REPORTAJE

Una boliviana aprendiendo inglés en Taiwán

domingo, 29 de octubre de 2017 · 02:00
Madeleyne Aguilar A.  / Taiwán
 
Desde que me avisaron que fui beneficiada con una beca para estudiar en Taiwán, todos mis amigos me preguntaban sobre qué era la maestría. Cuando respondía "inglés”, surgían muchas dudas y cuestionamientos. Entonces, no me quedaba otra que  explicar que "era una maestría en idiomas extranjeros”. La verdad yo tampoco sabía exactamente qué era lo que estudiaría en aquella isla a casi 20.000 kilómetros de mi hogar. Lo único claro para mí era que ese viaje era una gran oportunidad para crecer.
 
Taiwán está ubicado en el extremo oriente de Asia. Tiene 23,55 millones de habitantes que viven en 26 condados y 372 localidades. En otoño, la estación en la que llegué, la temperatura supera los 35°C y es muy húmedo. En las amplias calles de tres carriles transitan autos de lujo, motocicletas y muchas scooters. Gente de toda edad maneja estos vehículos usando un casco decorado según sus gustos; los de los jóvenes generalmente tienen dibujos animados.
 
Lo primero que me emocionó fue ver que todos los letreros en las calles estaban en chino; las canciones de la radio también y el chofer que me trajo hasta mi hospedaje no hablaba inglés, menos español. 
 
Llegué a la Universidad Da-Yeh la noche del domingo 10 de septiembre, después de más de 36 horas vuelo desde La Paz, Bolivia, y tres horas de viaje en taxi desde el aeropuerto. La casa de estudios, donde también viviría, está ubicada en el condado de Changua. 
 
Instintivamente comencé a comunicarme señalando, sonriendo y moviendo la cabeza. Señalé mi nombre en la lista de estudiantes que se hospedan en dormitorios de mujeres y me presentaron a mis dos compañeras de cuarto. Sólo una de ellas, Amy, sabe hablar unas pocas palabras en inglés.
 
Mis maletas se perdieron en el viaje y  tomó una semana para que las encuentren. En una precaria conversación con mi nueva amiga Amy, le expliqué que no tenía ropa para cambiarme, ni productos para ducharme. Ella me ofreció un pantalón deportivo corto, una polera de básquetbol y champú. El intenso calor y la humedad provocan que no deje de traspirar. 
 
Álvaro, un amigo boliviano que es profesor en Da-Yeh y quien me avisó sobre la beca, me llevó a cenar a un McDonald’s. Me dijo que sería la comida "más aceptable” para mí en ese momento.
 
Así pasé los primeros tres días en Taiwán, muriendo de calor y consumiendo comida precocida que venden en el supermercado 7 eleven que está en el campus de la universidad.
 
Un nombre chino y otro en inglés
 
Una de las cosas más difíciles fue lidiar con el cambio de horario, el clima, los bichos  y la comida -que para mi gusto tiene mucho aceite y poca sal- pero lo que más extrañé fue la comunicación. Nadie me entendía y yo no entendía a nadie. Estaba ansiosa. Esperé mis clases, donde seguramente habría gente que hable inglés.
 
Mi primera lección:  idioma y cultura, con la profesora Irene. Ella me explicó, en un perfecto inglés, que en Asia todas las personas tienen su nombre chino (el oficial) y otro en inglés, para presentarse. Yo sólo conozco la versión "para extranjeros” de mis compañeros. A todos los del aula les pareció que mi nombre era demasiado largo y eso que ni siquiera les mencioné que tengo un segundo, Carmela. 
 
Mis compañeros de clase sí saben hablar inglés, aunque lo hacen con mucha dificultad. Fue en esa aula que conocí a Yuly, mi primera amiga. Ella es indonesia y su idioma nativo es indonesio, pero sabe inglés. Esa cualidad la convirtió en una luz para mí.  Me presentó a su compatriota, Dewa. Pese a que no somos del mismo país, los sentí como mis hermanos porque al fin podía tener una conversación, aunque sea básica.
 
Las siguientes clases respondieron mis dudas sobre el contenido de la maestría. Aprendería a enseñar inglés. Estaba atónita. Nunca me llamó la atención ser profesora. Me di cuenta de que debería soportar el shock del choque cultural por un grado académico que no me interesaba. Esto me provocó depresión.
 
El fin de semana viajé a Taipei, fui a visitar a un amigo boliviano, Russman. Él se dedica a enseñar inglés para negocios y tiene su propia compañía. Visitando su oficina descubrí lo que realmente significa ser un profesor de inglés en Taiwán. Es una profesión muy respetada. A la sociedad asiática le interesa progresar, viajar a otros países, hacer negocios internacionales y para todo ello necesitan saber inglés. 
 
Este idioma es muy diferente a su lengua nativa, así que invierten mucho dinero para aprenderlo bien. Un profesor de inglés cobra aproximadamente 700 dólares taiwaneses (NTS ) por una hora de clase, que equivalen a 23 dólares estadounidenses. 

 

 

Confirmé ese dato con mis profesores de la universidad. La educación es sin duda el mejor negocio para un extranjero. Lastimosamente los padres prefieren profesores nativos ingleses. Son un poco discriminadores es ese aspecto. La enseñanza de español no es muy demandada. Son pocos los que pagarían máximo 250 NTS por una hora de clase.
 
Russman me llevó de paseo, me enseñó dónde comer sano y me consoló contándome que "todos habíamos pasado por esa difícil etapa al llegar a Taiwán”.
 
Bolivia vs. Taiwán
 
La ciudad capital es hermosa. Sin embargo, no es tan diferente de La Paz como esperaba. Antes de llegar a Taiwán creía que visitaría un lugar del futuro. Sí, las ciudades tienen más anuncios con luces LED, las calles son más amplias, hay servicio de bicicletas en las calles y cámaras de seguridad que funcionan por todos lados. Pero, ¿es una sociedad más desarrollada que nosotros?
 
Hoy, a un mes de haber llegado, puedo responder esa pregunta.  La sociedad taiwanesa está un paso más adelante porque valora la educación. Los niños van al colegio y luego a escuelas de reforzamiento. Las calles están limpias porque la gente sabe usar los basureros y reciclan. Los ciudadanos son disciplinados, respetan los horarios, sobre todo para sus comidas.
 
Y ya sé lo que extrañaré más cuando regrese a Bolivia: Taiwán es un país seguro. Aquí nada se pierde. La gente deja sus celulares sobre las mesas, regresa un tiempo después y siguen ahí. Es muy común andar por la ciudad tomándose selfies, sin miedo a que un ladrón te arrebate el smartphone de las manos. 
 
Mi amigo Said, que vive en la ciudad Hsinchu, me contó que una noche dejó su casco sobre su moto, como lo hace siempre. Pero al regresar no estaba. Al día siguiente  reapareció con una nota que decía: "Perdón. Necesitaba prestarme tu casco. Gracias”.
 
Todas las personas son amables. No importa si es su trabajo o no, siempre ayudan. En el corto tiempo que he estado aquí  los taiwaneses me han indicado por qué calle ir, pese a que hablan muy poco inglés. Mis compañeros y profesores me han invitado sopa, pasteles y café, como si fueran mis amigos. Una mujer extraña me llevó en su moto porque vio que me costaba caminar bajo el sol, cuando iba al banco para cambiar dinero.  
 
La semana pasada fuimos con mis amigos a la ciudad de Taichung para aprovechar un feriado largo. No encontrábamos dónde pasar la noche porque todos los hoteles estaban llenos. El amigo de un amigo, que es taiwanés, nos recibió en su departamento gratis y hasta nos ofreció desayuno.
 
La hospitalidad me alienta a vivir esta aventura tan lejos de casa, cumplir el objetivo de aprender inglés en Taiwán. No importa si no es su idioma nativo, tampoco es el mío. Vale la pena aprovechar esta oportunidad para crecer. Mi objetivo no es aprender inglés, pero debo admitir que ese idioma ha sido la puerta para vivir esta increíble experiencia. Mi siguiente meta es encontrar trabajo.

 


 


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