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Nuestro derecho a sentir enojo

Los seres humanos estamos repletos de emociones que debemos darnos el permiso de sentir.
domingo, 19 de noviembre de 2017 · 00:00
Bitia Vargas  La Paz

 

A  veces cometemos el error de decir a nuestros hijos, hermanos o amigos que es malo enojarse, y que el enojo no nos conduce a nada.  Si bien es importante saber subsanar las diferencias entre unos y otros a través del dialogo, el enojo es una respuesta natural a la cual tenemos derecho cuando algo nos ha causado dolor o disgusto.

No tenemos por qué reprimir nuestro malestar. Es más, si lo hacemos continuamente porque nos han enseñado que "dejar pasar” es lo mejor que podemos hacer para evitar conflictos, no estaremos más que dañando nuestra propia salud mental, aceptando cosas que en el fondo no queremos.

Es normal sentir enojo. Los seres humanos estamos repletos de emociones que debemos darnos el permiso de sentir. 

Si no hay nada de malo en sentir alegría, ¿por qué ha de ser malo sentir rabia, enojo o tristeza?
 
Esas también son emociones válidas que responden a circunstancias en las cuales es totalmente natural expresarlas. 

Por lo tanto si alguien nos ha causado malestar, lo más común es alejarnos hasta racionalizar los hechos, hasta posiblemente entender lo que ha sucedido. Evidentemente a unos nos tomará más tiempo que a otros asimilarlo y eso se debe a que ningún ser humano es igual a otro. 

Lo recomendable después de la emoción del enojo, y cuando, como dirían algunos, las aguas están más calmas, es verbalizar esa emoción desde la razón, sobre todo si deseamos rescatar la relación con la persona con la cual tuvimos el conflicto, porque es también derecho nuestro el querer terminar relaciones que frecuentemente nos causan enojo y malestar más que alegría y felicidad.

Si deseamos avanzar en nuestras relaciones humanas, es vital expresar con palabras lo que nos hace sentir dolor, frustración y enojo, de lo contrario nos acostumbraremos a vivir en relaciones en las que cuando algo bueno o malo pasa, lo natural es callar, lo natural es dejar pasar y "hacernos a los locos”. Eso a la larga no hará más que sepultar las oportunidades de crecimiento que podríamos tener con el otro.

Además, no olvidemos que el aclarar las cosas que nos disgustan de forma oportuna, ayudará a la otra persona a entender mejor el porqué de nuestra reacción de enojo, y evitará especulaciones que en el fondo pueden complicar más las cosas.

Aprendamos a dejarnos sentir lo que en realidad sentimos, sin ocultar lágrimas con risas falsas, enojos con perdones vacíos. Aprendamos a reconocer lo que nuestro cuerpo siente. 

Tantas veces hemos reprimido emociones, que a la larga dejamos de reconocerlas, de validarlas, y terminamos sin saber qué sentir, si alegría o tristeza, si aceptación o enojo, puesto que todo es motivo para sentirnos juzgados o invalidados.

Como padres, enseñemos a nuestros hijos a reconocer sus emociones, a entender el lenguaje de sus cuerpos y aceptar como legítimas sus emociones. El hecho de que ellas o ellos sean más pequeños no los hace menos seres humanos, y lo que para nosotros posiblemente no sea causa de mayor disgusto, para ellos puede serlo, y eso no tiene por qué ser malo.

Por otro lado, nuestros derechos comienzan cuando aprendemos a reconocernos como sujetos únicos, con diferentes formas de pensar, reaccionar y sentir. 

Nuestros derechos comienzan cuando aceptamos las diferencias del otro y cuando nos permitimos ser sinceros con lo que pensamos y sentimos. Cuando entendemos que nuestras reacciones son coherentes con los que sentimos, y cuando comprendemos que nadie puede sentir por nosotros más que nosotros mismos. Por esta razón no hay emociones que sean malas. 

Inclusive el enojo es una forma en que nuestro cuerpo se defiende de mayores males. Reprimirlo o negarlo seguramente nos terminará enfermando y ¿por qué? ¿Por quedar bien socialmente?
 
Seguramente en este punto habrá que preguntarnos si es nuestra salud mental menos importante que las divinas fachadas. 


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