REPORTAJE

La Paz en 24 horas

domingo, 31 de diciembre de 2017 · 06:00

 Carlos D.  Mesa


Mirar La Paz es una tarea ardua, mirarla con ojos nuevos lo es más todavía. Las miradas de este libro son otras, provocadoras, distintas, retratan la ciudad viva, incesante, nuestra. 


En la madrugada se amasan los panes citadinos, es el primer instante, el del despertar. Vida, colores, sensaciones. Los ojos jóvenes entienden las cosas de otra manera, buscan y encuentran. 

Tu envidia 
es mi 
bendición.


La ciudad no son sólo sus emblemas, su montaña omnipresente, sus hitos geográficos, es la vida. La luz proyecta sombras, pero sobre todo ilumina a las vendedoras que colocan su fruta en el mercado, a los chiquillos que van rumbo al colegio, a las vivanderas. ¿Es cierto que nadie conoce a nadie? 


¿Es cierto que se juntan un instante, el del desayuno callejero, y no se vuelven a ver más? De pronto, aparecen las laderas con el viejo tono del blanco y negro con una pátina de tiempos antiguos, con los perfiles de las columnas de hormigón que siguen tomando la tierra arcillosa y pendiente, no son calles, son rostros, son cuerpos delante de los quioscos multicolores, mirando de frente a la cámara con una media sonrisa, tocados por el sol. 

Después de cada paso, hay un abismo.


A las 11 de la mañana, el Gran Poder, la fiesta, el gigantesco instrumento de viento, los trajes multicolores, otra vez, como en una postal, aquellos que se preparan para bailar con sus pasos adivinados. Se trata de escudriñar en los episodios más relevantes, la novia y el novio miran la ciudad desde las alturas, sus espaldas son en realidad una inauguración, igual que las damas de honor, igual que el puente desolado tras el paseo obligado de la nueva pareja. 


El mercado se ve a través del metal refulgente de una caldera o el andar cansino de un anciano. Ésta, la de estas páginas, es otra ciudad, no importa la belleza pretendida, los juegos de horizonte de las primeras horas o del atardecer, importa la intensidad que bulle, como cuando las jóvenes parejas comparten el guiño de la cámara antes de seguir tomadas de la mano. 

In case of emergency break dance (leído en el vidrio de un equipo 
contraincendios).


El teleférico, hoy parte del paisaje urbano, contrasta con las marañas horribles de los cables que penden siempre sobre nuestras cabezas o nos acercan al camposanto colorido. Una silueta, la del albañil golpeando el cemento, sacándole “chispas” oscuras al piso, nos recuerda que en la hoyada todo cambia minuto a minuto, cada día el perfil urbano se transforma, abigarrado, como para olvidar un pasado que –a pesar de todo– no se puede olvidar. 


¿El billar de las cinco de la tarde es ya sólo cosa de “viejos”? A las seis, cuando la noche acecha, la sobrecogedora mirada de ese hombre paceño que busca con los ojos y en la nostalgia el tiempo perdido, en la penumbra, en la soledad silenciosa. Las vendedoras callejeras se esmeran en preparar una salchipapa. 

Hasta que la vida nos separe.


Una al lado de la otra, en los puestos separados por plásticos traslúcidos, esperan a los clientes que han terminado la jornada, en tanto estalla el breakdance. Sí, en la ciudad aymara, o mestiza, en la de los criollos más o menos remilgados, los changos bailan sacando lustre a las piedras, girando como los viejos trompos de una infancia perdida, con las gorras caladas como en Nueva York. 


A las nueve, la noche, al pie de las “ñatitas”, el sexo, el maquillaje, los cuerpos, un tono entre fucsia y violeta que intenta esconder y sugerir. La tentación del lugar común es muy grande: ¿son realmente vidas desvaídas? Quizás sí, quizás no... 


En el contraste tan paceño, la chola, no la que recorre la calle con su aguayo en la espalda, ni la que vende en un puesto de la Huyustus, ni la del mercado Rodríguez, sino la chola fashion de sofisticado maquillaje, de mirada provocadora, de impecable pollera, de mantones de Manila cuajados de brillos. 

El cemento es el 
pegamento de las ciudades.


Y si de clase media se trata, los bloques impersonales de los Pinos en la zona Sur, como para recordar la escenografía repetida de cualquier ciudad latinoamericana. Sólo las ventanas iluminadas vistas desde fuera... 


A la medianoche, por fin, y por una sola vez, el Resplandeciente, el cielo infinito, las agujas de tono ocre que firman con sus formas la materia de la que está hecha la ciudad, que está en la montaña, que está dentro, que la cruza y sin la que nada es. Entre la una y las tres de la madrugada, los boliches, el baile y el alcohol, los personajes encontrados en cada uno de los rincones, que quien quiera saber los latidos de La Paz debe perseguir. En la hora final, las luces como serpentinas, como si un lejano carnaval acompañara calles, muros y personajes. 

María ama a Juan.


Veinticuatro horas en La Paz, con los ojos renovados, desafiantes, de fotógrafos que son capaces de mostrarnos otra ciudad y la misma en un ejercicio tanto creativo como testimonial que retrata a quienes retratan, no sólo por su calidad, sino sobre todo por los ángulos que sus cámaras nos conceden.


 Ésta es La Paz, sin duda...

Fotografía cultural, turística y artística 


24 Horas La Paz es un libro de fotografía cultural, turística y artística. Un proyecto creado como idea conceptual y coordinado por  Anahí Aguilar y Carolina Moyano.


“Este libro es un mapa visual de la ciudad de La Paz, que pretende mostrarla con una mirada contemporánea. Es el relato fotográfico de la cotidianidad paceña a través de la mirada fresca de 15 fotógrafos. Tiene como hilo conductor la temporalidad, transcurre en 24 horas. Cada hora del día tiene un fotógrafo y un tema determinado. Cada fotógrafo eligió la temática de la hora y  técnica fotográfica”, explican las autoras.


La curaduría estuvo a cargo del fotógrafo Patricio Crooker y los textos y frases son el trabajo del periodista Álex Ayala Ugarte, español nacionalizado boliviano. Michael Duna estuvo al frente del diseño y el prólogo fue escrito por el expresidente, Carlos D. Mesa.


En él, Mesa destaca:


“Este libro cultural, turístico y artístico es un mapa visual para los que vienen a vernos, para los que se quedan, para los que vuelven, para los que se van. Es el retrato de la cotidianidad paceña a través del lente de 15 fotógrafos.


La Paz es una máquina gigantesca que se mueve y bulle. Que a ratos se convierte en una sucesión de paisajes que se funden con la trama urbana. Que acoge a cuentapropistas, cholitas fashion, albañiles, emprendedores, noctámbulos y recién casados. Que a veces es una película romántica y a veces un western como los de Clint Eastwood. Que es caótica y divertida. Que conecta a los que la visitan con la tierra y con las alturas. Que respira y suda. 


Estas páginas, que han sido fotografiadas por jóvenes profesionales con una mirada fresca y desenfadada, nos invitan a recorrer sus calles, cuestas y avenidas; a perdernos en su realidad y en su surrealismo; a ser rabiosamente contemporáneos y, a la vez, nostálgicos y tradicionalistas; y a descubrir por qué nos hemos convertido en una Ciudad Maravilla las 24 horas del día”.

La luz en tu 
ventana enciende mis pensamientos.

 

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