Verdad liberadora

La verdad es una cualidad y un atributo de nuestro ser perfecto.
domingo, 11 de septiembre de 2016 · 00:00
Bitia Vargas  La Paz

 

  Joseph Goebbels decía   a menudo una de sus frases más famosas: "Miente, miente,  que algo quedará”. Me pregunto cuántos de nosotros aplicaremos esa misma frase en nuestro diario vivir, complicando situaciones que fácilmente pueden resolverse diciendo la verdad. 

"La verdad los hará libres”. Por muy dura que ésta sea, la verdad certifica lo auténticos que somos. Cuando tenemos la necesidad imperante de mentir es porque por alguna razón tenemos miedo o no aceptamos lo que somos. Miedo de que nos dejen de querer, miedo de perder al otro, miedo a ser juzgados, miedo a darnos cuenta de que lo que somos no es suficiente para agradar a los demás. 

Sea cual sea la razón, y por muy fuerte sea, la mentira no es más que una máscara, cuando  en realidad lo que se quiere cubrir es a nosotros mismos y no a una determinada situación, como creerían muchos. 

Cuando no somos capaces de decir, por ejemplo, "no puedo ir a tu fiesta porque no tengo ganas”, y lo encubrimos diciendo "tengo trabajo pendiente, intentaré ir”, lo que en realidad estamos manifestando es "tengo miedo de demostrar lo que siento porque si te lo digo dejaré de agradarte, así que prefiero mentirte”. 

No se trata de dañar la sensibilidad del otro porque somos muy honestos, sino de decir la verdad por sobre todas las cosas , o acogernos a nuestro derecho de guardar silencio cuando no se nos ocurre qué otra cosa más hacer. Con el tiempo, es muy probable que decir la verdad se nos vuelva un hábito, mejorando nuestra salud mental al sentirnos libres para expresar aquello que en realidad sentimos.

La verdad es una cualidad y un atributo de nuestro ser perfecto. Decir la verdad nos garantiza construir relaciones que duren en el tiempo, conforman las bases sólidas para que ésta funcione y sea fuerte.  Lo contrario a la veracidad es la hipocresía, la mentira y la infidelidad, carencias que sin darnos cuenta alimentamos por nuestros miedos, y que debilitan cualquier cosa que emprendamos: una relación de pareja, de amistad, un negocio, un trabajo, porque están sustentadas en el egoísmo. 

El egoísmo es la máscara más grande del miedo, porque ante el temor de ser afectados nosotros preferimos mentir, sin ser conscientes del daño que nuestra mentira pueda ocasionar en los demás, ¿hay algo más egoísta que eso?

 No importa cuán pequeña sea la mentira o cuán piadosa. No existen las mentiras blancas, sólo las mentiras. 

Pensemos por un minuto en los beneficios que nos trae decir la verdad: nos libera, nos hacemos individuos dignos de confianza, lo que a la larga nos aporta beneficios sólidos con respecto a los que se la ganan diciendo mentiras fácilmente. 

Por otro lado mentir, si bien puede darnos beneficios a corto plazo, nos desgasta mentalmente. Inventar cosas y después sostenerlas con otras mentiras más puede ser agotador y estresante, al punto que nos ocasiona problemas biológicos, psicológicos, sociales y espirituales.

Un ejercicio que nos puede ayudar a dejar de mentir  es hacer una evaluación diaria de todas aquellas mentiras que a lo largo del día hemos dicho. Darnos cuenta de nuestras debilidades nos ayuda a trabajar en ellas. Darnos cuenta de todo lo que puede ocasionar nuestra mentira nos abre los ojos porque significa hacer una reflexión consciente de nuestras acciones. Establecer metas también es importante, por ejemplo "un día sin mentir”. Al final podemos también evaluar cómo nos sentimos al haber sido sinceros. 

Decir la verdad puede requerir de un gran esfuerzo, pero sin duda la recompensa es mayor. No ocultarnos tras las mentiras significa tener la valentía suficiente para aceptar aquello que somos, las cosas que sentimos, lo que en realidad queremos decir. Es mostrarnos tal cual somos, reforzando ese atributo importante que nos posibilita trascender, ser mejores y, lo mejor de todo, ser libres.

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