Crónica

Postales cubanas

En Cuba, a nadie lo llevan, todos van, sintiendo cada piedra en la ruta. Los viajeros sienten el rigor de la ruta hecha a caballo o el sudor del de al lado en una guagua repleta de gente.
domingo, 24 de diciembre de 2017 · 00:00

José Pablo Criales / Buenos Aires  Especial para la revista Miradas


“ Su atención por favor, pasajeros del vuelo de Avianca 0254 con destino a La Habana, el abordaje está por empezar en la puerta número tres. Recuerden que si no compraron su tarjeta turística para ingresar a la isla, la pueden adquirir en mostrador. Gracias”. 


El aeropuerto de Bogotá está repleto a toda hora. Una voz femenina –siempre distinta– anuncia constantemente la partida de un vuelo, con amabilidad y respetando todas las formas. La voz que anuncia el vuelo a La Habana no lo hace, esa tiene una entonación distinta. Se regodea cuando avisa la necesidad de una tarjeta turística, haciendo una pausa y marcando el énfasis cuando dice “ingresar a la isla”. Los pasajeros en fila también lo disfrutan. Ahí van –frente a la mirada curiosa de quienes se dirigen a otros destinos que desde esta perspectiva parecen insípidos– los que vuelan a La Habana en un avión semivacío.


A Cuba no se va. En Cuba se entra. En el avión una mujer llora hablando con su marido, después sonríe y le hace caras a su hijo pequeño, diciéndole que por fin va a conocer a la abuela. Una pareja mira la última película de Woody Allen y la chica se enoja porque el novio no logra sincronizar su pantalla con la de ella. 


Un alemán lee una guía de viajes: la anota, la subraya, la cierra, se duerme; repite. Dos chilenos siguen el vuelo por el monitor y gritan cuando ven la costa. Ritual de lo habitual, hasta que en un momento todo se calla. Los libros se cierran, los audífonos se desconectan, algunos teléfonos se bloquean y otros encienden la cámara. Los chilenos guían el tour, avisando que a la derecha se puede ver la Sierra Maestra. Viajar, hoy en día, esconde una ironía. 


El avión tarda 15 minutos en despedirse de esa selva oriental, cruzar el valle de Viñales al oeste y dar una vuelta abrupta para aterrizar en La Habana. El mismo viaje –de un extremo de la isla al otro– se hace en 18 horas por carretera. Fidel Castro tardó siete días en hacerlo, cuando triunfó su revolución en 1959. Aleida March, la última esposa del Che Guevara, admitió nunca haber pisado La Habana antes de su cumpleaños 27, viviendo a tan solo a cinco horas en la ciudad de Santa Clara. Hoy uno se sienta en un avión, duerme, y deja que lo lleven. 


Pero en Cuba a nadie lo llevan, todos van, sintiendo cada piedra en la ruta. Los viajeros sienten el rigor de la ruta hecha a caballo o el sudor del de al lado en una guagua repleta de gente. Cuentan las palmeras del páramo desolado y disfrutan cada parada con sabor a sándwich de cerdo y jugo de limón.


Pero eso viene después. Ahora, el aeropuerto José Martí  es una estructura desolada rodeada de aviones de fabricación rusa, peleando contra la corroción. La cabina del avión se despresuriza y entra el aire de La Habana, que huele a humedad, a la sal del mar y a sudor. Es una mezcla imposible de explicar a quien no la ha visitado, pero que sigue para siempre a quienes la han caminado. Cuba es ineludible. Es la posibilidad de una utopía o de un fracaso, encerrada en una isla rodeada por la mitología de la historia presente y de la historia corroída.

 La muerte del padre


“¡Qué difícil pensar en un adjetivo que te describa! Decirte: comandante en jefe, comandante invicto, comandante eterno. Decirte patria. Ninguno es suficiente”, dice la transmisión de la Radio Rebelde que se escucha en cada esquina de La Habana. Los restos de Fidel están llegando a Holguín –última parada antes del cementerio de Santiago– y los medios siguen su caravana de silencio. Pero las calles de la capital viven otro luto, uno relativamente alegre –uno bastante irónico– que demuestra cuánto aprendieron los cubanos de libertad de mercado desde que Raúl es presidente.


Los jineteros –personas con charla amigable y el objetivo férreo de quedarse con los dólares turísticos– ofrecen los Cohíba Robustos en la calle: “Los mismos que fumaba el comandante en jefe, a mitad del precio de fábrica”. 


Otros, más vivos, venden diarios. El Granma, periódico oficial del Estado, cuesta veinte centavos cubanos, cinco centavos de dólar. Estos son difíciles de conseguir en La Habana, se los vende en pocos lugares del centro y la mayoría están reservados para los habitantes de la periferia urbana, que hacen filas eternas para comprarlo. Por eso el jinetero se te acerca cómplice –como cuando te ofrece tabaco, tarjetas de Internet, cambio de divisas o una prostituta– y te lleva a una esquina oscura para venderte el periódico.


“Yo se cual tú quieres, acere”, me dice Álex, un mulato musculoso, de ojos claros y con trenzas, que me saca tres cabezas y destruye mi amor propio. “Tengo el del 26 de noviembre, la versión de Granma y también la del otro diario: Juventud Rebelde”. 


Hace una semana que los diarios replican fotos de Fidel en sus portadas. 


Casi todos tienen los mismos títulos: “Hasta siempre, comandante”; “Fidel eterno”; “Yo soy Fidel”; “Vuelve a Santiago por su camino de gloria”; y mi favorita personal, una foto suya hablando en la ONU en 1979 con una frase de Silvio Rodríguez en el aire: “Yo me muero como viví”. Pero los turistas quieren –queremos– esa portada del veintiséis que informa sobre la muerte definitiva del Comandante; y los comerciantes cubanos lo saben.


Álex acaba de venderle el diario a un francés por veinte euros. El hombrecito saca el billete sin sudar, pone cara de nada (cara de francés), recibe el diario y lo dobla en cuatro para meterlo en su bolsillo.

Álex hace lo mismo con el billete. “Volvamos a lo nuestro, acere”, me dice y se ríe cuando el francés se aleja. 


Le pregunto a cuánto me lo deja a pesar de que lo ayudé en su anterior venta. “Boliviano, a ti como latino te lo dejo sólo en 10”, contesta. Le ofrezco tres y me pide ocho: “Amigo, yo sé lo que esto significa para los periodistas; es la historia misma”. Le digo que me lo deje a cinco y al fin acepta.

“Simple oferta y demanda, hermano boliviano”, dice. Y ahora sí se ríe en serio.


Hacemos el intercambio y, cuando nos despedimos, mira mi gorra y me pregunta si vi a los Rolling Stones cuando vinieron. Le digo que no, que llegué hace unos días y le pregunto si él fue a verlos. 


“No acere, eso no se baila. A mí lo que me gusta es el reggaetón”. Tampoco se movió de la calle cuando llegó Obama: “Esas cosas son espejitos de colores. El cambio, si hay cambio, solo lo vamos a lograr nosotros”.


Me siento en la Plaza de Armas a leer el diario y se me acerca una mujer mayor. Mulata, de pelo blanco, 64 años, podría ser la madre de Álex. Me ve solo, fumando, y me pide un cigarro. “Cómprame un diario, amigo, que no he vendido nada”, dice cansada entre pitadas. Veo que tiene el del 26, edición de Juventud Rebelde, en su pila enorme, y le pregunto el precio: “A cualquier moneda que me quiero ir para mi casa”. Le doy veinticinco centavos de dólar y acepta alegre. Se relaja y hablamos.

“La cosa se va a poner dura sin Fidel”, dice con una tristeza sincera. Hablamos de política, de Evo Morales, del Che en Bolivia y cuando se despide me dice: “Un gusto, hermano boliviano, hermano latino, de nuestra América martiniana. ¡Hasta la victoria!”, lo último lo dice tímidamente y entre risas.


El hombre nuevo –bastión de la reforma agraria y de la fuerza trabajadora que tanto predicaba el Che– hoy es una señora mayor, gastada por el periodo especial, que siente que acaba de morir su padre. Sus hijos, los cubanos que no vieron a Fidel, sino que vieron a Castro, un viejecito que se tropezaba cada vez que subía un par de escaleras, casi no sienten el luto. Sienten su incertidumbre, pero la viven a la cubana, pensando que a cada uno le toca “lo propio”. Hoy, no piensan en revolución, piensan en dólares y música movida.


La vocación de Santa Clara


“Pioneros por el comunismo ¡Seremos como el Che!”, gritan casi doscientas voces púberes, todos los días, a las ocho de la mañana. Después se desconcentran como abejas y entran en sus aulas. 


Cuba es todo lo que enseñan sobre propaganda comunista: rostros pintados en las calles, paredes gritando frases de sus líderes, retratos colgados en cada negocio y en cada casa. A eso se le suman los rituales casi litúrgicos de todos los días, como este juramento en voz alta que los niños en educación primaria repiten desde los años setenta en honor al héroe extranjero de la revolución cubana.


Santa Clara, 270 kilómetros al este de La Habana –prácticamente en el corazón de la isla– es una de las ciudades más orgullosas de su fervor revolucionario y de su identidad política.


 Será porque ahí se libró la batalla definitiva de la revolución de 1959, cuando el Che Guevara lideró a 250 hombres en la victoria contra  2.500 soldados del ejército regular, limpiando el camino de Castro hacia La Habana y obligando al presidente Batista a huir a España, donde fue recibido por Franco. 


Será, también, porque en esta ciudad, Fidel Castro ejerció su autodefensa en el juicio que lo condenó a quince años de prisión después del ataque al Cuartel Moncada, uno de los primeros embistes del movimiento 26 de julio –cuna del Ejército Rebelde– en Santiago de Cuba. 


“La historia me absolverá”, le dijo Fidel a ese tribunal ocho años antes de derrocar a Batista y, hoy, dos semanas después de su muerte, (el autor escribió esta crónica 15 días después de la muerte de Fidel), las paredes de Santa Clara le dicen “La historia te absolvió”, en pintura fresca sobre paredes desgastadas.


“En realidad nuestro orgullo nace por estar siempre a la vanguardia”, dice Quico en la puerta de la escuela primaria René Fraga Moreno. Pasa por su antigua escuela todos los viernes a la mañana, de camino a la guagua que lo deja en la Universidad de Villa Clara, sólo para escuchar el juramento. 


Alto, rubio peinado con gomina y con un saco sastre color beige que entalla su espalda, Quico sólo se nota cubano cuando habla –porque además no para de hablar– y por llevar ese saco insoportable para los 37 grados de este viernes. “Así es Santa Clara, acere. Cuna de próceres, de batallas y avances. Antes de su juicio en Santa Clara Fidel sólo era un abogado mediocre y soñador que hablaba muy bonito. Antes de Santa Clara el Che era sólo otro barbudo de los más guapos de las fotos. Y, hoy, Santa Clara es el Mejunje y Díaz Canel, nuestra nueva historia”.


Miguel Díaz Canel tiene puesta la corona de la esperanza. Nacido en 1960, es lo que son más de la mitad de los cubanos de hoy en día: un posrevolucionario. 


“Es un quemao de los Beatles y es de los que hecha candela para lograr la Internet libre”, agrega Quico.


Siendo alcalde de Santa Clara en pleno periodo especial, a Díaz Canel le tocó organizar la recepción de los restos mortales del Che Guevara y de sus compañeros caídos en Bolivia y exhumados durante el gobierno de Sánchez de Lozada. En esa época, Díaz Canel le confesó al periodista Martín Caparrós que ese acto le valió el respeto de Fidel Castro, a quien le pidió que hablara en el evento –Castro no se presentaba en público en Santa Clara hace años– y organizó una recepción multitudinaria y la inauguración del mausoleo en cuestión de horas. 


Después de eso, su carrera política se fue por las nubes: en 1997, Díaz Canel se convirtió en el miembro más joven del Politburó cubano –y uno de los pocos que no luchó en la revolución de 1959–, en 2003 fue electo alcalde de Holguín, y fue Ministro de Educación Superior de 2009 hasta 2012. Dejó ese puesto para posicionarse como vicepresidente del Consejo de Ministros en 2013 y hoy suena como el gran sucesor de Raúl Castro, que tendría que dejar el poder en 2018. 


“Viste de jeans y camisa, y no con el verde oliva de los revolucionarios”, dice Quico,  que parece entender mucho de comunicación política y cuando lo googleo puedo ver a un hombre robusto y sonriente que usa guayabera, aconsejando a Raúl Castro o abrazando a Kim Jong-un. 


Ese hombre de sonrisa maquiavélica y carisma reconocido tiene la estampa del futuro cubano, con el paso cerrado a los Estados Unidos –por Obama, que anuló la política de “pies secos, pies mojados”– y gran parte de la herencia del castrismo cremada y ansiosa de un modo de vida occidental.


“Me tengo que ir, amigo, pero si quiere quedamos para mañana en el Mejunje, que se pone bueno los sábados”, dice Quico antes de irse.


El Mejunje es otra victoria política de Santa Clara. Inaugurado en 1991, es un ornitorrinco cultural que cambia de traje todas las noches. Entre noches de rock, trova contemporánea, salsa y cine para niños, la de los sábados es especial: ese día reúne al público LGBT y monta un espectáculo de drag queens haciendo karaoke. 


Entre grafitis, mojitos y los balcones de una lindísima casa colonial restaurada, la noche del Mejunje suena a los travestis con vestidos brillantes que suben por turnos a cantar canciones de Gloria Gaynor y a la primera fila del público que son los gays locales más asiduos y rimbombantes, que lanzan besos, gritos y flores a los figurantes. Ahí en medio puedo ver a Quico, que me manda un beso con la mano y solo se acerca cuando termina el show.


“Y, acere, ¿cómo vio el espectáculo?”, me pregunta, y le admito que nunca había ido a un lugar como ese. “¡Qué mejor que estar en Cuba para visitar tu primer bar gay!”, me dice entre risas y me pide un cigarrillo. Cuando salimos a fumar le pregunto medio en broma si lleva una doble vida de revolucionario universitario por la mañana y de él mismo por la noche. 


“Pasa que hay que saber reconocer las victorias y las derrotas, mi amigo, como lo hizo el Comandante”, dice negando con la cabeza. La homosexualidad en Cuba es uno de los grandes escollos revolucionarios, una de las más fuertes y socialmente dañinas influencias soviéticas, y una de las banderas de la nueva política progresista. Entre 1965 y 1968, casi 30.000 jóvenes fueron recluidos en espacios de trabajo destinados para quienes “se negaban a realizar el servicio militar obligatorio”, y que casualmente se llenaron de intelectuales, religiosos y homosexuales que “demostraban conductas antirrevolucionarias”. 


Recién en 1979 se legalizaron las relaciones homosexuales entre mayores de 16 años y en 2013 el Partido Comunista de Cuba asumió en sus estatutos la obligación de sus militantes de enfrentarse a prejuicios y conductas discriminatorias por causas de orientación sexual. En toda esta evolución confluyen dos factores: la influencia del Mejunje, enclave de una homosexualidad cubana cada vez más viva y orgullosa, y la política de Mariela Castro, directora del Centro Nacional de Educación Sexual e hija del actual presidente. 


“Muchos dicen que los revolucionarios eran machistas y probablemente sea verdad. Pero a mí me gusta pensar que el Che estaría con la Mariela en las marchas y festejando los desfiles”.


“Yo estoy orgulloso de la admisión de culpas del Comandante, de Mariela y de la evolución de la política que se viene. Fidel fue único y no habrá nadie igual, por eso necesitamos muchos Migueles y varias Marielas que le laven la cara al partido, que el pueblo ya sufrió bastante”, dice Quico, ahora con un mojito. 


“Con la confluencia de turistas los jóvenes vemos otras posibilidades que se traducen en reclamos que el Gobierno a veces toma como mundanos: Internet, celulares, ropa de marca y libertades sexuales. El orgullo nacional es bonito; pero pasa que eso no se come, no se coge ni te cubre el cuerpo, acere”.


Me siento en la barra y él se va a bailar en la pista con otros chicos. Cuando se acerca a buscar otro trago le digo que me voy y nos damos un abrazo. “Pioneros y trastabillando por el comunismo”, dice entre risas y se da vuelta. Después se aleja y grita: “¡Seremos siempre como el Che!”.


Fantasmas de la Sierra Maestra


Arcadia se tapa los oídos y frunce el ceño. Después de tanto tiempo, todavía no quiere oír aunque si está dispuesta a mirar. El puerco solloza mientras el resto de su piara lo mira inquieta. Trata de escapar y Ernesto –en un solo movimiento– lo toma de las patas traseras, lo da vuelta, se apoya en su estómago y le clava el machete en la yugular. Y todo se vuelve silencio. 


Los gallos, los cerdos, los vecinos, todos se callan ante la solemnidad de la muerta que acaba de entrar en Santo Domingo con la última luz de la tarde. Ahora Arcadia se acomoda el pañuelo en la cabeza, se ajusta el mandil y aclara la garganta. “La cena estará lista en dos horas”, dice con su sonrisa perfecta y la tarde continúa.


Santo Domingo es un pueblo de la provincia de Granma al cual se llega en un viaje de dos horas en auto –o de un día entero a caballo, como lo hacen la mayoría de sus habitantes– atravesando una empinada carretera de cincuenta kilómetros que se abre camino a través de la cordillera selvática de la Sierra Maestra. 


Por ese aislamiento, Santo Domingo goza de ciertos lujos: tiene la segunda biblioteca más grande del oriente de Cuba –siguiendo solo a la de Santiago–, un hotel de lujo que mantiene el Estado, un supermercado sin pasillos que vende desde medicamentos hasta lencería, y dos puntos de conexión WiFi que comparten sus cincuenta habitantes –y que son muchísimo en comparación a los treinta y nueve que comparten los dos millones de residentes de La Habana. 


Arcadia y Ernesto son como todos los vecinos del pueblo, que se ubica estratégicamente en la entrada de la Sierra Maestra: campesinos hijos de la revolución que dejaron su ocupación para empezar a hacer dinero en el turismo. Arcadia solía ser mucama en Bayamo, adonde viajaba todas las semanas. 


Ernesto es carpintero: la cabaña de cuatro cuartos y una terraza gigante que mira toda la Sierra la hizo con sus propias manos. Hoy Arcadia maneja una posada-restaurante para viajeros y Ernesto la ayuda con las cuestiones técnicas: arreglos, construcciones, cosechas y carnicería. La trampa del paraíso de Santo Domingo es que, aún siendo la puerta de entrada a la ruta revolucionaria y al ascenso al Pico Turquino, no siempre llega ese dinero esperado y las cuentas aprietan. 


“Yo cobro 20 dólares por noche en la posada y cinco por cada plato, pero le tengo que pagar al Gobierno el permiso para mantenerla, que son 300 mensuales que no siempre entran porque a veces no lleno los cuartos”, cuenta Arcadia.


“Nuestro comandante quería mucho a nuestro pueblo”, dice Arcadia mientras adorna el puerco recién salido del horno. “Acá cerquita vivían los Medina, que fueron la familia que ayudó al ejército rebelde a esconderse en la Sierra y vencer a Batista. Cuando el ejército tomó el Gobierno, jamás se olvidó de ese gesto y de nuestro espíritu revolucionario”, la interrumpe Ernesto. 


En Internet se lee constantemente que cuando se visita Cuba no se debe preguntar sobre política a los cubanos para no crear situaciones incómodas, pero a la gran mayoría le encanta dar a conocer las virtudes de su revolución a la luz del día. 


“¿Ya viste los carteles?, Fidel siempre dijo que él se sentía granmanés y que la Revolución no hubiera sido posible sin nuestro pequeño pueblo. La revolución no nació comunista, pero se transformó inevitablemente por nuestra presencia campesina y trabajadora”.


Ernesto ayuda a su esposa en la cocina. Sus hombros son pequeños, el bigote está bien peinado, la camisa blanca disimula mantenerse hasta que llega el amarillo del cuello. Arcadia lo regaña por dejar pasar los patacones y lo besa en una oreja; él se ríe, raspando las partes quemadas del plátano frito. 


Vistos desde el comedor parecen los Ingalls –más pequeños y bronceados– que se saben de memoria la coreografía de la vida familiar. Alguien golpea la puerta e interrumpe el baile que se convierte en una carrera hacia la puerta.

Lereni tiene la sonrisa perfecta de su madre, los ojos achinados y plateados de su padre, y la elegancia de toda cubana que camina por el Malecón como en pasarela. Vuelve a su casa después de los exámenes finales de su especialización en Psiquiatría. Se sienta y, después de repartir regalos –una camisa para la madre, dos cigarros caros para el padre–, por fin se sirve la cena. La casa está llena y es una fiesta: comen una canadiense trotskista y su esposa, una pareja de vietnamitas, tres alemanes con piernas gigantes y yo, que me siento en la mesa de la cocina.


“Mi madre siempre dice que en noches como ésta se escuchan las botas de los revolucionarios subiendo a la Sierra”, dice Lereni mientras fuma a escondidas de su madre que lava los platos, después de que se van los turistas. “Yo nunca los escuché, esas son mierdas”. 


La otra mayoría de los cubanos espera la noche y al aislamiento para despotricar en contra de su gobierno. Le digo que es una linda forma de pensar la Sierra y se ríe: “Por algo viniste a ver este país, culicagao”. Me ofendo y me dice que culicagao significa joven e ingenuo en Cuba, “como la mayoría de los militantes y los que fueron a llorarlo al Comandante hasta Santiago. Pero lo entiendo, el discurso es bastante atractivo”. 


No me siento en forma para contestarle, y sigue: “Yo soy doctora por las virtudes de la revolución, pero hice Psiquiatría porque no quiero ser carne de cañón para nuestras relaciones internacionales, como mi hermana que es oftalmóloga y vive en Venezuela. O no lo seré por ahora, quién sabe si a Raúl se le ocurre mandarnos de loqueros del mundo a cambio de petróleo”. 


Le pregunto cómo piensa tan distinto de sus padres y contesta: “Tú lo dijiste, porque pienso. A mis padres y a su generación les da miedo pensar. Prefieren quedarse callados y pagar cada impuesto a cambio de pequeñas libertades, y colgar el retrato del Che al lado de los santos”. 


“La revolución se acabó cuando se nos metieron los rusos y a cuando nuestro Che lo mataron en Bolivia. Pero lo seguimos mirando, a pesar de que dijo que no retrocedamos nunca. Yo puedo ser doctora como miles de cubano que también son taxistas, meseros o jineteros. La educación y la salud pueden ser públicas, pero uno no siempre está estudiando o enfermo en cama, mi amor”.


Al día siguiente hago la ruta hacia el campamento revolucionario. La Sierra Maestra no se impone en sus dimensiones –200 kilómetros de largo y novecientos metros de altura– sino en el espectáculo de verse como una muralla impenetrable que se asienta desde la playa. 


Por algo los españoles levantaron ahí la fortaleza de San Pedro de la Roca, para cuidarse y vigilar a los piratas. Por algo José Martí dijo que quien conquistara la Sierra conquistaría Cuba. Y por algo desembarcó ahí mismo, y no en una de las playas paradisíacas, el yate que llevó a un abogado expatriado, un médico argentino y otros setenta y nueve barbudos en busca del sueño de la revolución nacional.


Tres horas de caminata llevan al campamento de Fidel Castro, una cabaña de dos ambientes que hasta hoy mantiene la cama de dos plazas y el refrigerador de su Comandante. 20 minutos de subida sin aire llevan a la cocina y otra media hora a la radio rebelde donde el Che se convirtió en mito y en la voz del pueblo victorioso. La tarde es un paraíso húmedo de vistas monumentales y por la noche el frío de la selva se impone, demostrando ser más fuerte que    1.000 hombres y 1.000 máquinas.


Espero las botas de los revolucionarios que dice Arcadia, pero no llegarán nunca. Si suenan, en cambio, los grillos y otro sinfín de animales. La selva se impone a esa hora, cuando engañan los sentidos y se imponen los miedos más profundos. 


Sólo la locura, el ansia de aventura, el turismo y, tal vez, el convencimiento férreo de que se pelea por justicia obligarían a alguien a dormir en estas condiciones. Después la noche se aclara y la luna revolotea detrás del Pico Turquino en un espectáculo hermoso. Pienso que, al final, siempre hay algo que vale la pena en todo sufrimiento autoimpuesto.


Mi última tarde en la casa de Arcadia. Almorzamos los tres, con Lereni, que espera el mismo transporte que nos llevará a la ciudad de Bayamo. En un momento de silencio, se escuchan las botas que marchan sincronizadas monte arriba en dirección hacia la cabaña. 


¿Serán los fantasmas revolucionarios que me buscan después de dejarme plantado anoche? Son cuatro y se ven reales, de carne y hueso, detrás del uniforme verde oliva. “Señora, ¿tendrá un momentico?”, le dice uno a Arcadia que se levanta sin contestar. Los uniformados le preguntan de dónde consigue la comida que les anda sirviendo a los turistas. Arcadia los mira con cara de obviedad y señala a los cuatro gallos que revolotean detrás suyo. 


Mueca y cuchicheo. Los oficiales dictaminan. “Muy bien, señora, pero no arme tanto revuelo con el restaurante, que le está complicando el negocio al hotel, atrayendo a sus huéspedes, y eso perjudica el sostenimiento de la revolución”, le dice otro y se marchan. Arcadia vuelve a la mesa sin afligirse y toma un trago del jugo de guayaba. Lereni me mira, socarrona, y pregunta: “Y, mi amor, ¿escuchaste las botas de los valientes revolucionarios anoche?”.
 

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