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Lo que reconozco en mí, me ayuda a crecer

Aprender es parte de la vida; como es compleja, lo más natural es equivocarse.
domingo, 24 de julio de 2016 · 00:00
 
Bitia Vargas 
 La Paz
 
Uno de los primeros pasos hacia una transformación personal es el autoconocimiento. El autoconocimiento implica ser capaces de reconocernos sin los velos del ego, puesto que en su afán por protegernos, el ego siempre nos dirá que estamos bien como estamos, que lo que hacemos es normal, que los que tienen que cambiar son los demás.  

El ego trata de protegernos de realidades que no queremos ver, porque a veces éstas pueden ser desalentadoras o incluso devastadoras. Aunque su fin último sea protegernos de nosotros mismos, sin autoevaluarnos para identificar nuestras debilidades, jamás podremos trabajar en ellas de manera consciente, y de no hacerlo, difícilmente nos transformaremos en mejores personas.

La autoevaluación es un proceso que no sólo nos permite enfocarnos en identificar nuestras debilidades, también nos permite reconocer nuestras fortalezas con el objetivo de continuar desarrollándolas. Nos permite ser conscientes de las capacidades personales que ayudan al mejoramiento del mundo, invitándonos a continuar ejerciéndolas. Este reconocimiento es un gran motivador para el crecimiento.

Si bien es cierto que la autoevaluación, al desprendernos de nuestro ego, nos hace sentir desprotegidos causándonos malestar (no es agradable reconocer nuestras faltas), esa sensación termina cediendo cuando nos damos cuenta que podemos cambiar   si somos disciplinados y comprometidos, porque entendemos que nuestras debilidades dañan a nuestro entorno y también a nosotros.   

No es sencillo darnos cuenta de que somos iracundos, envidiosos, avaros o injustos. Tampoco es sencillo potenciar nuestra bondad, nuestro deseo de compartir, de ayudar, de servir; por ello evitamos la tarea de autoevaluarnos. Si intentamos hacerlo, es muy probable que el ego se interponga decenas de veces, replicando excusas, cegándonos, justificando nuestros errores, asegurando que hay razones muy válidas para ellos, haciendo comparaciones piadosas  "soy mejor que muchos otros, ¿para qué cambiar?”.  

Pero esta comparación resulta débil y poco honesta, porque como seres humanos, la mayoría tenemos errores, unos más que otros. La comparación sólo es válida cuando lo hacemos no con personas, sino con ideales. En vez de comparar nuestra conducta con la de un amigo, debemos hacerlo con acciones que se acerquen más a los principios universales, haciéndonos preguntas  como: ¿yo practico la igualdad entre hombres y mujeres?
 
 ¿Cómo lo hago?

Aunque esto resulte mucho más difícil, nos ayuda enteramente a vernos como somos, como estamos obrando, como estamos viviendo.

La transformación personal no es algo que sucede de repente , implica un trabajo diario, un trabajo que probablemente se alarga por el resto de nuestra vida, pero al autoevaluarnos de manera constante ya tenemos una gran parte del camino recorrido.  

Por tanto, este proceso precisa que nosotros seamos decididos, valientes y humildes para reconocernos. También requiere que seamos constantes y comprometidos con nuestra transformación individual, a la vez que vamos desarrollando una actitud de aprendizaje. De no tener esa actitud, corremos el riesgo de que la autoevaluación se convierta en algo nocivo que melle nuestra autoestima y dañe nuestro autoconcepto. 

Debemos recordar que aprender es parte de la vida, y que la vida es compleja. En ella se presentan pruebas y desafíos, y lo más natural es equivocarse. Reconocer nuestras fortalezas es de gran ayuda cuando queremos sobrepasar una prueba; por ende,  cuando nos equivocamos y aprendemos mejoramos. Lo mismo sucede con nuestras debilidades, una vez que están allí visibles, tenemos el poder de transformarlas.  

Todo lo que nos lleve a un aprendizaje es una poderosa herramienta que nos ayuda a alcanzar ese yo ideal que en el fondo todos anhelamos alcanzar. 

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