La poesía de protesta y esperanza de Alberto Guerra

Como pocos de los escritores de su generación, fue un incansable animador de las manifestaciones folklóricas en su ciudad natal y un reconocido mentor de los jóvenes poetas.
domingo, 5 de noviembre de 2017 · 01:00
Víctor Montoya
 
A lberto Guerra Gutiérrez (Oruro, 1930 – 2006). Poeta, investigador cultural y profesor innato. Trabajó de joven en el interior de la mina; vivencia que supo traducirla en una poesía sentida y explosiva. Su legado bibliográfico, en varios géneros literarios, es fecundo y merece un estudio serio. 
 
Fundó y dirigió la revista El Duende, que, desde hace varios años, se edita como suplemento literario del diario La Patria. Formó parte de la segunda generación del grupo literario Gesta Bárbara. 
 
Ejerció como profesor en varios distritos mineros, coordinó proyectos culturales en la Universidad Técnica de Oruro y en la Alcaldía Municipal. Fue miembro del número de la Academia Boliviana de la Lengua y de la Asociación Latinoamericana del Folklore. 
 
Como pocos de los escritores de su generación, fue un incansable animador de las manifestaciones folklóricas en su ciudad natal y un reconocido mentor de los jóvenes poetas, a quienes los reunía en encuentros literarios y los encaminaba por los senderos de la versificación. 
 
Era una persona de trato amable y hablaba siempre con la sinceridad entre las manos. No en vano nos dice en los versos de uno de sus poemas: "Mi casa tiene ojos claros/ como el alba/ y una rosa enamorada/ atisbando por rendijas/ de su puerta que es mi propio corazón,/ hecho de maderas dulces y de esperanza”. 
 
Así era Alberto, un poeta que tenía las puertas abiertas de su corazón, dispuesta a dejar pasar a cualquiera que quisiera acercarse a la sensibilidad más honda de este gran tejedor de pasiones, sueños y palabras.
 
Inicios de un quehacer poético
 
A principios de los años 90 del siglo pasado, cuando le hice una entrevista, le pregunté cómo y cuándo empezó su interés por el quehacer poético. Me miró algo sorprendido, aspiró el humo del cigarrillo y contestó: 
 
"En mi vida tuve dos profesores; uno ha sido Juan Revollo, quien, estando yo en el quinto o sexto curso de primaria, fue el primero en hablarnos de la métrica del verso y de la gramática castellana. Él nos enseñó la composición de las coplas y los versos. 
 
A mí me gustaron mucho sus lecciones y escribí, a modo de ejercicio, muchas coplas, que acabaron gustando entre los compañeros de mi clase. Por desgracia, no he tenido el cuidado de conservar estas primeras composiciones. En secundaria, tuve otro gran profesor de lenguaje y literatura, Luis Carranzas Siles, quien, con paciencia y habilidad didáctica, nos introdujo en el estudio de la literatura. 
 
De este modo empecé a leer seriamente las obras de los clásicos, como Don Quijote de Cervantes y Hamlet de Shakespeare. No sólo aprendí a memorizar los versos de Bécquer y Espronceda, sino también a estudiarlos, junto a otras obras del modernismo literario que, habiendo nacido en América a principios de siglo XX, volvían de España con voces tan firmes como las de García Lorca y Juan Ramón Jiménez. 
 
Ahora bien, estando todavía en el colegio, me reuní con algunos amigos, con Humberto Jaimes, Ricardo Lazzo y Héctor Borda, entre otros, que formaban parte de la segunda generación de Gesta Bárbara, movimiento poético al que yo me incorporé en 1947. Desde entonces, empecé a asumir con seriedad el quehacer poético”. 
 
A varios años de su muerte, la ciudad de Oruro y su Carnaval, declarado por la Unesco Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, lloran todavía por la partida de este escritor con alma de niño, que supo ganarse el aprecio de sus coterráneos con la humildad y la honestidad que lo caracterizaban.
 
Hoy, una plaza y una biblioteca llevan su nombre, y esperemos que sean más las instituciones educativas y públicas que estampen el nombre de Alberto Guerra Gutiérrez, como un justo homenaje a una personalidad que, con los versos y la historia de su corazón, lo dio todo por su terruño hecho de mitos, leyendas, folklore y sufrimientos. 
 
Considerado uno de los escritores más importantes de la literatura infantil boliviana, era un niño grande en toda la extensión de la palabra y un poeta que sabía compartir las tristezas de los niños desamparados y las alegrías de quienes gozaban de protección y cariño. 
 
En su afán por revelarnos el lado más humano y sensible de su personalidad, elaboró la antología El mundo del niño, junto con el poeta Hugo Molina Viaña.
 
 No conforme con esto, escribió el poemario Baladas de los niños mineros, un maravilloso libro dedicado al niño trabajador, a ese niño que, en lugar de asistir a la escuela, jugar y gozar de su infancia, se ve obligado a trabajar en los tenebrosos socavones de la mina. Por todo esto, la poesía de   Guerra Gutiérrez es un grito de protesta pero también de esperanza. 
 
El mundo minero
 
Su  poesía infantil, de un modo general, está articulada a la temática minera; una realidad que lo impactó desde que hizo su kindergarten en la población de Siglo XX, al norte del departamento de Potosí, en tiempos en que su padre ejercía como técnico de la Empresa Simón I. Patiño. Más tarde, cuando su progenitor fue transferido a las minas del Sur, el futuro poeta fue atraído por el mundo de las familias campesinas que, a poco de abandonar sus parcelas, se proletarizaban en las empresas de los magnates mineros.
 
Su compromiso social con los trabajadores del subsuelo se consolidó cuando él mismo, mientras estudiaba en el colegio Saracho de Oruro, ingresó a trabajar en la Empresa Minera San José, donde, en una cuadrilla compuesta por trece obreros, tuvo como a su maestro principal a Manuel Fernández, ese personaje cuya dramática vida lo inspiró a escribir su poemario Manuel Fernández y el itinerario de la muerte, que, más que ser un simple retrato cronológico de un obrero que termina sus días en la calle, reventado por la silicosis y el alcohol, es un verdadero canto a los mineros bolivianos desde el punto de vista simbólico y metafórico.
 
No cabe duda de que en el interior de la mina, el poeta hizo carne de su carne y sangre su sangre de la realidad minera, que se expresa de manera figurativa y apoteósica en una parte de su obra poética -incluso en su ensayo antropológico sobre el Tío de la mina-, que lo identifica con los ritos pagano-religiosos, vivencias, ideales y sentimientos de los trabajadores del subsuelo, a cuyos hijos los tuvo como alumnos en la escuela y a quienes les dedicó sus Baladas de los niños mineros.
 
Luego de haber trabajado en el interior de la mina por  un año y medio, lo suficiente para conocer los recovecos de un ámbito cargado de tragedias, luchas y esperanzas, Alberto  prosiguió sus estudios en la Normal Superior de su ciudad natal, hasta  1954.
 
Una vez egresado como maestro de educación primaria, pidió voluntariamente ser destinado a Kataricagua, distrito aledaño a la población de Huanuni, donde trabajó durante cinco años con los hijos e hijas de las familias mineras, que le ganaron el corazón y le dieron las pautas para escribir, uno a uno, los versos que conforman su poemario Baladas de los niños mineros, que lo sitúa a la altura de su entrañable amigo y compañero de letras Hugo Molina Viaña, quien también trabajó como profesor en varios distritos mineros.
 
Con los niños en el corazón 
 
Fue justamente Molina Viaña, quien, en una carta dirigida a su dilecto amigo -una carta que luego se insertó como prólogo en la primera edición del libro, en 1970-, le dedicó palabras de honda connotación humana: 
 
"Nuestros niños mineros, ausentes del pan nuestro, mordidos por el hambre y la miseria, perseguidos por el ‘búho de alas rojas’ de la tragedia. Tus niños mineros, los míos, los nuestros, crucificados en un madero de desnudez, intemperie y enfermedad, verán la luz cuando se hable al mundo de su breve paso por la vida, sin golosinas ni juguetes; hasta les privaron de un libro de lectura (…) 
 
Que en los maestros palpite el mensaje de tus Baladas, que el pueblo boliviano se dirija a los niños de las minas, por los que está en deuda siempre; encendiste la estrella de la poesía social en la Literatura Infantil boliviana (…) 
 
En Baladas de los niños mineros está todo el dolor de los ojos luminosos de la ternura lacerados por profundas ojeras de orfandad y duelo (...) Alberto, poeta de los mineros; desde mi escuela añorada de niños mineros con el cuerpo cubierto por un mapa de harapos, allí donde aprenden los ‘derechos humanos’ en cuadernos de ladrillo y mobiliario de adobes, que tu denuncia avergüence a los malvados para siempre”.
 
Las Baladas de los niños mineros, compuestas al ritmo de arrullos de cuna, con un lenguaje lúdico y figurado, revelan la sensibilidad y el dolor que siente el poeta ante la cruda situación de los niños: "Arrurrú mi niña/ trozo de metal./ Si duermes mi niña/ yo te compraré,/ una olla grande/ y algo de comer”. 
 
En otros versos se lee: "Duérmete mi niño/ pequeño minerito,/ duérmete y no llores/ que el Tío se enoja/ cuando pides pan”. 
 
Así les canta Alberto Guerra desde su corazón de niño grande, mientras los cobija entre sus brazos y los induce al aprendizaje inicial de la lectura y la escritura, como todo buen maestro que no sólo comparte sus conocimientos, sino también sus sentimientos que ayudan a forjar la personalidad y el porvenir de los niños mineros. 
 
Sus pensamientos, plasmados en el poemario Baladas de los niños mineros, son auténticos y carecen de hipocresía toda vez que se refiere, con fina pluma y firme pulso, a los sueños y pesadillas de los pequeños obreros. 
 
El poeta y profesor de infantes estaba consciente de que era posible romper los cercos de la pobreza y la desgracia con esfuerzo y educación. No en vano les recordaba, con un hálito de esperanza, diciéndoles que no todo estaba perdido, "aunque seas lo que somos/ un minero, nada más;/ aunque tejas en tus dedos/ hilos de pena y dolor”.
 
Poesía al servicio de los oprimidos
 
Alberto  fue el poeta comprometido con la realidad social de su época y nunca dudó en declararse amigo de los desposeídos, junto a quienes aprendió a morder el pan duro dos veces antes de cada bocado y junto a quienes, debido a las duras pruebas que a veces impone la vida, aprendió a valorar el sentido ético de la poesía, que es algo más que una simple cadencia de palabras que engranan melódicamente en el discurso poético. 
 
Es decir, en la percepción de Alberto Guerra, el poema, además de ser la máxima expresión estética del lenguaje en una composición poética, debía ser un instrumento de denuncia y protesta contra las injusticias sociales. 
 
De ahí que en cierta ocasión, cuando le hice una entrevista, me confesó que él siempre pensó "en poner la poesía al servicio de los oprimidos, tratando de hacer de la poesía la voz de los sin voz”.
 
 Luego prosiguió: "Creíamos que el sector minero estaba demasiado reprimido no sólo social y económicamente, sino también espiritualmente; por eso, tanto Borda Leaño como yo, tratamos de seguir los surcos trazados por Luis Mendizábal, Wálter Fernández Calvimontes y otros, y tratamos de hacer una poesía minera, denunciando las atrocidades y las injusticias que se cometían contra este sector”. 
 
En esta ocasión es preciso aclarar que los versos reunidos en Baladas de los niños mineros corresponden, por definirlo de alguna manera, a dos etapas de su creación literaria, ya que en la VII parte de la segunda edición revisada y complementada de 1998, se añadieron algunos versos referentes a la nefasta "relocalización” minera, que no aparecen en la primera edición del poemario, ya que la "relocalización” se produjo recién en 1985, tras el Decreto Supremo 21060; pero que, sin embargo, el poeta estimó conveniente -y hasta necesario- incorporarlos en la nueva edición del libro que, de otro modo, hubiese estado incompleto si no se contemplaba este importante episodio en la historia contemporánea de la minería.
 
Baladas de los niños mineros es una magnífica muestra de que la poesía infantil boliviana -que se nutre tanto del lenguaje cotidiano como del lenguaje lúdico, que juega con las metáforas y la musicalidad de las palabras- no está exenta de una realidad social que, por mucho tiempo y a espaldas de las convenciones internacionales sobre los Derechos de los Niños, tocó la sensibilidad de varios poetas nacionales, quienes no escatimaron esfuerzos para versificar, con idoneidad y conocimiento de causa, una realidad que se clava como una espina en el pescuezo de un país donde innumerables niños, empujados a trabajar en los inhóspitos socavones, formaban parte del sistema de explotación capitalista y la elevada tasa de deserción escolar.    
 
Su busto en una plaza de Oruro en el Barrio Jardín -zona norte de la ciudad de Pagador-, donde antiguamente los arenales jugaban con el viento, me tomé una fotografía junto al busto de Alberto Guerra Gutiérrez, una fría tarde de agosto y poco antes de que el ocaso empezara a teñirse en el horizonte. La plaza, de ambiente acogedor y arquitectura ornamental, luce un puente en la parte central y una fuente que genera cortinas y chorros de agua.
 
Ver el busto de Alberto Guerra Gutiérrez, en un sitio público que hoy lleva su nombre, me causó una insondable alegría, una alegría de esas que pocas veces emergen como torbellino desde el fondo del alma. No era para menos, este poeta yatiri era digno del mejor de los elogios de parte de sus coterráneos. Había que recordarlo de este modo, porque fue uno de los pocos intelectuales orureños que, a través de las filigranas del verso y los ensayos de antropología, dio a conocer el blasón de la ciudad, rescatando del acervo cultural la parte más mágica y tradicional del Carnaval de Oruro.
 
Alberto Guerra Gutiérrez fue un hombre que, desde la sencillez y la sabiduría, sabía ganarse el aprecio de los amigos con su amabilidad y sonrisa franca. 
 
Lo conocí personalmente en el Primer Encuentro de Poetas y Narradores de Bolivia, celebrado en septiembre de 1991 en Estocolmo, donde lo vi oficiar un ritual de ch’alla como todo buen yatiri y donde conversamos, entre trago y trago, de poesía y de folklore, mientras el humo del tabaco negro dibujaba en el aire las siluetas de los amores y desamores en la vida de un poeta acostumbrado a desgranar sus versos entre los corazones violentamente apasionados.  
 
Un justo homenaje
 
Años después, cuando supe que cayó fulminado por un ataque cardíaco en plena calle, mientras caminaba rumbo a su casa, lo primero que sentí fue una honda tristeza y luego cruzó por mi mente la idea de que los orureños, junto a los miembros de la Unión Nacional de Poetas y Escritores (UNPE) y las autoridades ediles, estaban en la obligación de rendirle un justo homenaje, a modo de perpetuar su memoria, dedicándole una calle, una plaza o bautizando alguna de las instituciones culturales con su nombre, para que las futuras generaciones sepan quién fue Alberto Guerra Gutiérrez, ese vate de la poesía social, amigo de los niños mineros y querendón de las tradiciones más auténticas de su pueblo. 
 
Su aporte a la cultura fue enorme: organizó tertulias literarias entre amigos, trabajó en la mina y ejerció la docencia, realizó estudios antropológicos sobre la cultura de los urus y desentrañó los mitos y las leyendas de la meseta andina. Su espíritu de investigador autodidacta y su inquietud por contribuir al ámbito de la literatura, lo impulsó a escribir libros con temática diversa, tanto en verso como en prosa. 
 
El haber estado en la plaza que lleva su nombre, me colmó de honda satisfacción y el corazón me latió como caballo al galope, no sólo porque vi su busto sobre un pedestal y una placa recordatoria, sino también porque fue un amigo del alma, de esos a quienes basta conocerlos una vez para tomarles cariño y saberlos que siempre estarán ahí, como esos viejos duendes que, sin dejarse encadenar por los caprichos de la muerte y ansiosos por retornar al reino de los vivos, se nos aparecen una y otra vez. 
 
Así permanecerá el poeta yatiri entre los milagros de la mamita Candelaria y los danzarines del Carnaval, entre las dunas de arena y el lago Poopó, entre los cerros donde mora la víbora y los socavones donde los mineros horadan el vientre de la Pachamama, entre la roca que representa al cóndor y la roca que representa al sapo, porque como bien afirma la creencia popular: Alberto Guerra Gutiérrez no se fue definitivamente con la muerte, por eso siempre estará entre nosotros convertido en viejo duende.

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