Especial

Gaudí, sublime y mágico

La Sagrada Familia, en Barcelona, es un monumento sorprendente, aparatoso, fantástico, onírico, casi excesivo, un ejercicio naturalista de singular belleza que a nadie deja indiferente.
domingo, 3 de julio de 2016 · 00:00
Amalia González Manjavacas

El templo de la Sagrada Familia es la obra cumbre de Antoni Gaudí, ícono de la arquitectura modernista, de inspiración en la naturaleza, donde se incorporan las novedades de la revolución industrial, como el hierro y el cristal, materiales que Gaudí elevó a lo sublime o mágico. 

Antoni Gaudí (1852-1926)  era hijo de un calderero y compaginó sus estudios con el trabajo en estudio de arquitectos, pero también en talleres de carpinteros, cristaleros y cerrajeros, donde aprendió estos oficios y que influyó en sus obras.

Consideradas como maravillas arquitectónicas, sus obras como las barcelonesas Casa Vicens, Casa Batlló o Casa Milá; la Casa Díaz de Quijano, de Santander (norte español); el  Palacio Episcopal de Astorga (León, norte de España);   la Casa de los Botines en León capital o  la restauración de la catedral de Palma de Mallorca (islas Baleares) entre otras, no dejan indiferente a nadie.  

SIMBOLISMO Y CAPRICHO

Este templo fue un proyecto ajeno a Gaudí que comenzó en 1882 y el arquitecto lo tomó un año después. Según su proceder habitual, a partir de esos bocetos generales del edificio fue improvisando la construcción a medida que avanzaba. En él pasó prácticamente recluido los últimos 16 años, como un asceta, y en su cripta descansa eternamente.    

El proyecto original fue encargado a Francisco de Paula del Villar y Lozano, que ideó un conjunto neogótico pero pronto abandonó las obras por discrepancias con los promotores y se las ofreció a Martorell, quien rehusó en favor de Gaudí, su mejor ayudante. Desde 1914 se dedica exclusivamente a construir el Templo de la Sagrada Familia. El artista comentó: "El templo es la manera más  digna de representar el sentir del pueblo”.    
   
La iglesia tiene  tres fachadas dedicadas a Cristo: Nacimiento, Pasión y Gloria, dos sacristías, un baptisterio y cripta. Actualmente están finalizadas las del Nacimiento que la terminó Gaudí, y la de la Pasión. La de la Gloria, que será la principal, está aún en construcción. 

El templo tendrá 18 torres: cuatro en cada una de las tres fachadas y, a modo de cúpulas, se dispondrán las otras seis torres,  una torre central sobre el cimborio dedicada a Jesús,  de 170 metros de altura, un  segundo cimborio dedicado a la virgen y cuatro alrededor de ésta,  dedicadas a los evangelistas.  Todo en esta obra es a lo grande, rayando lo excesivo, la superficie final será de 4.500 metros cuadrados, con una capacidad para 14.000  personas.    

 

GAUDÍ, CATÓLICO Y MASÓN

Hombre de profunda fe pero analítico, racional y espiritual, y gran  observador de la naturaleza, su aporte a la arquitectura supuso una rotura de los esquemas establecidos, tanto en la forma como en los sistemas constructivos y estructurales, fruto de una metodología propia, única y sin precedentes.

Nacido en Reus (Tarragona, al sur de Barcelona),  la mayor parte de sus amigos eran masones. Trabajó en un tiempo bajo el mecenazgo del conde de Güell  (reconocido masón) y uno de sus discípulos más conocidos, Joan Rubio i Bellver, también lo era. Todo ello en un tiempo, entre el siglo XIX y principios del XX, en que la mayoría de los intelectuales republicanos, monárquicos, católicos, agnósticos, o ateos, pertenecían a la orden.  

En la Sagrada Familia encontró la mejor forma de servir a Dios y a los demás.  Gaudí proyectó una iglesia de grandes dimensiones, con planta de cruz latina y torres de gran altura, en la que se delata una importante carga simbólica, tanto en arquitectura como en los grupos escultóricos, con el objetivo final de ser una explicación catequética de las enseñanzas de los evangelios y de la Iglesia.

Todas sus obras aparecen repletas de simbología masónica, para negar la evidencia, pero lo sorprendente y novedoso es que Gaudí se atreva con ella para levantar un templo católico.  Aún así, es cierto que la mayoría de los símbolos masónicos están sacados de la iconografía católica, al igual que los tres grandes planos: El Físico, El Mental y El Espiritual. 

El compás y la escuadra, el cuadrado con casillas que suma 33, la barca, el huevo, el dragón, el ojo del creador…  "Todo el mundo encuentra sus cosas en el templo: los campesinos ven gallinas y gallos; los científicos, los signos del zodiaco; los teólogos, la genealogía de Jesús; pero la explicación, el raciocinio, sólo la saben los competentes y no se debe vulgarizar”, opinaba el artista.

Los instrumentos de trabajo, alusión directa a los gremios masónicos  el martillo y la regla, el cincel, el mandil, la escuadra y el compás, la plomada del albañil... figuras y cuerpos geométricos, se repiten a lo largo de su estructura.  Todo bajo la mirada del ojo, dentro de un triángulo, de la Providencia, con los rayos de luz que emanan de él, símbolo de la vigilancia de Dios.                
                          
Otros símbolos esotéricos que se pueden ver en la iglesia son el laberinto o la salamandra, como elemento referente del hermetismo y la alquimia, el número cinco, como primer número "universal” que representa al hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci. 

Gaudí murió con fama de santo y un grupo de intelectuales promovió, en 1992, la apertura de su proceso de beatificación, constituyendo la Asociación pro Beatificación de Gaudí.            
  
El artista  fue enterrado en la cripta de La Sagrada Familia, en la que vivió prácticamente enclaustrado en su propia obra, como forma de vivir  evangélico, abandonando la buena vida de burgués a la que estaba acostumbrado. De hecho también dejó esa mundana forma de vestir y en alguna ocasión fue confundido con un pobre.

Genio universalmente reconocido, no sólo revolucionó la arquitectura, sino que su obra polifacética incluyó diseño de muebles, mosaicos, elementos decorativos o hierro forjado y daba inusuales formas y tamaños a cualquier elemento que formara parte de sus construcciones.

Tras su muerte, su nombre y su obra encalló en un periodo de ostracismo, hasta que las corrientes vanguardistas y el movimiento internacional le recuperaron y fue presentado como un ejemplo de modernización y renovación de la arquitectura del siglo XX con una visión casi futurista. 
 
 
 
 
 
 




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