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Hermanos: compañeros, amigos y enemigos

domingo, 29 de octubre de 2017 · 00:00
Bitia Vargas / La Paz
 
Es difícil describir las emociones y los sentimientos que nos generan nuestras hermanas y hermanos. Ellos son nuestros primeros compañeros de vida y de camino, pero es en ese caminar, también debemos resolver un sinfín de dificultades que se van presentado en medio de esa relación tan compleja. 
 
A veces son nuestros mejores amigos, en ocasiones nuestros enemigos más grandes, porque conocen tan bien las cosas que más nos duelen, que no dudan ni un segundo de decírnoslas, seguros de que causarán herida. Pero también están allí, presentes en nuestras caídas, incondicionales, luchando con quienes nos lastiman, ideando formas de hacernos sonreír, prestándonos sus cosas, sus ropas favoritas, escuchando nuestras historias de madrugada, acompañándonos. 
 
Nuestros hermanos son también nuestros maestros, los que nos enseñan desde pequeños lo vitales que son las relaciones interpersonales y sociales. Los que nos permiten aprender sobre el respeto, el compañerismo, el amor fraterno y la lealtad.
 
Los que tenemos la fortuna de tener más de uno, sabemos cuán importantes han sido ellos durante nuestra infancia, para ayudarnos a desplegar la imaginación a través de historias inventadas y juegos nuevos, pero también durante la adolescencia y la vida adulta, brindándonos su cercanía y consejos. 
 
Sin embargo, así como ninguna relación con el otro es sencilla, en el caso de las hermanas y hermanos esto resulta aun peor.  De forma paralela y simultánea pueden ser nuestros mejores amigos y nuestros peores enemigos. Un día estamos seguros de ellos y al siguiente podemos no querer ni verlos. 
 
Cuando esto nos pasa con un amigo cualquiera, nos es fácil refugiarnos en nuestro hogar, pero cuando este amigo/ enemigo vive en nuestra casa, compartiendo lugares comunes, resulta un desafío muy grande el poder lidiar con esta situación, tanto para nosotros mismos como para quienes viven a nuestro alrededor. Sobre todo para nuestros padres, a quienes les resulta difícil entender cómo entre hermanos puede haber peleas tan grandes. Olvidándose quizá de su propia experiencia de hermandad. 
 
Si de por sí toda relación es compleja, ¿por qué pensamos que por el  solo el hecho de ser hermanos nos salva de los problemas?  
 
Justamente en esa dinámica en el que se juegan cercanía, lejanía, dependencia, independencia e, intimidad, es que se hacen más probables los conflictos, las situaciones de competencia, las diferencias, afectando a todo el sistema familiar. 
 
No debemos olvidar que también entre hermanos tenemos el derecho de ser y tener gustos diferentes. Por lo tanto, ello nos exige el saber engranarnos con las diferencias del otro, y el saber tolerarlas y aceptarlas.    
 
Aunque esto puede parecer obvio, muchos padres y madres insisten en igualar (por ejemplo vistiéndolos con ropas iguales) y comparar a los hermanos, sin darse cuenta que igualar y comparar pueden ser dos de las mayores causas de desilusión y de disputas entre ellos, y no necesariamente estas disputas y desilusiones se resolverán de las mejores maneras o como quisieran los padres que se resolvieran. Muchas veces ni siquiera los padres ayudarán a solucionarlas de la manera más adecuada. 
 
Cuando estas desavenencias se originan en el subsistema fraterno, es importante comunicarles a nuestros hijos cuán importante es resolver los problemas por sí solos. De esta manera les estaremos dando la oportunidad de ensayar y desplegar habilidades sociales domo la negociación y valores como la aceptación. Lo que no haríamos si interferiéramos continuamente en sus disputas y resolviendo todo por ellos.
 
La relación fraterna trae consigo miles de oportunidades, aprendizajes, diferencias, encuentros y desencuentros, pero resulta ser también de las relaciones más profundas, emocionantes y duraderas que los seres humanos podemos experimentar a lo largo de nuestras vidas.   
 

 


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