REPORTAJE

El cerro que come hombres

Una media de 14 mineros muere mensualmente en el Cerro Rico de Potosí, pero no aparecen en las estadísticas oficiales. Son como los mitayos del siglo XVI, prescindibles...
domingo, 19 de noviembre de 2017 · 02:00
Juan José Toro Montoya
 
" El famoso, siempre máximo, riquísimo e inacabable Cerro de Potosí; singular obra del poder de Dios; único milagro de la naturaleza; perfecta y permanente maravilla del mundo; alegría de los mortales, emperador de los montes, rey de los cerros, príncipe de todos (los) minerales; señor de 5.000 indios (que le sacan las entrañas)…”.
 
Con esas y muchas otras palabras se refiere el cronista mayor de Potosí, Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, al Cerro Rico, nada más al empezar su monumental Historia de la Villa Imperial de Potosí…
 
Y es que, como apuntan los editores de esa obra, Lewis Hanke y Gunnar Mendoza, la admiración que causa esa montaña ha motivado toda una literatura apologética "que a partir del descubrimiento del Cerro se fue renovando sin cesar hasta constituir toda una modalidad expresiva. ‘Monte excelso’ y su equivalente en quechua, Sumaj Urqu,   ‘vale un Potosí’, son fórmulas mínimas de una retórica cuyo caudal corre parejo con la cuantía misma de la plata extraída de los senos del Cerro”.
 
Aún hoy  es imposible calcular la cantidad de plata que se extrajo de esa montaña desde que comenzó su explotación, más o menos en 1545.
 
"En monedas y lingotes, en caravanas de mulas y en flotas de galeones, los españoles sacaron 35.578 toneladas finas de plata del Cerro Rico de Potosí entre 1545 y 1825, según el informe del geógrafo Pentland –apunta el periodista español Ánder Izagirre–.
 
 Con la cotización actual de la plata, esa cantidad equivale a unos 17.000 millones de dólares”. Lo que sí es evidente es que, sin el metal del yacimiento potosino, la historia del territorio que hoy es Bolivia habría sido diferente y algo similar hubiera pasado con el resto de América y el mundo mismo.
 
Ni exageración ni regionalismo chabacano 
 
Fue un descendiente de Esteban Arze, Eduardo Arze Quiroga, quien escribió que "en una valoración objetiva, Potosí contribuye con más de la mitad del caudal de plata que desde diferentes partes de América alimenta la economía europea y española de los días de oro del Renacimiento, provocando en el Viejo Mundo ese proceso que Hamilton ha denominado la revolución de los precios y los salarios a lo largo del último cuarto del siglo XVI, con una visible influencia en la consolidación de los grandes Estados centralizados de la Edad Moderna y en el arranque de la sociedad capitalista occidental”.
 
"La belleza de esta montaña dio motivo a exaltaciones poéticas y a diverso comentario”, dijo  el paceño Gonzalo Romero Álvaro Guzmán. Desde Miguel de Cervantes, que dio lugar a la acuñación de la frase "vale un Potosí”, hasta Arturo Uslar Pietri, decenas de escritores se han ocupado de él.
 
Pero, así como es bello, el Cerro Rico tiene una faceta negativa. "El cerro come hombres”, se susurra en la Villa Imperial cada vez que se reporta una tragedia en sus socavones. La más célebre de este año es, por ahora, el derrumbamiento que sepultó a los hermanos Éver y Willy Choque Santos cerca de la cúspide, en la cota 3.390, el 20 de septiembre de 2017.
 
La versión oficial dice que Éver y Willy ni siquiera eran mineros. Ambos estaban trabajando en la carga y descarga de mineral para una cooperativa. Pretendían ganarse unos pesos y terminaron perdiendo la vida.
 
Los derrumbes y la muerte de mineros son una constante en la denominada "mole de plata”. Así como Arzáns derrocha adjetivos en su descripción, también reconoce esa faceta negativa al escribir que "innumerables son los que han perecido en sus entrañas: cada paso que dan en una de sus minas los lleva a los umbrales de la muerte, sirviéndoles a cada uno de vela para morir aquella que traen en la mano para andar. Unas veces se les apaga la luz y allí perecen; otras se los traga la misma tierra donde pisan, porque ignorantes de los huecos que debajo pasan, se abren y los sepultan; otros se caen en aquellos pozos y lagunas de mucha profundidad que hay allí adentro y se ahogan”.
 
Las descripciones del cronista no sólo son sobrecogedoras, sino que proporcionan un dato importante: la precariedad y el riesgo en las minas del Cerro Rico no son una consecuencia de los muchos años de explotación sino una constante desde el inicio mismo de las labores mineras. Arzáns escribió su Historia… entre 1705 y 1736 y, para entonces, las muertes de mineros eran "innumerables”.
 
No existieron ni existen estadísticas oficiales sobre las muertes de mineros en el Cerro Rico ya que eso sería tanto como poner en evidencia las ilegalidades que allí se cometen desde el inicio de la explotación de minerales. Hubo un tiempo en el que la presión de la pobreza sobre los mineros se flexibilizó, cuando estuvo en auge la Corporación Minera de Bolivia, pero la corrupción e ineficiencia administrativa, sumadas a las conspiraciones económicas de Estados Unidos, que abarrotaban el mercado de los minerales para quebrar la débil economía boliviana, determinaron su cierre y el despido de más de 22.000 mineros con el rótulo eufemístico de "relocalización”.
 

 

Izagirre detalla ese proceso en el libro Potosí que es el summum de los trabajos que ha publicado sobre la explotación humana en el Cerro Rico. Explica cómo, después de la "relocalización”, los mineros despedidos se aglutinaron en cooperativas mineras en las que la legislación laboral literalmente desapareció hasta llegar a condiciones similares a las de los tiempos coloniales: "perdieron sus empleos con garantías y se pasaron a un sector informal, sin contratos, sin seguridad, en condiciones nefastas”.
 
El libro, que primero se publicó en Europa y recientemente vio la luz en Bolivia a través de la Editorial El Cuervo, revela el secreto a voces que los dirigentes del cooperativismo minero se empeñan en ocultar: 
 
"Las cooperativas –muchas de las cooperativas mineras– no son cooperativas: son una tapadera para el fraude y la explotación de los trabajadores.
 
Se hacen llamar cooperativas pero, según los casos, el 25%, el 50% o el 80% de sus trabajadores no son socios, ni tienen los derechos de participación y beneficios que corresponden a los socios: son temporeros, son guardas, palliris, niños, niñas, peones sin contrato que ganan una media de 200 euros al mes, y que, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, ‘no reciben utensilios de seguridad, no están asegurados en la Caja Nacional de Salud ni registrados en los fondos de pensiones. Los salarios que reciben son menores que los de otras industrias.
 
Al mismo tiempo se ha formado una casta de dirigentes de cooperativas que en realidad son empresarios camuflados: no trabajan en las minas, exprimen a los peones, se quedan con un gran margen de beneficios y así ganan hasta 100 mil bolivianos al mes”.
 
En el caso de los hermanos Choque Santos, la Federación Departamental de Cooperativas Mineras (Fedecomin) ha negado que ellos hayan sido afiliados a esa institución. La versión oficial es que estaban trabajando en la carga y descarga de mineral cuando fueron sepultados. La ubicación del lugar de la tragedia también es sospechosa: se dice que fue en la cota 4.390; es decir, 10 metros más debajo de la cota 4.400 que ya es el área prohibida para la explotación. Es como si, de esa manera, evitaran el tener que responder por qué se descargaba mineral en esa área.
 
Según los datos de la organización Musol, una media de 14 mineros muere mensualmente en el Cerro Rico de Potosí pero no aparecen en las estadísticas oficiales, ni siquiera en los de la Policía o el Ministerio Público. Son como los mitayos del siglo XVI, prescindibles. 
 
Izagirre dice que son "esos 120 mil mineros perfectamente prescindibles: esa muchedumbre de cooperativistas, peones, palliris, que se destrozan la vida picando rocas, que ganan lo justo para no morir de hambre y que producen entre todos un irrelevante 3% de la producción. Podrían desaparecer y al sistema no le pasaría nada”.
 
El caso de los hermanos Choque se supo porque son dos y sus familias reclamaron por ellos. Eso los hizo visibles, los mediatizó y motivó la intervención de las autoridades. Eso también motivó que Fedecomin participe en las labores de rescate de los cuerpos pero, tras un mes de la tragedia, anunció que se quedó sin recursos para seguir financiando –parcialmente– la búsqueda.
 
Finalizando octubre, el anuncio se hizo oficial: se suspendió definitivamente la búsqueda de los cuerpos. 
 
La familia recibirá la ayuda de algunos puestos de trabajo que serán conferidos por la administración pública pero no tiene el consuelo de darles cristiana sepultura a sus seres queridos. 
 
 Es la suerte de los mineros.
 
Izagirre también lo dice claramente:
 
"De hecho, muchos desaparecen y no pasa nada”.

 

 

El cerro que brama
 
Cuenta la leyenda que, en su trayecto a Ccolque Porco y Andaccaua, el inca Huayna Cápaj conoció el Cerro Rico, que era llamado Sumaj Urqu (cerro hermoso) e, intuyendo que tendría riquezas mineralógicas, envió sus exploradores a verificarlo. Los enviados retornaron aterrorizados y aseguraron que escucharon un gran estruendo, Potocsi, y luego una voz que decía "no saquéis la plata de este cerro porque es para otros dueños”.
 
La versión, repetida incluso por Arzáns, fue utilizada por los invasores españoles para justificar la explotación del cerro rico y el saqueo de sus minerales y ahora es puesta en duda por los historiadores. El propio Arzáns admite la versión sobre el nombre de Potosí que señala que "Potoj unu, que se interpreta ‘donde brota el agua’, era un atolladero o ciénaga, donde después se fundó la mayor parte de esta Imperial Villa”. 
 
Lo cierto es que los naturales siempre sintieron respeto por el Cerro Rico. El líder de los indios de Cantumarca, Chaki Katari, lanzó maldiciones sobre Diego Guallpa, el cuzqueño que descubrió a los españoles la riqueza del Sumaj Urqu: "Y decidles que al mal hombre Hualca, lo ha de castigar el gran Pachacámac, porque les ha descubierto el Potocsi, que a ninguno de los incas se lo dio”. 
 
Y es que esta montaña es una huaca, un lugar sagrado. "El Cerro Rico de Potosí fue en la época prehispánica huaca y adoratorio de los indios qaraqaras, en cuyo territorio se encuentra”, ratifica Pablo Quisbert. En el aimara de los tiempos prehispánicos, los cerros y montes eran deidades, "los achachilas, conocidos también como wamanis, son identificados generalmente con las grandes montañas”, agrega este autor. 
 
"Son montañas terribles –escribió, en su tiempo, Vicente Terán Erquicia–, bondadosas unas veces e iracundas otras, phiñas, que en lengua keshua quiere decir bravas. Todas ellas son dioses encantados y que hay que cuidar de no molestarlas y de no causarles disgustos”.
 
Por ello, la explotación del Cerro Rico fue vista por los hombres andinos como un sacrilegio y los españoles debieron recurrir a patrañas como la de la montaña que bramó asegurando que sus riquezas eran para otros dueños: ellos.
 
Por razones espirituales o económicas, explotar el Cerro Rico entraña un gran riesgo. Por eso los mineros rinden ofrendas al Tío, a la deidad de las minas, antes de iniciar su faena.
 
A las 16:30 del 20 de septiembre de 2017, el Sumaj Urqu volvió a bramar. Se escuchó un gran estruendo, otro, y los que lo percibieron sabían que no era porque el cerro les hablara sino que se había producido otro hundimiento. Los minerales aplastaron esta vez a dos hermanos, Éver y Willy Choque Santos, cuyos cadáveres no habían sido rescatados hasta el momento de escribir esta nota.
 
Si es cierto que el Potosí es un wamani, un cerro terrible y bestial, y está enojado, habrá que admitir que, a causa de la indiscriminada explotación de los cooperativistas, también está herido.
 
 Si una bestia herida puede causar mucho daño, peor será una montaña sagrada.

 

 

 
 
 
 

 

 

 

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