Ad Libitum

Hijitos de mamá

domingo, 21 de agosto de 2016 · 00:00

Guery Zabala Gumucio

 

E s muy frecuente que cuando se inicia una terapia de familia o de pareja, y se habla con las personas de manera individual, se presentan casos de  hijos  totalmente vinculados y  dependientes emocionalmente de sus madres, algo que llamamos comúnmente  mamitis…

La falta de un corte, de una separación  (función del padre, sea simbólica o presencial) en la demanda materna que lo pide todo (mi hijo es todo para mí), hace que se pueda convertir en un foco importante de angustia para los hijos  que sienten  que a su madre le deben todo por haberles dado la vida.  Al ser una deuda que sólo genera la madre , el hijo  no encontrará, a lo largo de su vida, forma de pagar.

Estas mujeres cobran una "deuda” que le han hecho contraer al hijo por su existencia. Pero es una deuda perversa, porque no se la puede pagar nunca; el hijo queda  sin argumentos, desprotegido y a merced de la manipulación de la madre, que teme tanto que el hijo, o la hija, crezca, se independice y se haga un sujeto independiente de ella, que busca cualquier pretexto para que  se mantenga siempre a su lado y bajo su mando.
Todo esto inicia cuando el niño  recibe afecto, cuidado y comprensión durante su infancia. Sin embargo, hay madres que quieren cobrar todo esto, transformando estos actos de amor en una inversión, por lo que los hijos  se sienten engañados ya que su madre les repite: "yo te di la vida… a mí me debes tu vida…, soy tu madre… yo me sacrifiqué por ti...” En esta situación los hijos  no cuentan con armas para defenderse porque, además,  el padre no logró hacer reconocer  su autoridad y los límites en esa relación perversa.

En algunos casos los hijos pueden terminar alejándose de su madre y no quieren saber de ella, pues son personas que demandan mucho y dan poco. La persona que da la vida puede, en su demanda, despreciarla. 

Una gran mayoría considera que los mandatos de su madre   no pueden apropiarse de su vida, aunque muchos otros   no logran finalmente ser sujetos independientes y se amoldan para satisfacer constantemente todas y cada una de las demandas de sus madres.

Se debe recordar siempre que el fin de la familia es que sus integrantes sean independientes.  Al igual que la pareja, ambos se deben emancipar, es decir, dejar de ser necesarios. Deben  ser personas individuales, (no individualistas), donde cada uno  tenga su forma de ser, sus características y que, si se abandona la familia de origen, no se  viva esto como una traición, sino  como un deber cumplido. Los hijos deben ser capaces de generar su propia familia; porque ésta se  vuelve disfuncional cuando no permite que sus miembros se desvinculen ni emancipen.

Amar es dejar partir, dejar que las personas que amamos se vayan; amamos a nuestros hijos sólo cuando aprendemos a amar lo que aman y lo aceptamos. No limitando su capacidad de autonomía, no   imponiéndoles sus sueños, les dejamos soñar por sí mismos, los acompañamos sin necesidad de arrastrarlos ni empujarlos. 

No los manipulamos ni hacemos que hagan cosas que como padres nos harían felices, sino que buscamos su felicidad, su crecimiento, su desarrollo,  estando en sus aciertos y más en sus desaciertos, pero no para incapacitarlos o decirles que no pueden, sino   para motivarlos a que aprendan  de lo que vivieron.

Así, los hijos tendrán  la seguridad y convicción de que en cualquier momento pueden retornar a su casa, a sus padres, tomar fuerza y seguir creciendo.
 

Recordemos siempre que la familia cuida, es decir: hacer por el otro lo que todavía no puede hacer por sí mismo; protege: tiene que ver con la búsqueda de consuelo, es el sentimiento de indefensión que te hace buscar consuelo y legitima:  reconoce a los hijos  como personas y permite que crezcan como seres individuales y como personas libres.

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