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Los duelos prolongados

El proceso de adaptación cuando se pierde un ser amado suele ser más largo y más difícil.
domingo, 16 de abril de 2017 · 00:00
Bitia Vargas  La Paz
 
Las pérdidas son eventos por los que inevitablemente todo ser humano pasará. Cualquier cambio y crisis siempre nos llevará a una pérdida que precisará de la elaboración de un duelo.
 
Sin embargo, hay pérdidas que resultan más dolorosas que cualquier otra, como perder a un ser amado. 

Cuando hablamos de perder a una persona significativa  el proceso de adaptación suele ser más largo y más difícil. 

Sufrimos al perder un ser que tenía un gran peso emocional en nuestras vidas. Este sufrimiento es intenso, pero a medida que pasa el tiempo y nos resignamos a su ausencia, es decir la aceptamos, el dolor va menguando lentamente hasta que finalmente nos restablecemos por completo. Ello significa que aunque extrañemos a ese ser, el recordarlo ya no nos provoca sufrimiento, sino más bien una sensación de agradecimiento por haberlo tenido en nuestras vidas. 

Pero cuando los duelos no evolucionan satisfactoriamente pasan a ser duelos prolongados, patológicos o traumáticos, según el tiempo, las características y los síntomas. 

Según el modelo médico clínico,  un duelo se vuelve complicado cuando los síntomas de ansiedad, dolor somatizado y pena profunda suceden  a diario  y no cesan, no cambian, no evolucionan en más de seis meses. Hablamos de personas que definitivamente no aceptan la ausencia de esa persona y no hallan mayor sentido a sus vidas ni ven un futuro posible sin ella. 

En el camino pueden sentirse paralizadas, confundidas incapaces de recordar sin sentir dolor intenso y rehusando hacer cosas que le recuerden al fallecido o, en algunos casos tratando de hacer todo para recordarlo, para sentir lo que sentía, para pensar lo que pensaba. 

Resulta extraño, pero hay quienes  quieren sentir y pensar lo mismo  que el ser amado  al momento de su muerte. Aunque no es habitual, se han dado  casos en los que la persona usa la misma ropa del difunto. Esta conducta puede tener múltiples significados: un recordatorio, una sentencia, una necesidad de entender, pero necesariamente es una llamada de atención para que el entorno busque ayude de manera urgente.

Estudios revelan que las pérdidas asociadas a jóvenes o niños son un factor importante para que un duelo no sea abordado de manera adecuada. Cuanto menor es la edad del fallecido, es más difícil aceptarlo. 

 Las causas de la muerte también son una gran determinante. Muertes violentas e inesperadas son más proclives a generar duelos sumamente complicados, que las muertes que de alguna manera se esperaban, por ejemplo cuando existen largos periodos de enfermedad, en donde la familia ya va haciéndose una idea de un final próximo e inminente.

Determinar si un duelo es complicado o no es tarea de profesionales que trabajan en el ámbito de la salud mental. Para familiares o amigos existen pautas que nos hacen dar cuenta de  que algo no está marchando bien y  en vez de mejorar está cada vez más deteriorada anímica y físicamente. 

  Cualquier pérdida requiere un periodo de sanación, por ello es necesario brindar contención a la persona doliente. 

 Hablar sobre las sensaciones que nos produce una ausencia es doloroso pero es importante hacerlo para que éstas puedan ser asimiladas cognitivamente y se transformen en emociones con las cuales podamos trabajar. 

Lo más importante es no normalizar ciertas conductas del doliente, alegando que pasará en algún momento, o por la simple razón de no saber qué hacer. No olvidemos que mientras más tiempo dejemos pasar sin tomar medidas necesarias que ayuden a la persona, suele ser más compleja su rehabilitación. 

Desde nuestro papel como entorno podemos ayudar a la persona con nuestra compañía, preocupándonos por ella, haciéndole entender que posiblemente necesite ayuda para enfrentar su sufrimiento. 

Recordemos que ser una red de apoyo que acompañe a la persona en su dolor puede ser vital cuando solo se tiene oscuridad y cuando solo se siente dolor.  


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