Reportaje

¡Qué agosto el de aquel año!

El 20 de agosto de 1971 una muchedumbre llenó la plaza Murillo. La concentración se convocó para repeler el golpe de Estado, cuyo estallido era inminente...
domingo, 04 de septiembre de 2016 · 00:00
Luis González Quintanilla *

No sólo fue agosto. Fueron nueve meses de tenaz resistencia del gobierno del general Juan José Torres y las fuerzas populares,  contra amenazas y asonadas golpistas, presiones internacionales y violencia paramilitar en aquel año de 1971. En medio del drama cotidiano se  tejieron historias vitales que, juntas, labraron la conmovedora  Historia de aquellos tiempos. 

En la víspera 

El 20 de agosto de 1971 una muchedumbre llenó la plaza Murillo.  La concentración se convocó para repeler el golpe de Estado, cuyo estallido era inminente. En el histórico balcón del Palacio Quemado, junto al Presidente, estaban dos únicos oradores: Juan Lechín, el líder de los trabajadores, y Óscar Eid, el dirigente de los universitarios. Los discursos comenzaron con un saludo inusual: "Compañero presidente, general Torres”. 

Todo un mensaje de identificación que hasta entonces había sido mezquinado por los representantes del movimiento popular hacia los gobiernos militares progresistas. Pero ya era tarde. La frase me sonó como el "Ave Cesar, moritori te saludtant” que se les atribuye a los gladiadores romanos. 

El trufi  de la confusión 

Las tensiones provenían de la amenaza de un correctivo golpe contrarrevolucionario como respuesta al avance de la movilización popular, la cual alcanzó su cumbre el 22 de junio cuando el Poder Legislativo se convirtió en la Asamblea Popular -"el primer soviet de América”, anunciaron los más entusiastas-. La dinámica del enfrentamiento se tornó ineludible.  

El 11 de enero de 1971, se intentó el primer asalto militar contra Torres. Los golpistas fracasaron. 

En esa jornada, un joven abogado cochabambino, Jorge Soruco,  delegado al ampliado de la COB, fue requerido por el grupo político de izquierda que apoyaba,  para  participar en una marcha contra los insurrectos, "con el arma que puedas conseguir”, le dijeron. 

Se hizo de un revolver y tomó un trufi que lo acercara  al lugar de la cita. Poco después, subió al auto un hombre con un largo paquete apenas cubierto de periódicos. Soruco atisbó el bulto descubriendo que contenía un par de armas largas. 

Tres cuadras después subió otro pasajero: Ramiro Villarroel, su paisano y ministro de Informaciones, con quien sólo  cruzó una mirada. Más adelante, cuando el desconocido bajó del carro, el ministro espetó: "¿Qué hacías con ese sujeto?”. Jorge le contestó que el tipo había subido al taxi después de él. "Es un paramilitar de avería, lo conozco de Cochabamba” le informó Ramiro. Los amigos titularon la escena como el extraño caso del trufi  con el enemigo adentro. 
Meses más tarde…

El 20 de agosto, después de la manifestación de apoyo al Presidente, dirigentes de la COB, universitarios y de los partidos de izquierda  ingresaron al Estado Mayor, todavía controlado por los oficiales fieles a Torres. 

El Presidente había decidido entregar armas al pueblo. Los civiles recibieron unos pocos centenares de viejos fusiles máuser y algunos rifles automáticos M1. Este cronista fue testigo, entonces, de un  episodio plenamente surrealista: los militares les dieron las cajas con armas, no sin antes exigirles suscribir un "acta de entrega,” con el detalle y los sellos pertinentes, que los dirigentes firmaron sin chistar.   

Entretanto, la guarnición militar de Trinidad se había levantado, en la madrugada; más tarde lo haría Santa Cruz. Finalmente, el poderoso Regimiento Ingavi, en el Gran Cuartel de Miraflores, se inclinó por los golpistas.  

El asedio a la fortaleza militar 

Al mediodía, columnas y grupos de trabajadores y estudiantes pobremente armados se desplazaron a Miraflores. Al comienzo de la tarde, luego de una cruenta batalla, tomaron el cerro de Laicakota.

Por el otro lado, el regimiento escolta presidencial, dirigido por el leal comandante Rubén Sánchez, se desplazó por las alturas de Villa Fátima para atacar por detrás la fortaleza facciosa. 
La ofensiva fue liderada por los dirigentes de la COB y la Federación de Mineros; de los fabriles y los universitarios; también participaron los sacerdotes revolucionarios. 

Estuvieron los dirigentes de los partidos de izquierda, del Partido Comunista, de la Democracia Cristiana Revolucionaria, del ELN; de los troskistas y  los maoistas; de los marxistas independientes y el grupo Espartaco… 

El atardecer paceño brilló con más fulgor por el nutrido intercambio de la balacera. Sin embargo, el Gran Cuartel no cayó durante las horas del cerco.

Las tanquetas

Antes de la medianoche todo hubo terminado. Una columna de tanquetas del regimiento blindado bajó de El Alto para auxiliar a los sitiados. Estaban  aparejadas de poderosos reflectores, sirenas estridentes y ametralladoras de grueso calibre. Los seguían camiones con tropa de refresco.  La retirada de las fuerzas populares fue  desordenada y en pequeños grupos. 

Dos de los  combatientes, Óscar Eid y Nilo Ramos, escaparon por la avenida Busch. Patrullas de militares y civiles golpistas estaban sobre sus pasos. Intentaron hallar refugio en alguna casa, sin conseguirlo; todas las puertas estaban cerradas a cal y canto.

Cuando tornaban hacia el estadio para encontrar otra ruta, al pasar al lado de  una modesta casa oyeron una voz susurrante: "Entren rápido”. Era Jorge Medina -un político  del MNR de izquierda y padre de la que fuera alcaldesa de La Paz, la comadre Mónica- que les dio refugio. Óscar Eid recuerda aquel instante: "Fue la primera vez que de verdad sentí que había salvado mi vida”. Las leyes de su ajayu lo favorecieron. 

Diez años más tarde, en otra fecha emblemática de golpismo militar, el 17 de julio de 1980, el prodigio se repitió cuando los dirigentes de la COB y de los partidos políticos de izquierda bajaban rendidos con las manos en alto del edificio de la Federación de Mineros ante el asalto de paramilitares en ambulancias, luego de una balacera feroz; cuando ya el líder socialista Marcelo Quiroga fue identificado y malherido con una ráfaga de ametralladora.

Cuando esa misma ráfaga mató al diputado Carlos Flores y al dirigente minero Gualberto Vega, Eid Franco, que iba en la fila poco más atrás de ellos, se arriesgó a iniciar la carrera de su vida, hasta alcanzar el portón abierto de un edificio situado a 20 metros. La corrida de récord  olímpico no paró hasta el sexto piso, donde encontró la mampara semientornada de una oficina. Era el bufete de  Jorge Medina, quien le abrió, como 10 años atrás, la  puerta de su segunda vida.

Éstas son cosechas de la memoria sobre los gajes del oficio de defender la apertura democrática. Historias de caídos, presos, torturados y desterrados en el concepto global de la lucha por la democracia.   

*El autor es periodista. Fue secretario de prensa del Presidente Torres.     
 
 
 
 

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