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¿La utopía del amor verdadero?

Desde pequeños hemos entendido mal que el amor nos duele y nos entristece...
domingo, 10 de diciembre de 2017 · 00:00

Bitia Vargas  La Paz

Llegamos a ser incrédulos cuando alguien de nuestro entorno nos habla sobre el amor verdadero y nosotros decimos que en realidad no existe.   No es culpa nuestra, ciertamente, el hacer ese tipo de afirmaciones, puesto que desde pequeños hemos mal entendido que el amor nos duele y nos entristece, dándole diferentes rostros que están muy alejados del amor.


Cuando buscamos, por ejemplo, la atención de nuestra madre y a veces la hemos encontrada poco dispuesta, entonces creemos que el amor tiene que ver con cuanta atención nos den y crecemos con esa idea. 


El amor va tomando forma de otros rostros más. Unas veces es sinónimo de atención, otras, de posesión.  Pensamos que alguien que amamos nos pertenece y nosotros le pertenecemos a quien nos ama. Sufrimos por lo tanto cuando sentimos que esta persona empieza a ser independiente.


Otras veces el amor toma forma de celos. Entonces, llegamos a creer que quien nos cela nos ama, y mientras más nos cela, más no ama. 


Los celos están ligados al amor que toma forma de posesión. Pero soólo podemos llegar a poseer objetos, y es evidente que cuando perdemos un objeto sufrimos porque es nuestro, porque lo hemos comprado, porque lo queríamos. Sufrimos cuando alguien más quiere dicho objeto. 


Pero  así como aprendemos y reaprendemos diariamente, con nuestras percepciones y conceptos, pasa igual, podemos modificarlos, confrontarlos y hallar verdades más certeras que mejoren nuestras vidas; como el hecho de creer en el amor verdadero, en ese que no duele, que no cela, que permite crecer al otro mientras nosotros también lo hacemos.


No es imposible esa clase de amor. El primer paso hacia ese nuevo descubrimiento es reconocer a la persona que hay detrás de la persona que amamos. 


Cuando reconocemos su cualidad de ser humano y no de objeto, entendemos que al igual que nosotros tiene derechos. Entendemos que no tiene por qué parecerse a nosotros y que tiene la posibilidad de decidir y elegirnos o de decidir e irse. 


Si la vemos como a lo que es, una persona, un ser humano, éste deja de pertenecernos porque pasa a pertenecerse a sí mismo. 


Por lo tanto,  cuando sentimos celos, lo cual es resultado de nuestras emociones, comprendemos que éstos  no tienen nada que ver con lo que haga el otro, sino con  lo que pensamos del otro, y eso es un problema netamente individual, un problema que debemos  resolver  nosotros, porque nadie más puede modificar lo que pensamos.


Sólo viendo al otro como lo que es, podemos empezar a amarlo. Al real, al verdadero, al único.

Empezar a construir ese sentimiento de amor, un poco lejano quizá del amor que llamamos  romántico, pero mucho más profundo y perdurable. 


Por ende, el amor no es una simple emoción, porque éstas cambian, se terminan, se apagan. Las emociones sí tienen que ver con enamorarnos, y esa es la razón del por qué el enamoramiento tarde o temprano se termina.   


Los cambios químicos que se generan con la pasión del enamoramiento no pueden ser eternos en nuestro organismo, porque  está diseñado para estabilizar cualquier desequilibrio que detecte. 


Sí, estar enamorado es estar desequilibrado, pero el amor es otra cosa. Es un equilibrio constante, aún con las inestabilidades normales de la vida. Es hallarse genuinamente feliz con el otro que ha decido por propia voluntad acompañarnos durante el largo o corto trayecto de nuestra vida. 


Es ser consciente de la posibilidad de que pueda irse, aun así no obramos por miedo ni ansiedad, porque dentro de todo lo que puede pasar, y que siempre pasa, llegamos a confirmar que el amor es esa energía que se renueva continuamente  y que de seguro seguirá presente en nuestro camino, eso, sí, en nuevos rostros y en diferentes circunstancias.

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