Cine

Primer plano es puro cine

El filme es único, inmenso, susceptible de ser objeto de tratados o tesis doctorales, de una fuerza subyugante, que sólo la verdad puede alimentar. Pero también es un experimento.
domingo, 24 de julio de 2016 · 00:00
Opiniones de los espectadores

Primer plano es puro cine. Moviéndose en los límites que separan a la realidad de la ficción consigue en todo momento mantener al espectador maravilladamente atento a la narración. 

La trama es sencilla: un hombre se hace pasar por un reputado director de cine ante una familia vecina.
 
Envenenándoles con falsas esperanzas de ser los protagonistas de su próxima cinta se aprovecha de ellos.   La suave y precisa mano de Abbas Kiarostami consigue que nos sintamos dentro de su universo cinematográfico con una dolorosa maestría.

Dice Jean Luc Goddard que el cine es "una verdad 24 veces por segundo”. Si bien la mayoría de los cineastas, y muy especialmente en el cine norteamericano actual, tienen por objetivo fabular 24 veces por segundo, hay aun quienes piensan que no hay historia más poderosa que la propia realidad, y que buena parte del mejor cine si nos llega es porque nos recuerda lo que somos o lo que podemos ser o lo que quisiéramos haber sido.

Kiarostami nos muestra, de una forma tan naturalista como potente, mezclando documentos reales con recreaciones de una realidad, la historia, no de un fraude, ni de un engaño, sino de la impostura de un amante del cine cuyo mayor anhelo es sentirse parte de ese mundo, y que la gente le vea como tal.

Es una historia tan maravillosa como triste en el fondo, que se podría llegar a entender, y hasta sus víctimas parecen haber entendido, aunque no así muchos espectadores que no ven más que un fraude de un aprovechado con oscuros fines. 

Es la Rosa púrpura del Cairo de Woody Allen, pero al revés, donde alguien apasionado por el cine, pretende pasar de espectador a estar al otro lado de la pantalla para imaginarse dirigiendo lo que allí acontece.

El filme es único, inmenso, susceptible de ser objeto de tratados o tesis doctorales, de una fuerza subyugante, que sólo la verdad puede alimentar. Pero también es un experimento y por momentos un documental dramatizado, en el que aparecen y actúan como actores los protagonistas reales, que son el propio suplantado Moshen Makmalbaf y su suplantador Sabzain, unidos por esta historia.

Sus protagonistas son reales. Son las personas que estuvieron inmersas en un episodio ocurrido en Teherán en el que una familia fue víctima de fraude por parte de un hombre que se hizo pasar por el director de cine Moshen Makhmalbaf, y durante dicha suplantación, pernoctó una noche en aquella casa y recibió 1.900 tomans en calidad de préstamo y sin intención de devolverlos. 

En 1990, un tomán equivalía a 8 riales y un rial se cambiaba por un centavo de dólar, lo que significa que la demanda era por una suma inferior a 20 dólares.

Un suceso como éste no interesa mucho a los estrados, pero sí interesó a H. Farazmand, un periodista que lo vio como una historia digna de Oriana Fallaci, y al director   Kiarostami quien, de inmediato, se unió a él para investigar, filmar el proceso y reconstruir lo sucedido en aquellos tres días en que existió Bogus Makhmalbaf, como apodó el periodista al hombre enjuiciado.

Como víctima, aparece la familia Ahankhah, cuyo hijo Mehrad tomará la vocería. Y como sindicado figura Hossein Sabzian, un hombre de humilde apariencia, separado y con dos hijos (uno a su cargo), pero de quien luego sabremos que es un hombre culto y con algunas posiciones bastante claras sobre cosas relevantes. Su pasión es el cine y es un gran admirador de Moshen Makhmalbaf, cuyas películas El ciclista y El matrimonio de los benditos, considera perfecto ejemplo de la labor que debe desempeñar un realizador ya que, según considera, "un auténtico artista es alguien que está cerca de la gente”.

 

 
 
 

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