Gastronomía

De Alejandría a Manhattan: extravagantes

Un restaurante de Manhattan ofrece el postre golden opulence sundae a 1.000 dólares por ejemplar. Ciertamente, es opulento: lleva oro en láminas de papel de oro comestible de 23 quilates.
domingo, 14 de agosto de 2016 · 00:00
Caius Apicius Madrid
 
Cuenta Cayo Plinio Segundo, más conocido como Plinio el Viejo, que la reina Cleopatra, por ganar una apuesta a su amante Marco Antonio, llegó a disolver en vinagre una perla valorada en cinco millones de sestercios... y a beberse la disolución. Plinio, que murió durante la erupción del Vesubio, cuenta esta anécdota en su monumental Naturalis Historia, un compendio del saber de la época, más allá de lo que hoy entenderíamos por Ciencias Naturales. Ah, digamos, para hacernos una idea, que un sestercio de tiempos de Vespasiano equivaldría hoy a una cantidad comprendida entre 1,3 y 1,5 euros.

Al parecer, la egipcia había apostado al romano que sería capaz de darle una cena de diez millones de sestercios. Antonio aceptó. La cena fue espléndida, pero no llegaba ni con mucho a ese presupuesto. Entonces, la reina se quitó uno de los dos pendientes que llevaba, dos perlas de buen tamaño, y preguntó al general:
 
"¿Cuánto crees que vale esta perla?”. Antonio contestó que cinco millones de sestercios y Cleopatra, entonces, la echó en una copa de vinagre, que la disolvió, y se la bebió. 

Ofreció la otra a Antonio, que la rechazó y prefirió que siguiera adornando la oreja de Cleopatra, de la que, al contrario de lo que pasa con su nariz, nada sabemos. Pero se bebió (si es cierto, claro que no vamos a dudar del viejo Plinio) entre siete y siete millones y medio de euros.

Bueno, una extravagancia de quienes lo tenían todo en un mundo en el que la inmensa mayoría no tenía nada.
 
Veo en un blog que hay un restaurante de Manhattan, cuyo nombre me niego rotundamente a publicitar, que parece ser frecuentado por clientes que, a escala más modesta, se sienten émulos de Cleopatra VII, la última de los Ptolomeos.

Presume (el sitio en cuestión) de tener un postre llamado golden opulence sundae (el nombre ya es una declaración de intenciones), creado para celebrar un aniversario de la casa, que se sirve, previa petición por adelantado, al módico precio de mil dólares por ejemplar. Ciertamente, es opulento. Y oro lleva: tanto en láminas de papel de oro comestible de 23 quilates (ya son ganas) como revistiendo las almendras que decoran el helado de vainilla con granos de esa especia procedentes de Tahití y chocolate de una marca al parecer carísima, entre otras cosas. Sinceramente, creo que quien pague mil dólares por esto debería ser gravado por el fisco estadounidense con cinco o seis mil más por concepto de impuesto a la estupidez.

No queda ahí la cosa. En el mismo lugar presumen de ofrecer la hamburguesa más cara del mundo, 295 dólares. Al parecer, está hecha con carne de buey wagyu (hay que ver qué prolíficos se han vuelto en pocos años los bueyes japoneses), hecha con mantequilla a la trufa blanca, sazonada con sal ahumada del Pacífico y servida con una loncha de un artesanal y escasísimo queso cheddar.

Además, una rodaja de huevo de codorniz, nata y caviar Kaluga (se cotiza a unos 4.500 euros el kilo y procede del río Amur, en la frontera ruso-china). ¿Que no es para tanto? Pues no; pero, como en el caso de Cleopatra, lo caro viene siendo el añadido: se pincha con un palillo hecho con oro y diamantes. Visto así, es barata. Si hay que devolver el palillo, no tanto. De todos modos, esa hamburguesa sería un chiste para la egipcia: sólo 170 míseros sestercios...

Y mientras, por aquí, la hamburguesa (mini hamburguesa, para ser más exactos) se ha convertido en la reina de las gastrofiestas, en la protagonista de las cartas de los gastrobares... y en el producto por el que la gente hace colas enormes cada vez que las regalan. Hay sitios especializados en champán y hamburguesas, lugares bautizados como gin & burger (a fuerza de poner ensalada en el gin tonic, era inevitable acabar acompañándolo con una hamburguesa)...

También reaparece con fuerza el perrito caliente, el hot dog: tendrían que ver ustedes las colas que había ante los puestos de perritos en la reciente fiesta de la madrileña calle de Jorge Juan, en el mismísimo barrio de Salamanca, barrio de "gente guapa” por antonomasia. Increíble.

¿Renace la afición por la hamburguesa? ¿Vuelve la fiebre por el perrito al estilo de Manhattan? Sinceramente, mi respuesta es: no. Se ofrecen mini hamburguesas y perritos en locales más o menos gastronómicos por la sencillísima razón de que es de un género barato. Y se forman las mismas colas que se formarían si lo que se repartiese fuesen huevos cocidos con mayonesa, y hasta sin ella, porque son gratis, y eso provoca aglomeraciones en todas partes.

Y, mientras, un puñado de esnobs (por llamarles algo suave) jugando a ser Cleopatras y Antonios en esa Alejandría de hoy que es Nueva York. Qué verdad es que Dios da pañuelo al que no tiene mocos y, lo que es peor, viceversa: llena de mocos a quien jamás lleva pañuelo.

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