Entrevista

El Tío de la mina en la obra de Montoya

El autor habla de su relación literaria con este personaje. ??o Lo he incubado en mi subconsciente desde que tengo memoria, desde que vi su estatuilla demoniaca en una de las galerías de la mina en Siglo XX???, confiesa.
domingo, 07 de agosto de 2016 · 00:00
Lourdes Peñaranda Morante *

El escritor Víctor Montoya, autor de obras relacionadas al mundo minero, aceptó concedernos esta entrevista en Ciudad Satélite de El Alto, donde reside desde que retornó a Bolivia el 2011, tras haber vivido más de 34 años en Suecia, país al cual llegó exiliado durante la dictadura militar de Hugo Bánzer Suárez.

La lectura de sus libros El laberinto del pecado, Cuentos de la mina y Conversaciones con el Tío de Potosí, que tienen su eje temático en los centros mineros del altiplano, despierta la curiosidad por conocer algo más acerca del autor y por saber cuáles fueron las razones que lo motivaron a escribir sobre el Tío de la mina, uno de los seres mitológicos más inquietantes de la cosmovisión andina. 

Algunos dicen que este autor paceño, que pasó su infancia y adolescencia en los distritos mineros de Llallagua y Siglo XX, al norte del departamento de Potosí, tiene alojado al Tío de la mina en su casa y que mantiene pactos con el diablo, quien le concede éxitos, bienes materiales y hasta una imaginación desbordante que le permite crear relatos que oscilan entre la realidad y la ficción; todo esto a condición de que el protagonista principal de sus obras sea el mismísimo Tío; la deidad que cumple la función de dios y diablo en el interior de la mina, donde los trabajadores le veneran y rinden pleitesía, conscientes de que las ganancias y desgracias dependen de él, que es dueño y protector de las riquezas minerales. 

Cuando a Víctor se le pregunta, sólo para despejar una de nuestras dudas, si es cierto que mantiene conversaciones con la estatuilla del Tío alojado en su casa, éste se limita a esbozar una sonrisa y contesta: "Sí, es cierto, converso con él, al menos cada vez que tengo que ch’allarle o encenderle un cigarrillo”. 

La respuesta no deja de despertar otras curiosidades. Como todo escritor,  lleva una vida de anacoreta, alejado de los ajetreos públicos a los que nos tienen acostumbrados otros autores. Y cuando se le pregunta: "¿Por qué elegiste al Tío como  personaje central de tus cuentos mineros?”. Vuelve a sonreír y contesta: "Qué más da.
 
Escribir sobre el Tío ha sido una de las ideas más brillantes que se me ocurrió en la vida”. 

Al poco rato, se queda callado, mira a un costado y, como si pensara para sus adentros: pobrecito de mí, ser escribano del diablo es lo mismo que ser un esclavo bajo el látigo de un mayordomo, se acomoda en la silla y dice: "Se me está haciendo tarde, tengo que salir a comprar coca y alcohol para el Tío...”.

De todos modos, tal como acordamos desde hace tiempo, nuestro entrevistado, que sufrió persecución, tortura y exilio por sus convicciones políticas, y que hoy es uno de los escritores más connotados de las letras nacionales, está presto a contestar las preguntas concernientes a una de las vetas más ricas de su producción literaria: el Tío de la mina.

EL TÍO EN LA COSMOVISIÓN ANDINA

 ¿Qué representa el Tío en la mina?

El Tío, que constituye una de las deidades más auténticas de la mitología minera, representa los pensamientos y sentimientos más profundos de los trabajadores del subsuelo. El Tío, en la cosmovisión andina, es la expresión del Bien y del Mal, dios y diablo a la vez. 

Los mineros le temen, le veneran y le rinden pleitesía. Se dice que el Tío es bondadoso con quienes lo tratan con respeto y cariño, pero es cruel y vengativo con quienes lo tratan con indiferencia y desprecio. Él cumple la función de dios protector en el interior de la mina y los mineros depositan en él todas sus esperanzas de vida.

 ¿El Tío existía desde antes de la llegada de los conquistadores?

 Sí. Los indígenas creían en la existencia de seres tutelares que habitaban en el ukhupacha (subsuelo, en quechua), entre los que se encontraba un personaje nativo, casi equivalente al diablo de las Sagradas Escrituras o al Hades de la mitología griega, que tenía su dominio sobre el reino subterráneo. 

Sin embargo, valga aclarar que este personaje de la mitología andina no es lo mismo que el  diablo bíblico, como quisieron hacer creer los conquistadores y evangelizadores, sino un ser tutelar de la cosmovisión ancestral. 

El Tío, considerado protector y benefactor de las vetas de metal, forma parte de la constelación de los dioses andinos, de los achachilas, mallkus, wakas, entre otros.

Lo interesante es que la veneración al Tío, que tiene plena vigencia hasta nuestros días, se ha mantenido en los ritos y el imaginario popular desde la colonia, como una forma de resistencia de los pueblos precolombinos frente a la colonización española. 

Recordemos que el paganismo de las culturas andinas subyace en las diferentes formas de religiosidad; es decir, la sobrevivencia de esta tradición, a lo largo de varios siglos, demuestra la capacidad de resistencia de las culturas originarias frente a los ofrecimientos e imposiciones de otras culturas y religiones llegadas de allende los mares, ajenas al politeísmo de las culturas ancestrales.

 ¿Cómo  definirías al Tío desde la perspectiva cultural y religiosa?

  El Tío sintetiza el mestizaje cultural y el sincretismo entre las creencias paganas ancestrales y la religión católica importada por los conquistadores, y su presencia se hizo más visible durante el período colonial, cuando los mitayos o mineros nativos de la época, condenados a trabajar forzados en los yacimientos de plata, empezaron a rendirle culto y tributo a quien, según la tradición minera y la superstición popular, es el dueño de las riquezas minerales y el único personaje de los oscuros recintos que inspira admiración y respeto.

 Por eso los mineros le piden protección y riquezas mediante ritos que van desde el pijcheo hasta la wilancha.
Los mineros dicen que si el Tío habita en el interior de la mina es porque es demasiado feo y monstruoso, y que no se puede mostrar a la luz del día porque podría asustar a las mujeres y los niños. Por cuanto está condenado a vivir en la oscuridad de los socavones. 

La mina, aunque no se parezca al infierno descrito por Dante Alighieri en la Divina comedia, es el hábitat del Tío, quien, en la visión de los mineros, tiene una presencia omnipotente como ser demoníaco y monstruoso.

En el ámbito cultural boliviano, este personaje, que simboliza los aspectos mágicos y míticos de la cosmovisión andina, dio origen a una de las danzas más famosas y fastuosas del Carnaval de Oruro, conocida como la "diablada”, una fraternidad que fue constituida en el siglo XVIII por los mismos trabajadores de la mina. 

Ellos empezaron a disfrazarse en representación de este ser subterráneo para rendirle veneración y culto a  la patrona protectora de los mineros, que es la Virgen de la Candelaria o Virgen del Socavón.

Las mujeres y el tío de la mina

Se dice que las mujeres estaban prohibidas de ingresar a la mina, ¿por qué?

Por las supersticiones propias de los mineros, quienes aseveraban que los únicos que podían tener contacto con el Tío eran los hombres. Las mujeres no podían entrar a la mina. Su presencia estaba prohibida allí donde reina el Tío, porque, según las creencias de los mineros, la menstruación de la mujer hacía desaparecer los filones de estaño, aparte de que el Tío se enamoraba de ella para luego hacerlas desaparecer en una galería lejana y abandonada. 

En la actualidad, después de la relocalización de los mineros tras el Decreto Supremo 21060, lanzado por el Gobierno de Víctor Paz Estenssoro en 1985, existen decenas de mujeres trabajando en el interior de la mina, sin que esto haya provocado la desaparición de las vetas, ni hayan sido enamoradas por el Tío, y mucho menos hayan causado el enojo de la China Supay (diablesa), la amante celosa y vengativa del Tío.

 ¿Cuáles son los rasgos más característicos de este personaje central de la tradición minera?

Uno de los rasgos más característicos es su aspecto diabólico y su enorme falo que, según algunas versiones antropológicas, es usado para horadar las rocas y fecundar a la Pachamama (Madre Tierra). 

Su estatuilla, hecha de barro mezclado con paja brava y rocas minerales, está colocada en uno de los parajes preferidos de la galería; tiene cuernos en la frente, ojos saltones y redondos, nariz deforme y boca dispuesta a recibir el cigarrillo en las horas del pijcheo (masticado de coca). 

Los mineros, que ancestralmente creían en su presencia espiritual y física, encontraron en el Tío una suerte de esperanza para salvarse de sus desgracias y superar las dificultades. En sus manos y voluntad depositan el éxito o el fracaso de las labores mineras, y piensan que de él dependen la vida o la muerte de quienes trabajan en los sombríos socavones.

En la actualidad, la estatuilla del Tío, que varía de tamaño en cada una de las minas y galerías, está elaborada con diversos materiales, dependiendo de la temperatura y humedad que hay en la galería; es más, las mujeres, hoy convertidas en trabajadoras del interior de la mina, al igual que sus compañeros, depositan su seguridad más en el Tío que en los elementos de protección laboral. 

Ellas, para congraciarse con él e implorarle la concesión de buenas vetas, le construyeron su propio altar, donde depositan botellas de alcohol, cigarros y coca, como manda la tradición minera, cuyas costumbres ancestrales y milenarias se han conservado durante siglos, transmitiéndose de generación en generación.

mitología minera

El Tío, en la mitología minera, ¿cumple la función de una deidad? 

 Sin lugar a dudas, desde el instante en que se le atribuyen poderes sobrenaturales, aunque, por otro lado, se le asigna personalidad, conciencia, lenguaje, inteligencia, deseos y emociones como las que tienen los humanos. 

El Tío, en su condición de ente tutelar del subsuelo, rige el comportamiento de los mineros por medio de leyes éticas y morales propias de su reino, como si de veras existiera en la realidad y no sólo en el imaginario popular.
 
La prueba está en que el Tío tiene una presencia física en el interior de la mina, a través de su estatuilla moldeada por los propios mineros.

El Tío, a diferencia de otras deidades que son invisibles o inaccesibles para los humanos, debido a que moran en lugares sobrenaturales, remotos o sagrados, es una deidad que, aparte de existir en la mente y el subconsciente de los mineros, se les manifiesta en las oscuras galerías, unas veces para castigar y otras veces para premiar la conducta de los trabajadores. 

Hay mineros que aseguran haberlo visto convertido en k’achachola (chola hermosa), en niño haraposo o en un animal, ya sea silvestre o doméstico. 

El Tío tiene la capacidad de revelarse a los mineros con todo su poder de sugerencia, causando espanto y desasosiego, pero también tiene la facultad de metamorfosearse en lo que quiera, con una facilidad propia de las deidades antropomórficas dotadas de características múltiples.

EL TÍO COMO PERSONAJE LITERARIO

 Es evidente que el Tío, en tus libros que abordan la temática minera, es el protagonista principal. ¿Se podría decir que el Tío es un personaje literario, con todas las características que esto implica?

Así es. El Tío reúne los atributos que debe tener todo protagonista de una novela o un cuento. De hecho, los mineros lo tratan como a un personaje que tiene una presencia real en el interior de la mina, además de poseer facultades similares a la de los humanos, como son los pensamientos y sentimientos. 

En este sentido, el Tío está más cerca de la condición humana que en el limbo de los dioses. Aunque tiene poderes sobrenaturales, los mineros lo tratan como a un compañero más durante la jornada, como si de veras existiera como un individuo de carne y hueso, y no sólo en la imaginación o la superstición de los habitantes del altiplano. 

Esto mismo hace que el Tío, aparte de ser un ser fabuloso, sea un personaje que cumple con todos los requisitos concernientes a un protagonista literario.

Nunca has pensando en que el Tío podría convertirse en un personaje estereotípico, como ocurre con el diablo que, en la literatura y el arte en general, está tipificado como un ser malvado, con cuernos, cola y tridente?

El Tío, aunque tiene una ambivalencia entre lo profano y lo sagrado, por ser dios y diablo a la vez, es un ser que oscila entre el reino del Bien y del Mal, como todos los humanos que están hechos de virtudes y defectos, que cargan ángeles y demonios en su fuero interno. Por lo tanto, el Tío simboliza la bondad y la maldad, dependiendo de las circunstancias, como ocurre en la vida real de los humanos, quienes, a veces, son malos con los malos y buenos con los buenos. 

De otro lado, siempre que me planteo escribir un relato, donde el Tío sea el protagonista principal, intento no caer en una estructura estereotipada, porque si no correría el riesgo de caer en una dicotomía y hacer que el relato pierda verosimilitud. 

Incluso cuando narro elementos sobrenaturales, propios del imaginario popular cuyas fantasías tienden a distorsionar o exagerar la realidad, procuro contarlos como sucesos de la vida real, aunque estoy consciente de que, al fin y al cabo, los lectores se darán cuenta de que son el producto de un feliz matrimonio entre la realidad y la ficción.

 ¿Cómo lograste que el Tío, que sólo existe en el imaginario popular y la superstición de los mineros, cobre verosimilitud en tus cuentos?

 No fue una tarea fácil, pero me esforcé, como todo escritor que quiere ser verosímil en todo el proceso de la creación, para que las historias narradas fueran lo suficientemente convincentes y el lector las sintiera como reales; es decir, quería que el lector imaginara el mundo que le presentaba y que, en el mejor de los casos, se identificara tanto con el tema como con los personajes. 

Para lograr este objetivo, inherente a la esencia fundamental de toda obra literaria, es necesario que primero el autor se crea la historia y comprenda cuál es el objetivo de contarla. A partir de ahí, plasmar todo ese universo fantástico de la forma más verosímil posible, a fin de que los lectores puedan internarse en el mismo escenario imaginario y compartir las aventuras y desventuras del Tío de la mina.

  No se puede desconocer que en varios de los cuentos hay una irreverencia explícita, sobre todo, contra los valores sustentados por la Iglesia Católica. ¿A qué obedece esta irreverencia?

Debo reconocer que una parte de mi literatura está destinada a cuestionar la posición conservadora, jerárquica y retrógrada de la Iglesia Católica tradicional, que causó muchos daños entre las culturas ancestrales tras el arribo de Cristóbal Colón a muestro continente. 

Con todo el respeto que se merece la libertad de pensamiento y el derecho de culto, no puedo dejar de opinar que la Iglesia Católica, a nombre de Dios, cometió atrocidades que violentaron los Derechos Humanos, como ocurrió con la Inquisición durante la época medieval en Europa y América Latina. 

En las colonias, usando la cruz y la espada, impusieron su doctrina en un intento por destruir las creencias paganas de las culturas indígenas, consideradas sacrílegas y demoniacas.

 Afortunadamente, la resistencia de los pueblos originarios hizo posible que se conserven algunas de ellas para dar paso a un sincretismo religioso, en la que se amalgamó el catolicismo occidental y las prácticas rituales de la cosmovisión indígena; un fenómeno que se puede apreciar en las manifestaciones culturales y folklóricas como es el Carnaval, donde el Tío, supuestamente disfrazado de Lucifer, le baila su diablada a la Virgen del Socavón.

¿Seguirás escribiendo sobre los mitos y las leyendas que giran en torno al Tío de la mina?

 Desde luego que sí. El Tío llegó a mi vida para quedarse. Lo he incubado en mi subconsciente desde que tengo memoria, desde que vi su estatuilla demoniaca en una de las galerías de la mina en Siglo XX, donde ingresé de niño en vísperas del Carnaval, que era la única ocasión en que se permitía el ingreso de las familias mineras para celebrar los rituales de la ch’alla en honor al Tío y la Pachamama.

En mi caso, debo reconocerlo, ha sido una gran suerte el hecho de que haya vivido en una población del norte de Potosí y que haya conocido de muy cerca la temática minera, que me permitió rescatar al menos una parte pequeña de todo ese universo de mitos, tradiciones y leyendas, que constituyen los ejes fundamentales en torno a los cuales giran los temas de una parte de mi literatura, en un intento por rescatar los cuentos que escuché desde niño en boca de mi abuelo y de mis parientes que han sido mineros toda su vida. 

Algunos años después, en vísperas del Carnaval, ocasión en que todos podían ingresar a la mina, entré en contacto con el Tío en una galería de Siglo XX. Cuando estuve parado delante de él, tuve una gran impresión, porque, a pesar de estar sentado, tenía una estatura más grande que la del común de los mineros. De modo que quedé impactado por esa realidad secreta que sólo se experimenta en el interior de la mina, que parece un mundo alejado de la realidad, de la lógica y la razón.

Cuando me hice escritor, lo rescaté del pozo de la memoria y no tuve más remedio que escribir sobre este personaje que hoy forma parte de mi mundo literario, pero sin ninguna intención moral ni didáctica, a diferencia de lo que sucede en las fábulas o cuentos de hadas, en las cuales el mensaje sobre el Bien y el Mal está en la trama, el desenlace y la moraleja. 

Lo que yo hago es darle vida, voz y conciencia al Tío, y hacerle actuar como a un personaje que se mueve y respira entre nosotros; es más, desde un principio me planteé la idea de que escribir sobre el Tío no sólo implicaba hacer literatura por literatura, sino también rescatar la memoria histórica y colectiva de los mineros, a través de los mitos y las leyendas que, al ser parte integrante de su realidad dramática y fascinante, son la expresión más viva de la condición humana y las tradiciones culturales de un pueblo, donde la realidad casi siempre supera a la fantasía.

*La autora es bibliotecaria y responsable del Archivo Regional Histórico Minero de Catavi. 

 
 
 
 
 

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