REPORTAJE

La violencia en los cuentos populares

En Pulgarcito, el ogro quiere degollar y comerse a los siete hermanos, del mismo modo como la bruja quiere matar y comerse a Hansel y Gretel en la casa de chocolate.
domingo, 3 de diciembre de 2017 · 00:00

Víctor Montoya


Se ha dicho muchas veces que los cuentos populares encierran una serie de “crueldades”, que no son aptas para el desarrollo emocional del niño y cuyas lecturas pueden estimular su agresividad. Los críticos consideran que varios de los cuentos populares, rescatados de la tradición oral por los hermanos Grimm y Charles Perrault, al menos en sus versiones originales, deben ser leídos sólo por los adultos, aun sabiendo que los niños, como todos los humanos, no están al margen de los actos de violencia y las “crueldades”, que experimentan a través de la pantalla de la televisión, los videojuegos o en la vida cotidiana. 

Los instintos primarios y reprimidos, como es el caso de la agresión, pueden aflorar en cualquier momento y hasta dominar sobre la parte racional y consciente del niño, pues todos los individuos cargan genéticamente un instinto de agresión en la parte más irracional e inconsciente de su ser. 


El término “agresión” se suele utilizar como sinónimo de “violencia”, aunque no signifiquen exactamente lo mismo. La agresividad de los niños, más que ser un proceso de aprendizaje adquirido en el entorno social, es una reacción natural, según las teorías planteadas por los etólogos como Konrad Lorenz y las teorías del “instinto de muerte” desarrollas por Sigmund Freud, quien asegura que la agresividad es un impulso innato que existe en el inconsciente del ser humano. 


Es decir, el “instinto de muerte”, que conduce al individuo hacia la agresividad o autodestrucción, se diferencia de los otros impulsos que tienen que ver con el “instinto de vida”, el principio del deseo y la libido o impulso sexual. 


Los cuentos de la tradición oral


Mucho antes de que existiera una literatura escrita exclusivamente para los niños, los cuentos populares -de hadas, ogros y princesas- se transmitían a través de la tradición oral y de generación en generación. Durante siglos, quizás milenios, los cuentos eran relatados entre los adultos, y, de tanto repetirse una y otra vez, llegaron también a gustar a los niños no sólo por el poder de la fantasía que alimenta el desarrollo de su personalidad, sino también por abordar temas que les toca de cerca. 


Así pues, los cuentos populares se han convertido en un tesoro invalorable para los niños, incluso cuando no existía una literatura infantil propiamente dicha y en épocas en que la psicopedagogía no había advertido su importancia.


Con el transcurso del tiempo, los cuentos populares sufrieron una serie de mutilaciones tanto en la forma como en el contenido, y muchas de las adaptaciones, lejos de mejorar el valor ético y estético del cuento, tuvieron la intención de moralizar y censurar las partes “crueles”, arguyendo que la violencia era un hecho ajeno a la realidad del niño y algo impropio en la literatura infantil. 


De cualquier modo, una cosa es mutilar el contenido de un cuento, y, otra muy distinta, adaptarlo al nivel lingüístico o desarrollo cognoscitivo del niño, quien, para gozar de la lectura, requiere comprender el léxico y la sintaxis del texto. 


Esto implica, por ejemplo, simplificar las descripciones largas, las frases irónicas, las metáforas y las moralejas, debido a que éstas son incomprensibles para los niños que no han alcanzado la etapa del razonamiento lógico, sobre todo, si se consideran los preceptos de la psicología evolutiva.


Si bien es cierto que la literatura infantil estimula la fantasía del niño y cumple una función terapéutica, es también cierto que los cuentos denominados “crueles” no tienen por qué ser censurados ni rechazados; al contrario, deben ser presentados con un sentido crítico, ya que el propio niño vive en un mundo que no es un paraíso, sino un territorio lleno de tragedias e injusticias. 


La función terapéutica de los cuentos


Los cuentos populares, al mismo tiempo que entretienen al niño, le ayudan a comprenderse mejor a sí mismo y contribuyen al desarrollo de su personalidad; claro está, siempre y cuando se los conserve y cuente en su forma original, pues cualquier tipo de mutilación que sufran sus partes más violentas no hará otra cosa que restarle importancia al cuento y malograr su contenido literario que, como en toda obra de arte bien concebida, es perfectamente comprensible para el niño.


No se debe clasificar como “malos” los cuentos que abordan el tema de la violencia, sobre todo  si la lectura de los cuentos populares tiene un sentido terapéutico por medio del cual el niño puede resolver sus conflictos emocionales internos. 


Para Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, la fantasía es un medio que le permite al niño cumplir con un deseo frustrado, como si la fantasía fuese una suerte de correctora de la realidad insatisfecha, del mismo modo que la lectura de los cuentos populares, al influir en su mundo inconsciente, le permite elaborar los conflictos internos y resolverlos en un plano consciente. 


Es decir, si el niño experimenta angustia mientras lee Caperucita roja, siente también una enorme satisfacción cuando sabe que Caperucita es liberada por el cazador, quien da muerte al lobo feroz.

Una sensación parecida le causa la lectura de Cenicienta, una adolescente que sufre el desprecio de la madrastra y las hermanastras, hasta el día en que se le aparece una hada que la ayuda y un príncipe que la hace su esposa. 


En el cuento de Blancanieves, la madrastra perversa, que siente celos y envidia por la juventud y la belleza de su hijastra, ordena a uno de sus súbditos quitarle la vida. Pero éste, en lugar de consumar el crimen, la abandona en el bosque, donde Blancanieves se refugia en la cabaña de los siete enanitos, hasta el día en que su madrastra, disfrazada de bruja, le da de comer una manzana envenenada. Cuando Blancanieves yace en el féretro de cristal, lista para ser sepultada, aparece el príncipe que la resucita con un beso y se la lleva a vivir en su castillo. 


Las escenas crueles


Las escenas de “crueldad” se repiten una y otra vez en los cuentos populares. Así, en Pulgarcito, el ogro quiere degollar y comerse a los siete hermanos, del mismo modo como la bruja quiere matar y comerse a Hansel y Gretel en la casa de chocolate. En ambos cuentos, donde la monstruosidad humana está encarnada por el ogro y la bruja -enemigos temibles-, la inteligencia infantil está encarnada por los protagonistas menores que se libran de una muerte atroz y retornan a sus hogares, donde son recibidos por sus padres con la esperanza de vivir felices por el resto de sus días. 


En el amplio espectro de la literatura infantil, existen algunos cuentos que son más “crueles” que otros.

Aquí tenemos, por mencionar algunos casos, El enebro, transcrito de la tradición oral por los hermanos Grimm: la madre muere al nacer su hijo. La madrastra llega a tener una hija y odia al hijastro. Lo mata. Involucra a la hija para dominarla. Alimenta al padre con la carne del hijo. 


El pájaro del enebro (un arbusto), que en realidad simboliza a la madre, resucita al hijo cuando la madrastra es triturada por las muelas del molino. Otro cuento, de Charles Perrault, es el famoso Barba Azul, quien degüella a sus esposas la primera noche de bodas. 


Y, aunque al final el esposo-monstruo recibe el castigo que se merece, no es seguro que el niño se sienta completamente aliviado, pues este cuento escalofriante, que narra la “cruel” historia de un hombre acaudalado, no es tan fácil de comprenderlo, sobre todo  si carece de magia y no ocurre nada de maravilloso en la trama ni el desenlace.


El tema del esposo-monstruo, los reyes o príncipes encantados, es frecuente en los cuentos populares, en los cuales aparece un personaje convertido en animal o monstruo por actos de hechicería, como en La Bella y la Bestia, El cerdo encantado y El rey sapo. En otros cuentos aparecen las “damiselas venenosas” (como las llaman en Oriente). Se trata de hermosas mujeres que esconden armas blancas en el cuerpo o un brebaje venenoso con el que matan a sus maridos la primera noche de bodas, y, por supuesto, no se debe olvidar la maldad femenina encarnada en las madrastras “crueles” tanto de Blancanieves como de Cenicienta. 


En muchos mitos, el amante de una mujer es una figura misteriosa que ella nunca debe ver. El ejemplo está en la hermosa Psique, quien es amada por Eros, pero tiene prohibido que intentara mirarlo. Casualmente lo hace una vez y él la abandona; ella puede recuperar su amor sólo después de larga búsqueda y muchos sufrimientos. 


 Quizás por ello, varios de los cuentos censurados por la pedagogía y la psicología modernas  siguen siendo los mejores espejos que reflejan ese mundo “cruel” y violento del cual son víctimas y testigos los niños. Valga citar algunos de los “cuentos crueles” de la literatura infantil:


- Piel de asno, un rey que enviuda y quiere casarse con su propia hija, la misma que huye horrorizada del palacio.


- Hansel y Gretel, los pequeños héroes que son abandonados en un bosque tenebroso, debido a que sus padres, pobres leñadores, no tienen qué darles de comer.


- Caperucita roja, la historia despiadada de un lobo que devora a una anciana y su nieta, quien se entretuvo en el bosque desobedeciendo las recomendaciones de su madre.


- Grisalida, un hombre somete a su mujer a todo tipo de suplicios morales -le quita a su hija- para poner a prueba su paciencia y sumisión.


- La bella durmiente, cuya versión original no termina con una feliz boda, sino con la despiadada muerte de su suegra, quien cae en un cubil lleno de serpientes y sapos venenosos; una muerte que, en realidad, estaba destinada a la esposa de su hijo.


Censura y moralización


Para algunos críticos, partidarios de la censura y la moralización, ni siquiera los cuentos de Hans Christian Andersen reúnen las condiciones necesarias para ser catalogados dentro del marco de la literatura infantil, ya que el dolor y la “crueldad” descritos en algunos de ellos, como en Claus grande y Claus chico, se tornan en escenas inapropiadas para la lectura de los niños.


 Sin embargo, se debe aclarar que los cuentos de Andersen, así sean tristes, y a veces demasiado tristes, son cuentos que apasionan a los niños no sólo porque su honda sensibilidad poética hace más leve el dolor, sino también porque sus protagonistas, a pesar de las peripecias y adversidades de la vida, tienen la magia de tener un final feliz como en El patito feo.


Las escenas de violencia en los cuentos populares confirman la regla de que nadie está libre de esta conducta negativa que forma parte de la personalidad humana, y que, por mucho que los censores tiendan a eliminar la violencia en los cuentos infantiles, los niños seguirán exigiendo que se los lean, una y otra vez, las escenas “crueles” en Cenicienta, Blancanieves y Caperucita; esos cuentos que tienen la magia de despertarles su fantasía y ayudarles a resolver sus conflictos emocionales, pues quién no recuerda la escena “cruel” en que Caperucita, ya despojada de su capita roja y recostada junto al lobo disfrazado con el camisón de la abuelita,  le pregunta con voz temblorosa:


“-Abuela, ¡qué brazos tan largos tienes!


-Es para abrazarte mejor, hija mía.


-Abuela, ¡qué piernas tan largas tienes!


-Es para correr mejor, hija mía.


-Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!


-Es para oír mejor, hija mía.


-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!


-Es para ver mejor, hija mía.


-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!


-¡Es para comerte mejor!...”

La crueldad en Barba Azul

El hombre que dio pie al personaje de Barba Azul, conocido en la literatura universal como un cuento de hadas, se llamaba Gilles de Rais, un exmariscal de los ejércitos reales y acaudalado aristócrata del siglo XV, de conducta desmesuradamente sádica y cruel.


La justicia francesa lo condenó a morir en  la horca, acusado de haber asesinado de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura a alrededor de 150  niños y adolescentes, quienes desaparecieron misteriosamente tras los gruesos muros de su castillo de Tiffauges entre los años 1432 y 1440.


Charles Perrault, dos siglos después de la ejecución de Gilles de Rais, que ostentaba una negra y tupida barba de azulados reflejos, escribió su famoso cuento titulado Barba Azul, que si bien no estaba destinado a los niños, tanto por la forma como por el contenido, éstos se adueñaron del cuento una vez adaptado para su nivel intelectual y lingüístico. Desde entonces, la truculenta historia fue reimpresa en innumerables ediciones hasta mediados del siglo XX, momento en el que los psicólogos, pedagogos y especialistas en literatura infantil cuestionaron la temática que se aborda en el cuento, considerándolo una lectura no apta para los infantes, aunque los niños de casi todo el mundo conocían la siniestra historia de este ogro capaz de cegar la vida de sus esposas sin contemplaciones por el simple “delito” de haber desobedecido sus órdenes.


Según el cuento, Barba Azul es un hombre acaudalado, que se casa en siete ocasiones, con mujeres que ingresan en su castillo y del que no vuelven a salir con vida, hasta que su última esposa, la menor de dos hermanas, descubre el secreto bien guardado de su celoso y misterioso marido.   
 

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