concentración, en una dictadura, y la hazaña de tomar dicho campo y luego robar un avión.

"Fugaron confinados de Alto Madidi en aeronave de las Fuerzas Armadas de Bolivia”, tituló  Hoy. "16 confinados fugaron de Alto Madidi a Puno secuestrando un avión”, dijo Presencia el 3 de noviembre de 1971) y "Fugitivos de Alto Madidi fueron conducidos a Arica”, destacó Ultima Hora.

"Tras permanecer el Puno nos dirijimos hacia nuestro destino planeado, Chile, donde recibimos el asilo político tan ansiado de parte del presidente Salvador Allende,pero 11 meses más tarde, en septiembre de 1971,   Augusto Pinochet protagonizó el golpe de estado más sangriento de América y tuvimos que salir exiliados nuevamente pero esta vez hacia Europa... Esa historia es para otra nota”, sonríe Jesús Taborga, moviendo positivamente la cabeza.
 
Café Moxos, el rinconcito

Conocí a Jesús Taborga en 2004; tuve el gusto y placer de compartir un sinfín de tertulias con él. Era algo así como una baraja de testimonios, historias y vivencias.  Hace un par de semanas fui a su rinconcito, el Café Moxos, como era habitual.  Me prestó la revista Tricontinental, la que, a primera vista, parecía no tener  valor alguno.  

Pero al pasar sus páginas me detuve  en la página 62 y allí estaba el grupo de valerosos hombres que fugaron de Alto Madidi (La prisión verde) en la dictadura de Banzer y alcanzaron la libertad en la Chile de Allende... y entre ellos estaba Jesús Taborga.

Le agradecí por prestarme la revista, pues estaba elaborando esta nota sobre la fuga de confinados políticos de aquella prisión.  Me  pidió que lo visite en dos semanas, cuando por fin se cumplió el plazo establecido fui con unas ganas locas de recibir unas fotografías que quedaron pendientes para la nota y algunas anécdotas más...
 
Llegué a la puerta de su rinconcito, pero me enteré de  que un día antes había fallecido.


 
 
 
 
 


 

 

 

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