Cine

Warcraft, un nada y un rotuno no

Muy espectaculares efectos visuales, logradísimos escenarios y asombrosas criaturas. Sí, pero, ¿y qué hay de lo que realmente debe mover una película?
domingo, 17 de julio de 2016 · 00:00
Sergio Benítez

 Warcraft: El origen empieza apostando fuerte. Primero, con ese pequeño prólogo que tanto recuerda a las magníficos intros que Blizzard nos ha ido ofreciendo en las distintas encarnaciones de su más famoso producto. 

Después, con un preludio en el que el espectador ya puede dar cuenta, y hacerlo de forma precisa, de la asombrosa perfección de sus efectos visuales, del esfuerzo que se vierte en hacer creíbles a los espectaculares orcos y, del tipo de épica desaforada que parece que va a dominar la función.

Tras ambas introducciones, subrayadas por la no menos rimbombante partitura de Ramin Djawadi, arranca de pleno una cinta a la que muy pronto comienzan a poder vérsele a la legua las muchas "vergüenzas” que la terminan convirtiendo en uno de los espectáculos más lamentables de lo que llevamos de año.

Pero antes de que lo que se atisba en el horizonte nos muela a palos a muy poca distancia, uno tiene la oportunidad de dejarse deslumbrar, como decía antes, por la espectacular reconstrucción que se ha hecho de Azaroth y la fuerza que se imprime a la Horda, que supera con creces, sin tener en cuenta ninguna apreciación más, a todo lo que de fantasía heroica hayamos visto hasta la fecha en la gran pantalla.

Muy espectaculares efectos visuales, logradísimos escenarios y asombrosas criaturas. Sí, pero, ¿y qué hay de lo que realmente debe mover una película? ¿Cómo trata ese fan irredente del videojuego que es Jones el guión y a los personajes? ¿Qué tal se desenvuelven los actores elegidos para la ocasión? Y el directo  ¿está a la altura de las circunstancias? De forma sucinta: nada, mal, peor y rotundamente no.

Como por algún sitio hay que empezar, hagámoslo por los personajes, directos responsables de una considerable parte del hartazgo y el distanciamiento que, trascendidos los 15 primeros minutos de metraje, se establece entre el espectador y lo que va trascendiendo en la pantalla. Unos personajes que no es que sean mal desarrollados, es que directamente no lo son, jugando Jones y sus dos compañeros guionistas a tirar de cuantos más arquetipos mejor para no complicar mucho el asunto.

Lo que ello provoca, y lo hace hasta límites que resultan alarmantes, es un desapego radical del respetable en lo que a los destinos de los personajes se refiere, algo a lo que no es ajeno la completa y total ausencia de un semblante dramático veraz y convincente: cada vez que muere alguien, y no son pocos los decesos, tanto da que lo haga o que se hubiera decidido que siguiera con vida, que se pasara al bando enemigo o que desapareciera sin más.

Tal es el nulo calado "dramático” de Warcraft: El origen -cuidado, que no le estoy exigiendo un nivel a lo Shakespeare, pero sí ciertas emociones que nos impliquen- que poco hubiera importado que los actores elegidos hubieran sido de primera fila teniendo en cuenta el limitado, por no decir inexistente, respaldo que otorga el libreto a los seleccionados.

Pero es que, para colmo, cuando uno ve pasearse a Travis Fimmel por la sala de guerra del rey como si estuviera hablándole a unos pandilleros; cuando tenemos que creernos que Dominic Cooper es un regente de los que hacen historia o cuando hemos de hacer decantar nuestras simpatías u odios hacia Paula Patton o Ben Foster, el juicio es el mismo: ¡a la hoguera con todos ellos!

Tamaña zancadilla a las intenciones del filme, de cualquier filme, termina haciendo trastabillar a un conjunto en el que sorprende, y no precisamente para bien, la total y absoluta ausencia de personalidad por parte de un Duncan Jones de cuyas dos producciones anteriores  no queda ni rastro en dos horas que, por lo menos, no resultan mareantes gracias al correcto hacer en la edición del veterano Paul Hirsch.

 


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