Reportaje

Mentes rotas

En una década de operaciones, más de 7.000 pacientes han pasado por el centro de rehabilitación mental San Juan de Dios. Cada vez hay más personas que requieren atención por las “adicciones del siglo XXI”.
domingo, 28 de agosto de 2016 · 00:00
Fernando Chávez Virreira  / La Paz

Esquizofrenia, adicción, depresión, psicosis y otras enfermedades que afectan la mente humana y que preferimos tener lejos, hoy son una realidad en cientos de personas que no pueden lidiar solas ante una serie de trastornos psicológicos que dividen y destruyen familias. 

Se puede definir las enfermedades mentales como alteraciones de los procesos cognitivos y afectivos del desarrollo, consideradas como "anormales” con respecto al grupo social de referencia del cual proviene el individuo.

Según la Organización Mundial de la Salud, existen 400 tipos de enfermedades mentales, que pueden ser agrupadas en trastornos afectivos (depresiones y distimias); trastornos de ansiedad (fobias, angustias, obsesivos compulsivos); adicciones; trastornos psicóticos (esquizofrenia, bipolaridad) y trastornos relacionados a la tercera edad (demencias, trastornos del sueño).

En el país, como en todo el mundo, uno de los problemas más comunes y graves es la adicción al alcohol. 

"Atendemos todas las adicciones pero el mayor problema es la adicción al alcohol, aunque hoy el espectro se ha ampliado a las llamadas ‘adicciones del siglo XXI’, como la adicción al celular, a internet, a Facebook, hasta a Pokémon”, dice Ricardo Ramos, director médico del centro de rehabilitación y salud mental San Juan de Dios.

Por ello, hoy la ciencia moderna ya no se refiere a la adicción con ese término, sino que utiliza el concepto de comportamientos adictivos.

 Adicción a Facebook

"Yo he internado a muchos pacientes con adicciones que no son a sustancias. El concepto de adicción ha estado ligado a ciertas sustancias durante siglos; pero ahora hay adictos al celular, o al trabajo”, explica el doctor Ramos, y agrega que tienen las mismas consecuencias que la adicción a alguna sustancia: abandono de la familia, problemas  laborales; problemas de disposición de tiempo y de dinero, todo por ese factor "que se vuelve central en la vida del paciente”. 

"Tengo un paciente que es adicto a Facebook; no duerme; está con el celular al lado y cada vez que recibe alguna notificación hace un comentario; duerme interrumpidamente toda la noche y todo el día está conectado a esa red. Su vida es Facebook, entonces ya no tiene interacción social con su familia”, cuenta el especialista. 

Según Ramos, aunque Pokémon Go tiene pocas semanas de existencia, ya ha comenzado a ver comportamientos adictivos en gente que deja de trabajar o corre el riesgo de ser atropellada por jugar con esa aplicación.

"Había un paciente que vino a curarse de su adicción al alcohol; finalmente dejó de beber pero no podía dejar de fumar y a través de las rejas del hospital, él cambiaba chocolates finísimos por cigarrillos. Llegó a pagar 50 bolivianos por un cigarrillo”, relata el doctor.

Tras ese episodio, el hospital colocó rejas que no permiten que los pacientes puedan tener algún tipo de contacto con el mundo exterior.

El hospital San Juan de Dios es un centro de tercer nivel, especializado en psiquiatría. Es privado, pero trabaja también en convenio con el Estado; el Ministerio de Salud provee algunos ítems y la Gobernación otros. El resto de los ítems de los profesionales son cubiertos por fondos propios y por donaciones de distintas organizaciones y empresas.

Un plan soñador

Este sanatorio es una realidad gracias a la visión y compromiso del padre Juan Ruiz Mancebo, español que reside en el país hace 42 años, fundador e impulsor de este proyecto desde su gestación hace 20 años. 

El centro de rehabilitación acaba de cumplir una década de funcionamiento, periodo en el que más de 7.000 pacientes permanecieron internados en sus instalaciones tratando de superar algún tipo de trastorno psicológico. Allí trabajan ocho psiquiatras, cuatro psicólogas, tres trabajadores sociales y un grupo de enfermeras.

Funciona en el barrio Irpavi II en un gran  predio de 6 hectáreas. Aunque el hospital se registra como "de tercer nivel” por su especialidad, sus instalaciones son de primer nivel. Además de los cinco pabellones, cuenta con un área administrativa, una pequeña iglesia, una cocina completamente equipada y un gran jardín, donde algunos de los pacientes pueden pasar tiempo libre bajo el sol, y salas donde se imparte educación especial a los pacientes.

Además, cuenta con salas especializadas en las que algunos  pacientes reciben educación especial. Hay talleres de técnica vocacional, de costura y bisutería, talleres ocupacionales, de matemáticas,  una sala de video y hasta un gimnasio que funciona con equipos donados.

Los pacientes que han logrado dominar las técnicas, producen bolsos, almohadones y una serie de objetos que les permiten generar algunos ingresos. 

El centro tiene 162 camas distribuidas en cinco pabellones; dos de éstos (con más de 60 camas) están ocupados por pacientes denominados de "larga estancia”.

"Ellos padecen enfermedades mentales crónicas; con daños cognitivos muy profundos; son personas totalmente dependientes de la asistencia: necesitan ser vestidas, alimentadas y aseadas.  Y la gran mayoría no tiene familiares; o si los tenían, los han abandonado…”, cuenta el médico a Miradas. 

Alrededor de la mitad de los pacientes en San Juan de Dios sufre estas enfermedades, pero la demanda es mucho mayor; por ejemplo los pacientes del IDAI, que cuando crecen y son mayores no tienen a dónde ir.

El pabellón llamado de "agudos”,  se ocupa de las enfermedades mentales más notorias, como la psicosis, la esquizofrenia, cuadros maníaco-depresivos y todo tipo de trastornos mentales que provocan crisis en la casa, en la familia y en la calle.

"Cuando llegan se internan en esa unidad de ‘agudos’ por unas semanas, quizá hasta un par de meses, hasta que se estabilizan completamente y pueden volver a la familia, o a su trabajo”, destaca Ramos.

Pero antes de salir deben pasar por otra unidad, la de intermedios, donde se prepara a los pacientes para su reinserción a la familia y a la sociedad.

Esa unidad ahora enfrenta muchos problemas porque hay muchos familiares que no recogen a los pacientes. "Tenemos 30 camas allí y 14 están ocupadas por pacientes a los que sus familiares no recogen. Nos los quieren en casa y buscan por todos los medios que se queden aquí, siendo que ya están estables y ‘funcionales’”, dice Ramos.

Desconexión con la realidad

Consultado sobre "el caso más difícil” que este centro de rehabilitación ha atendido, su director afirma que "no hay un caso más difícil que otro porque en realidad todos son complicados. Una persona, cuando sufre una enfermedad mental, por ejemplo esquizofrenia, es como que la mente se rompe; de ahí viene el término de esquizofrenia: mente rota. Su desconexión con la realidad es muy profunda, muy seria y algunos son más complicados que otros por el avance de la enfermedad”. 

Esta es una enfermedad que se inicia entre los 18 y 22 años, y es más difícil de tratar cuanto más madura es una persona. "Una persona esquizofrénica de 50 años, por ejemplo, difícilmente podrá conseguir trabajo, incluso es muy difícil  que pueda permanecer dentro de la familia. Ese tipo de pacientes son los que permanentemente entran y salen del hospital”, explica Ramos.

Según detalla el especialista, esa desconexión con la realidad se presenta con alucinaciones auditivas, por lo general, y delirios, una creencia en algo; por ejemplo: "yo vengo de otro planeta”. 

Lo ideal es que estos pacientes permanezcan medicados todo el tiempo. "Lo riesgoso es que toman (medicación) por un tiempo, se estabilizan y luego dicen ‘ya estoy bien’, ‘ya estoy sano’, dejan la medicación y el problema se presenta nuevamente”, advierte.

Pese al esfuerzo de todos los profesionales que allí trabajan, han ocurrido cuatro suicidios en el transcurso de estos primeros diez años de vida del hospital. "Es algo que ocurre en este tipo de hospitales y son situaciones muy difíciles de prevenir. Tomamos todas las precauciones para, por ejemplo, mantenerlos alejados de objetos cortantes o peligrosos, pero no falta el que se las ingenia”.

No es como en las pelÍculas

Para el padre Ruiz, "tenemos la imagen de la psiquiatría que nos dan las películas; pero acá no tenemos camisas de fuerza, no tenemos habitaciones acolchadas, ni cadenas. Nosotros sujetamos a un paciente máximo por un par de horas cuando se pone mal, hasta que el medicamento le hace efecto”.

"Lo que hace falta es un buen médico que aplique un buen tratamiento. Hay pacientes  que pueden llegar a agitarse mucho y que se ponen muy agresivos, pero dos personas lo calman, le ponen un medicamento y se lo tiene dos o tres días sedado”, afirma.

La experiencia de más de cuatro décadas en esta área le permite decir hoy al padre Ruiz  que "hay que tener cuidado”. "Nunca hay que ir solo a ver a un enfermo; deben ir dos o tres con el fin de reducirlo si algo sale mal, pero sin agredirlo y sin dañarlo”.

¿Algún paciente ha escapado de este hospital? "¡Sí!”, exclama sin dudar un segundo. "Esto no es una cárcel, tenemos una protección necesaria, pero se han presentado algunos casos. Aunque en un par de horas o al día siguiente están de nuevo aquí…”

"Llevo 42 años viviendo en Bolivia tratando a enfermos mentales y nunca he pasado por una situación extrema; máximo un paciente que me dio un ‘sopapo’, pero no hay esas situaciones que vemos en las películas, de gente atada con cadenas”, destaca el fundador del centro. 

El director del hospital resalta que se está  proponiendo establecer lo que se llaman las "casas de medio camino, o casas protegidas”, que las hay en todos los países del mundo, hogares donde viven de ocho a diez pacientes que sufren adicciones o algún desorden psicótico, que ya están estables y viven juntos con un control de trabajo social y con supervisión. El paso de un paciente por estas casas hará más fácil su reinserción a la sociedad.

Además de atender las enfermedades, el hospital estimula la salud mental. "La salud mental tiene que ver con la honestidad, con la buena relación entre personas; los valores en general del ser humano; comportamiento, convivencia, relaciones laborales. Todo eso es vital para lograr una estabilidad emocional y afectiva”, sostiene Ramos. 

El trabajo del hospital con la familia también es importante. "Un paciente con una enfermedad mental enferma a toda la familia; es un conflicto para todos en la casa, por eso trabajamos con las familias, primero, para que entiendan la enfermedad,  luego, para que los atiendan adecuadamente y, finalmente, para que eviten las recaídas”, concluye el psiquiatra.
 
De adicto al alcohol a operador terapéutico

Lo recuerda con claridad meridiana. Antonio ingresó al hospital San Juan de Dios el 22 de enero de 2009 a las 11:30 por su adicción al alcohol.

"Comencé el tratamiento con el doctor Ramos. Aquí me hicieron entender  el gran problema en el que estaba metido. Entonces adquirí conciencia de mi enfermedad y comencé el tratamiento. Me gustó y le dediqué tiempo completo”, cuenta este hombre en el jardín central del centro.

Pero una vez superada su adicción tras un año de rehabilitación e impulsado por ayudar a sus "compañeros”, como él los llama, Antonio comenzó a trabajar en ese nosocomio como operador terapéutico desde marzo de 2010. 

"El trabajo es experiencia y la experiencia hace al maestro. He leído bastante y me he formado, pero lo que más me ayuda es  que yo vivo aquí adentro. Porque cada chico es un mundo; cada chico es muy especial”, afirma. 

"Trabajo aquí hace cinco años y aprobé un examen y ahora tengo un título de operador terapéutico. Soy casi propiedad del hospital”, continúa este expaciente.

"Gracias a Dios y apoyándome en un poder superior he podido adquirir conocimientos y ahora estoy trabajando en mi madurez emocional, que se tiene que trabajar toda la vida”, cuenta.

Según  explica, la abstinencia y la madurez emocional conducen  a la sobriedad. ¿Y qué es la sobriedad? Mantenerse en abstinencia. 

"Es fácil decirlo, pero muy complicado hacerlo, especialmente en la madurez emocional, que constituye el  95% del problema de un alcohólico; el 5% es el alcohol”, dice Antonio.
 
 
 
 
 
 

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